Venezuela: Paz, ¿a cualquier precio?

Lo peor de la crisis venezolana ya pasó, según el ministro de información, Jorge Rodríguez. El precio del petróleo (del que Venezuela depende en más de un 90 %) se ha recuperado, la paz ha retornado a las calles y el Gobierno está trabajando para que todos tengan acceso regular a la comida subsidiada.
Phil Gunson, analista de International Crisis Group en Venezuela.Phil Gunson, analista de International Crisis Group en Venezuela.

Phil Gunson, analista de International Crisis Group en Venezuela

 

Los servicios públicos son prácticamente gratuitos y hasta los frecuentes apagones de los últimos años ya pertenecen al pasado.

Mientras tanto, en el mundo real -calificado por Rodríguez como un invento de los medios internacionales- la situación ha ido de mal en peor para volverse sencillamente intolerable, como detalla International Crisis Group en un nuevo informe sobre Venezuela.

La inflación mensual está en torno al 80 %, con lo cual la comida y otros bienes básicos están fuera del alcance de la mayoría. Las medicinas esenciales han desaparecido de farmacias y hospitales, los cuales carecen hasta de los equipos más básicos. La mitad de los quirófanos está fuera de servicio.

Enfermedades como el sarampión y la difteria, que habían sido erradicadas, han regresado por falta de vacunas. La mortalidad infantil y materna se ha disparado y los más vulnerables, sobre todo niños y ancianos, se mueren literalmente de desnutrición. Más de ocho millones, según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) realizada por tres universidades, comen no más de dos veces al día y muchos se alimentan de la basura.

El colapso económico no tiene precedentes en un país que ni está en guerra ni ha sufrido un desastre natural. Y nada indica que se vaya a detener.

Como si esto fuera poco, es prácticamente imposible sacar de los bancos más que un puñado de billetes devaluados, con lo cual las transacciones diarias más banales, como pagar el transporte público, se han transformado en pesadillas.

De todos modos, el transporte está al borde del colapso por la falta de repuestos y hasta de aceite de motor -esto en el país que se jacta de tener las mayores reservas de petróleo del mundo-. ¿Para qué ir a trabajar, dicen muchos, si el sueldo no vale ni un huevo diario, y todo se me va en pagar el bus?

No es extraño entonces que tres cuartas partes del electorado dice querer un cambio de gobierno. Más del 10 % de la población ya “votó con los pies”, provocando una crisis migratoria que está afectando prácticamente todo el continente.

El presidente, Nicolás Maduro, ha adelantado las elecciones presidenciales, que debían celebrarse en diciembre, para el 20 de mayo. Pero tomó la precaución de inhabilitar a los políticos más populares de la oposición y cancelar el registro legal de muchos partidos.

Maduro controla el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo. Ha puesto todos los recursos del estado al servicio de su reelección y utiliza la comida subsidiada y otros servicios públicos – en manos de activistas del partido de gobierno – como chantaje para que la gente no se atreva a votar en su contra.

Pocas voces disidentes aparecen en radio y televisión, y muchos periódicos se han visto obligados a cerrar por falta de papel -cuyo suministro lo controla el Gobierno-.

Solo un candidato de oposición, Henri Falcón, del pequeño partido de centro-izquierda Avanzada Progresista, se registró para la elección. La mayoría considera que las condiciones no son adecuadas, y un grupo más radical llama abiertamente a una “intervención humanitaria”. La oposición está profundamente dividida y muchos de sus antiguos seguidores decepcionados y desmovilizados.

Irónicamente, la debilidad de la oposición -que hasta hace un par de años lucía más fuerte que nunca- coincide con el momento de mayor presión externa para que Venezuela retorne a la democracia. Canadá, Estados Unidos, la Unión Europea y trece países latinoamericanos y caribeños agrupados en el llamado Grupo de Lima, consideran las elecciones ilegítimas.

Los tres primeros, entre otros países, han impuesto sanciones individuales que afectan a decenas de funcionarios venezolanos, incluyendo al propio presidente. Washington ha cerrado el acceso de Venezuela a su sistema financiero.

Una solución luce cuesta arriba. El Gobierno ha cerrado la salida electoral y es prácticamente inimaginable que una transición democrática pueda comenzar con un simple traspaso de mando. Hay que reconstruir la institucionalidad y sanear la economía y la administración pública.

Para que sea duradera, cualquier solución debería ser producto de una negociación, lo cual implica garantías para el Gobierno saliente. En vista de que Maduro y su entorno podrían enfrentar acusaciones que van desde delitos de lesa humanidad hasta narcotráfico, esto va a requerir mucha creatividad -a menos que un reacomodo dentro del chavismo los apartara del poder previamente-.

Sería positivo que otros miembros del Grupo de Lima siguieran el ejemplo de Panamá y aplicaran sanciones individuales a destacados miembros del Gobierno y sus colaboradores, para así demostrar que la campaña es multilateral y no una imposición “imperialista”.

Pero hay que evitar la tentación de medidas más drásticas, como un embargo petrolero o -sobre todo- la llamada “intervención humanitaria”, que no es más que una intervención militar bajo otro nombre. Seguramente lograría el propósito de descabezar el Gobierno, pero al coste de crear un conflicto de baja intensidad de larga duración. También tienen que aclararse cuáles son las acciones del Gobierno que llevarían al levantamiento de sanciones.

El Gobierno chino, que hasta ahora ha sido un fiel aliado de Maduro, debería convencerle de la necesidad de negociar una salida. Venezuela le debe a China entre 15 y 20 millardos de dólares, y el colapso de su industria petrolera también está afectando los intereses chinos. En este sentido, el Grupo de Lima debería utilizar su influencia diplomática con Beijing para que flexibilice su tradicional postura de ‘no intervención’.

La ‘paz’ que el Gobierno venezolano dice haber recuperado es en realidad la paz del sometimiento a un sistema cada vez más autoritario. La única paz verdadera será la que produce una transición negociada. Y no hay tiempo que perder.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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