Verifica, que algo queda: cómo reforzar la comprobación periodística en contenidos digitales

Terremotos, atentados, guerras. En la mayoría de los acontecimientos inesperados de alcance mundial ya es un ciudadano el primero que llega al lugar de los hechos, no un reportero. Equipado con un teléfono, difunde las imágenes en Internet. Asumimos esto hace tiempo pero nos ha costado entender lo que implicaba: además de seguir facilitando material propio, bastantes profesionales de la información tendríamos que encontrar el de otros en las redes sociales, valorarlo y darle luz verde o roja. Ahí empieza la tarea de la verificación digital.
La periodista y profesora de la Universidad Complutense de Madrid Myriam Redondo./ Fotografía cedida por Jon Bradburn.La periodista y profesora de la Universidad Complutense de Madrid Myriam Redondo./ Fotografía cedida por Jon Bradburn.

Myriam Redondo: periodista, profesora de la Universidad Complutense de Madrid y autora del libro “Verificación digital para periodistas: Manual contra bulos y desinformación internacional”

 

Es útil para redactores de cualquier sección que se documentan en línea hace años, así como para quienes se hacen eco de material ajeno en las tribunas de Twitter o Facebook. Esto es, es necesaria en el caso de prácticamente todo miembro del sector informativo, al ser muy pocos hoy ajenos aún a estos comportamientos. Asegurarse de que datos y narraciones son fiables es obligado si se quiere conservar la credibilidad personal y la del medio, que puede quedar en k.o. técnico si se revela que su boa informativa ha escupido un elefante y no una liebre.

En realidad no todo es tan nuevo. Sólo conviene llevar a la dimensión digital las preguntas esenciales de la profesión -qué, quién, cuándo, dónde y por qué- con las nuevas herramientas gratuitas disponibles. Por ejemplo, Exif.regex.info (indagar sobre el qué o el contexto de una imagen, sus metadatos), Stalkscan.com (investigar al quién, al protagonista, en Facebook), Citizenevidence.amnestyusa.org (saber el cuándo de un vídeo, si procede de un episodio antiguo), Google.com/earth (geolocalizar el dónde de un material audiovisual) o Followthehashtag.com (aproximarse al motivo o por qué examinando las comunidades que impulsan un relato sospechoso en Twitter).

Los recursos más avanzados son de pago o quedan fuera del alcance de la mayoría de usuarios, pero pasar por estos otros, dudar gracias a ellos, es mejor que saltar sin arnés a contenidos de la Web. Y más importante aún que estas opciones tecnológicas son los protocolos a seguir. La base es el pensamiento crítico, el escepticismo. Al igual que nadie cruza una calle sin mirar a derecha a izquierda de modo instintivo, quien transita por medios sociales tiene que entender que si no quiere jugársela es mejor preguntarse cosas antes de expandir una versión.

El libro “Verificación digital para periodistas: manual contra bulos y desinformación internacional” (UOC, 2018) es una tabla de supervivencia con apuntes de servicios gratuitos que afrontan estas necesidades. Su título es una artimaña porque se dirige a personas interesadas en la desinformación en toda su amplitud, y no sólo a periodistas. A ellos se les cita como gancho, referente, y lo que el libro procura es que adopten modos de hacer las cosas que profesores y ciudadanos imiten. A evitar el tráfico se aprende desde la niñez gracias a la insistencia generalizada; en la comprobación de contenidos en Internet deben acunarnos los lenguajes de la familia, el colegio y los medios.

Grandes agencias y redacciones han comenzado a reforzar la verificación en su día a día; colegios, institutos y facultades de Comunicación pueden robustecerla en el currículo revitalizando así la alfabetización mediática y digital. Es un reto emocionante desmentir una falsedad de peso, expandir buenas prácticas en la transmisión de la actualidad. Y si verificamos, algo necesario ahora que esta materia se ha convertido por fin en algo sexy: pensar cuáles son las mentiras relevantes y no perder energía en rifirrafes confusos de la posverdad.

Al principio la preocupación era el contenido amateur pero ahora fabrican humo otros perfiles: fuentes con poder militar, político y económico. Se ha generalizado la expresión “noticias falsas” pero estas son sólo una variante de los numerosos disfraces que adopta la falacia en la Red: puede tratarse de un buen vecino que difunde sin saberlo un aviso policial o sanitario tergiversado o de una operación elaborada y dañina. La mentira se sofistica.

Nos vamos a equivocar todos, incluidos expertos. Y nos van a tratar de engañar todos: gobiernos autoritarios y democráticos, partidos, empresas, artistas, príncipes, dentistas. Algunos estados llevan años haciendo trabajar a sus servicios de inteligencia con propaganda automatizada y bots, y ya se han presentado conflictos en zonas de alto voltaje instigados con pseudocampañas de nuevo cuño (Arabia Saudí y Qatar). Las últimas elecciones dejaron a EEUU a los pies del ciberengaño ruso. Dentro de cada país, grupos en cada extremo del arco ideológico intentarán dividir a la sociedad encendiendo mechas predilectas como el debate sobre inmigración. En este escenario uno no puede sentarse a esperar que otros protejan. Hay que formarse.

Practicar la verificación digital, leer y actualizarse sobre ella, es una manera individual y colectiva de aminorar el ruido. Se observa cierta desconfianza en la educación, considerada herramienta buenista en este frente abierto. Bien: a largo plazo no existe otra si queremos hacer de la verdad una tendencia.

Saber localizar pasos de cebra en la Web es también lo que nos permitirá seguir disfrutando de ella como lo que principalmente es: un lugar donde conoces gente, aprendes y te diviertes. Por muchos peligros que se pongan por delante, cuidado con la aproximación tremendista o censora: el saber que regala Internet es irrenunciable. No asistiremos a fiesta ni reunión presencial capaz de concentrar en minutos el ingenio que ofrecen las redes ante esos grandes sucesos que nos unen.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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