Cómo vencer al narcotráfico

He tenido siempre, y sigo teniendo, un firme compromiso en el combate contra el crimen organizado y contra una de sus específicas manifestaciones que, por casi 100 años, lleva contaminando a la práctica totalidad de las sociedades y frente a la que seguimos sin hallar una solución viable y sostenible.
El exjuez Baltasar Garzón.. EFE/Archivo/Fernando AlvaradoEl exjuez Baltasar Garzón.. EFE/Archivo/Fernando Alvarado

Baltasar Garzón, abogado y exjuez de la Audiencia Nacional de España

 

Me refiero al narcotráfico como delito instrumental creado por los intereses económicos de los Estados y sostenido por una política represiva que ha llevado a la degradación de miles y miles de personas víctimas de sus efectos y a llenar las cárceles de narcotraficantes y blanqueadores a la vez que a la corrupción y la contaminación grave de gran parte de las relaciones económicas mundiales.

Después de tantos años de lucha contra este flagelo, como juez, como jurista y de modo personal, en este momento de mi vida, he llegado a preguntarme: ¿Estamos haciendo lo que debemos hacer? O, por el contrario, ¿hemos fracasado estrepitosamente al no enfocar debidamente la reacción frente al mismo?

Si vemos las estadísticas, los temas relacionados con la droga y su tráfico, apenas interesa a la sociedad. No aparecen en el ranking de las preocupaciones más apremiantes. Sin embargo, esta apariencia se compadece mal con los efectos nocivos del narcotráfico, que sigue moviendo miles de millones de dólares, produciendo miles de muertos y generando unos gastos en combatirlo casi incalculables.

La invisibilidad de los temas relacionados con las drogas es un hecho. Mantener este asunto en la atención pública contamina políticamente y no reporta beneficio alguno. Pasó de moda. Pero las víctimas siguen cayendo y lo hacen en forma oculta y silente. Solo cuando las cifras se disparan como ha ocurrido en los últimos años con el consumo de la heroína y sus asociados en Estados Unidos de Norteamérica, la atención se renueva.

Por su parte, las Naciones Unidas han mantenido en forma inveterada una política restrictiva de todo tipo de cambio en la posición represiva de las drogas ilícitas y ello creo que ha contribuido a consolidar el fenómeno y sus consecuencias nocivas.

Allá por 1993, expuse ante la Asamblea General de la ONU en Nueva York que debíamos cambiar el sistema, abandonar la criminalización de las víctimas, optar por una despenalización de determinadas conductas y apostar por tratamientos alternativos como medio para reducir el daño. Y, por supuesto, reforzar las políticas educativas de prevención que evitaran los consumos y posibilitaran la convivencia tanto sobre esas sustancias como con otras drogas legales en circulación, sin acceder al consumo o con consumos racionales.

El tráfico de drogas como ilícito penal tiene su origen en el conflicto conocido como la Guerra del Opio que enfrentó al Imperio Británico con China. El 23 de enero de 1912 a propuesta de EEUU se aprobó la Convención Internacional del Opio. Tras la primera Guerra Mundial, sus 25 artículos se incorporaron al Tratado de Paz de Versalles de 1919 con el objetivo de “lograr la gradual supresión del uso indebido del opio, la morfina y la cocaína, así como las drogas preparadas o derivadas de estas sustancias, que pueden dar lugar a abusos similares”.

Desde entonces, en lo que se refiere a la solución del problema, poco hemos avanzado. Los cárteles u organizaciones dedicadas al comercio de estos productos siguen obteniendo pingües beneficios; y los Gobiernos justifican todos sus mecanismos de represión, a la vez que no impiden la existencia de paraísos fiscales que sirven para blanquear aquellos.

Al final del día, los más vulnerables en la cadena delictiva acaban en prisión pero no así los máximos responsables que, cuando caen, pactan con las autoridades para colaborar y el ciclo comienza de nuevo. Mientras tanto, el número de víctimas aumenta y los campos de cultivo de hoja de coca en Colombia, o la amapola en México, Afganistán, Kurdistán o cualquier otro lugar adecuado, siguen existiendo y produciendo masivamente. A lo más que se llega para la erradicación de cultivos es a la utilización de glifosatos que dañan irreparablemente a las poblaciones originarias y no acaban con el problema.

Está demostrado que las políticas basadas exclusivamente en la represión constituyen un auténtico fracaso y tan solo alimentan a los sectores más reaccionarios de la sociedad. Ni la elevación de las penas, ni la coacción al consumo, ni tomar como excusa la inseguridad en un país van a hacer que disminuya una actividad, el tráfico de estupefacientes, que es especialmente lucrativa y que posee un gran poder corruptor en los más diversos escenarios de la sociedad. La política de la represión a ultranza solo sirve para sostener el statu quo de las superestructuras represivas y ganar por esta vía, y, por ende, aunque no se reconozca, ha fracasado notoriamente.

Por eso es el momento de ser valientes, y lo mismo que se ha apostado por un proceso de paz en Colombia en el que el narcotráfico tenía bastante que ver; o por combatir la corrupción y el crimen organizado en otros países, es necesario un paso más y optar por la despenalización selectiva y definitiva del tráfico de estos productos. Solo en circunstancias muy especiales subsistirían este tipo de conductas con alcance penal. Hay experiencias válidas que pueden servir de foco.

No podemos pretender una sanidad perfecta para cada ser humano. La autonomía y la libertad de las personas juega un papel fundamental en este campo. Pero el Estado puede establecer los límites y las pautas para que desaparezca el lucro asociado a este fenómeno y con ello encontrar una salida a este bucle permanente en el que nos encontramos.

He luchado toda mi vida profesional contra este tipo de fenómenos criminales y lo seguiré haciendo, pero también hay que evolucionar y buscar soluciones alternativas que debiliten a las organizaciones criminales proyectando la acción al corazón de las mismas que no es otro que el de los intereses económicos; y, en este sentido, actuando también en el ámbito de la prevención de los consumos, a través de la educación, la generación de espacios saludables, la corresponsabilidad en la sociedad y la reincorporación a la misma sin discriminación de quienes han sido víctimas de la adicción.

Estoy seguro de que será con esta nueva política integral como podremos vencer al narcotráfico, eliminando todo interés por parte de quienes ahora lo utilizan como medio principal en su actividad criminal. Los ingentes recursos que se invierten en la represión indefinida producirán mejor resultado con este cambio de perspectiva.
NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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