Xi Jinping y Putin, dos liderazgos que retan el orden internacional

A pesar de las diferencias que separan a China y a Rusia, ambos países están consolidando una alianza antioccidental que reta al sistema de valores sobre el que se ha construido el orden internacional vigente desde el final de la guerra fría y cuyos fundamentos hunden sus raíces en la historia de Occidente.
El presidente ruso Vladimir Putin (izda) y el presidente chino, Xi Jinping (dcha), durante una reunión de los países emergentes del  BRICS en XiamenEl presidente ruso Vladimir Putin (izda) y el presidente chino, Xi Jinping (dcha), durante una reunión de los países emergentes del BRICS en Xiamen (China) el pasado Septiembre.EFE/EPA/Archivo/WU HONG

Coronel José Pardo de Santayana, IEEE y Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional

 

Rusia y China tienen en común una historia donde el poder de sus emperadores tenía un carácter prominente y semisagrado que articulaba y daba sentido a la vida de sus súbditos. Dos sociedades con un alto grado de refinamiento, muy distintas entre sí y en cierta medida antagónicas. Los intereses económicos, energéticos y armamentísticos comunes y el rechazo a las imposiciones y valores occidentales son el cemento que podría forjar una alianza contra natura.

A diferencia de Rusia, donde los altibajos de su historia han estado modulados por la personalidad fuerte o débil de sus zares, en China fueron las potentes administraciones de sus dinastías (equiparables por analogía al Partido Comunista), las que han marcado los momentos de apogeo y decadencia del país.

En el último congreso del Partido Comunista Chino, celebrado el pasado octubre, su actual secretario general, Xi Jinping, consiguió reunir un enorme poder al lograr que “su pensamiento” fuese incorporado a los estatutos de la formación, lo que le sitúa a la altura de los otros dos grandes líderes históricos de la República Popular China, Mao Zedong y Deng Xiaoping.

Aunque quizás este hecho deba interpretarse no tanto como que Xi se haya convertido de hecho en un líder tan poderoso como Mao, como que llegue a desempeñar un papel determinante en el nuevo período histórico que China ha iniciado, lo que le llevaría a parecerse más a la figura de Deng Xiaoping.

La historia reciente de China se puede dividir en tres períodos: el de la humillación, el del desarrollo y el de la dignidad. Según esta interpretación, Mao fue quien al liberar a China de toda tutela exterior sacó al país de la situación de humillación en la que se encontraba.

Tras la muerte del “Gran Timonel”, fue el turno para que Deng Xiaoping cimentara el desarrollo y el asombroso despegue económico chino. Siguiendo esta lógica a Xi Jinping le corresponde marcar las líneas maestras del tercero de los períodos marcados, el de la dignidad. Un concepto que supone que tras superar la humillación inicial y alcanzar una robusta salud económica, China puede plantearse volver a ocupar la posición que le corresponde en el mundo por dignidad nacional y legado histórico.

Por su parte, Rusia es una gran nación con tendencia a polarizarse según la atracción que ejerce sobre ella Occidente y su propia personalidad eslava. Después de caer el Muro de Berlín y con él la Unión Soviética, la población rusa, consciente de la abrumadora superioridad del modelo occidental con respecto a lo que había sido su vida desde 1917, abrazó con entusiasmo la occidentalización de la sociedad.

Sin embargo, antes de acabar el siglo XX la situación era de auténtico colapso económico. Un país con las mayores reservas de petróleo de Europa se vio obligado a racionar el combustible para calefacción y se repetían las imágenes de desabastecimiento de los años ochenta. Una situación de debilidad económica que se completaba con la expansión hacia el este de la OTAN.

Cuando en el año 2000 Vladímir Putin releva en la presidencia a Boris Yeltsin, se marca como objetivo revertir el desolado panorama nacional. Para conseguirlo Putin acabó con la guerra en Chechenia, lo que reforzó su liderazgo. A continuación sometió a los oligarcas que se habían adueñado de la riqueza del país y retaban sin escrúpulos el poder del Kremlin. Por último puso en orden la administración y la economía, que gracias al aumento de los precios del petróleo experimentó un crecimiento ininterrumpido.

En muy poco tiempo la nación rusa vio en Putin el líder fuerte que, al igual que Iván el Terrible, Pedro el Grande, Catalina la Grande, Alejandro I o el mismo Stalin, guió a Rusia en sus momentos de mayor gloria.

Una posición de fuerza que se concreta por el enfrentamiento con la OTAN y la Unión Europea como consecuencia de la anexión de Crimea y la guerra de Ucrania, que transformó una relación difícil pero fluida con Occidente en lo que se ha descrito como una nueva guerra fría.

Con todos estos factores sobre la mesa parece claro que el mundo en el que vivimos no es solo multipolar sino que cada vez es menos homogéneo en cuanto a los valores y referencias que lo ordenan. Es por ello que el empeño por imponer los valores occidentales puede tener un efecto contraproducente, lo que obliga a Europa y a Estados Unidos a repensar un nuevo paradigma en las relaciones internacionales.

Lea AQUÍ el artículo completo

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

imagen

imagen