Violencia filio-parental

El vínculo entre padres e hijos, que tan natural nos parece, puede tomar un matiz radicalmente distinto cuando entra en juego la violencia filio-parental, fenómeno que en 2016 ha alcanzado la inquietante cifra de 4.355 casos en España; sin incluir los que se desconocen o no están contabilizados. Se trata de una problemática silenciada e incluso encubierta.
Javier Urra,  expresidente de la Red Europea de Defensores del Menor.Javier Urra, expresidente de la Red Europea de Defensores del Menor.

Javier Urra, académico de número de la Academia de Psicología de España y presidente de la Comisión Rectora del Programa recURRA-GINSO

 

Ante la posibilidad de que haya hijos que agreden a los padres, la reacción general sigue siendo de desconcierto, cuando no de rechazo o incluso de miedo. Este hecho que transgrede uno de los tabúes más sagrados de nuestra sociedad, entendida la familia como el refugio, la fuente de afectos y de apoyo materiales y psicológicos más potentes para la persona.

Aunque este fenómeno ha cobrado notoriedad en los últimos años, ni siquiera eso ha podido contrarrestar un tabú tan fuertemente arraigado en nuestra sociedad como el de los hijos que se atreven a imponerse a la autoridad de sus padres; y es que además de padecer la vejación, ridiculización y humillación de tu descendiente, la sociedad te culpa de ello.

Física, psicológica, verbal, material o económica, pero siempre dañina, tóxica, y en la que en el 65 % de los casos el rol de agresor lo adopta un varón, el hijo. Y en el 100 % de ellos la víctima es una mujer, la madre. Obviamente no nos encontramos ante violencia de género, pero si un hijo varón agrede a su madre a los 17 años, es posible que el día de mañana lo haga con su pareja. ¿Por qué no?

En la violencia ascendente los agresores aprenden a controlar la conducta de sus padres a través del daño, y las víctimas que reciben ese daño aprenden a ser controladas para evitar males mayores, al menos a corto plazo. Al igual que la violencia filio-parental, la violencia de género es instrumental y ambas atesoran cifras escalofriantes.

No importa la profesión de los progenitores, la clase social, el nivel económico, la formación académica o si tienen más o menos hijos, ni siquiera si la familia es monoparental o no, si es reconstituida o si se trata de hijos de origen adoptivo, el desencadenante de esta violencia es complejo, subjetivo, no existen patrones homogéneos en las diversas familias que la padecen.

Una sociedad excesivamente permisiva donde en aras de la libertad malentendida que no quiere asumir responsabilidades elude desde el ser padres y educadores el imponer normas y límites. Y no son pocos los padres que carecen de criterios educativos.

Se ha producido una pérdida de referentes de autoridad menoscabando la de los maestros, policías o ciudadanos cuando en defensa de la convivencia, reprenden a sus hijos.

«Aquí y ahora», esta es la exigencia infantil que ocasionalmente no encuentra confrontación, por lo que se cercena la necesaria aceptación de la frustración. Estamos educando para ser clientes y no ciudadanos.

El uso de una disciplina severa e inconsistente, el refuerzo de conductas inapropiadas en detrimento de aquellas positivas, o una deficitaria vinculación emocional entre padres e hijos, han sido considerados factores fundamentales para explicar la existencia de interacciones coercitivas en el seno de la familia.

Estas pautas de crianza inadecuadas, además, se han relacionado con dificultades específicas de los progenitores para solucionar problemas o comunicarse de forma habilidosa.

La falta de capacidad empática de los menores agresores, y la dificultad que estos tienen para autorregularse emocionalmente, en términos de un pobre autocontrol y un exceso de irritabilidad e impulsividad, constituyen factores de riesgo. También un déficit en la capacidad para solucionar problemas o para comunicarse de manera asertiva, lo cual les obstaculiza en gran medida la interpretación, aceptación y la posibilidad de afrontar situaciones sociales complejas.

Y todo ello no solo tiene repercusión a nivel familiar, sino que en muchas ocasiones el comportamiento desadaptado de los menores se generaliza a otros contextos. Uno de ellos es el colegio. El acoso escolar genera gran sufrimiento emocional y conductas desadaptadas, y ello en multitud de ocasiones desemboca en comportamientos abusivos con los iguales, pero también contra los padres.

En el Programa recURRA-GINSO, el 52 % de los residentes de nuestro centro residencial, Campus Unidos, ha sido víctima de bullying, o ha ejercido como agresor. Nos dicen cosas como “pagué mi bullying con mis padres porque las de mi nivel me podían hacer algo, pero ellos no, porque me iban a seguir queriendo”.

Los jóvenes agresores también sufren, y ocasionalmente se deprimen y muestran profunda angustia vital. Que exista abuso, imposición, no quiere decir que no se quiera querer, sino que se ha perdido el respeto. Trasmitamos e interioricemos lo que este significa.

Cuando unos padres y un hijo están en conflicto existe dolor emocional, pero quedan rescoldos de amor. Y si bien falla severamente la relación (encontrándose en un punto en que la convivencia empeora dado que el vínculo está deteriorado), cabe la esperanza si se admite la ayuda de especialistas y se cuenta con la implicación del afectado, padres e incluso hermanos del designado como conflictivo.

Desde el Programa recURRA-GINSO hemos trabajado con más de 1.600 casos de padres e hijos en conflicto. Hemos aprendido que quieren quererse, pero no saben hacerlo. Son como dos imanes que se repelen, pero buscan atraerse. Si bien nunca prometeremos éxito en el tratamiento, comprobamos que este alcanza un 75 %.

Detectamos que hay resentimientos, resquemores que hunden sus raíces en impotencia, incomprensión. También sentimientos erróneos de derechos personales, de superioridad, distorsión de perspectivas, de verdades objetivables que son pasto para el abuso y la violencia, además hay quien incentiva su propia ira, su deseo de venganza, de dañar lo más sensible, profundo, vulnerable.

Hay esperanza si enseñamos a sentir y decir gracias; si variamos actitudes; si rompemos la eterna deuda emocional; si reequilibramos el cuerpo social donde antes muchos padres eran autoritarios, mientras que ahora son autoritarios muchos hijos.

Estimulemos la sensibilidad, el autodominio, trabajemos en la gestión de las emociones y los pensamientos. Busquemos generar cortafuegos contra la violencia y hagámoslo enseñando a administrar la mente, o lo que es lo mismo, a administrar la vida. A no tomarse demasiado en serio, pues carecer de humor es carecer de humildad, de lucidez. Enseñemos a relativizar los problemas. Y estimulemos la afectividad, el con-tacto, el piel con piel, el decir: “Te quiero”.

Cuidado con lanzar palabras como pedradas. Utilicemos el lenguaje como colchón afectivo. Transmitamos pautas educativas como la constancia, la coherencia y criterios como que la sanción es parte de la educación. Retomemos el significado del deber, la importancia individual y social del respeto a la intimidad y a la autoridad. Eduquemos en las buenas formas, en la urbanidad.

Intervengamos con prontitud, criterio y sin miedo ante las faltas de respeto y los desafíos. Partamos de que ser víctima o victimario es un estado pasajero, no un carácter inalterable y crónico.

El vínculo del amor es el puente que sostiene el universo. Y recuerden el juego, el que no sabe lo que siente el otro, pierde.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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