Unasur, lo que el viento se quiere llevar

Vamos a ver si detenemos este vendaval que pretende llevarse por delante a la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). Porque el error histórico de no pararlo significaría no sólo acabar con diez años de integración, sino también debilitar a nuestros países cuando más falta hace plantar cara a las amenazas que acechan a la región y al mundo desde que el disparatado Donald Trump preside los Estados Unidos.
Ernesto Samper Pizano, expresidente de Colombia (1994-1998) y ex secretario general de UNASUR. EFE/ArchivoErnesto Samper Pizano, expresidente de Colombia (1994-1998) y ex secretario general de UNASUR. EFE/Archivo

Ernesto Samper, ex secretario general de la Unasur y ex presidente de Colombia

 

Hace un año dejé mi responsabilidad al frente de la Secretaría General de la Unasur. Desde entonces, los países miembros no se han puesto de acuerdo sobre quién debe sustituirme. Gran paradoja: la norma del todo por consenso que sirvió para que naciera este organismo puede hoy ser utilizada para liquidarlo.

Ya sé. Con el actual mapa de equilibrios de fuerzas regionales es casi imposible poner de acuerdo a los doce países miembros de esta organización. Pero no es la primera vez que nos cuesta elegir a un Secretario General. Pasó con Néstor Kirchner y volvió a pasar con los cancilleres Alí Rodríguez, de Venezuela, y María Emma Mejía, de Colombia, quienes al final se turnaron en el cargo.

¿Qué hacemos? Una posibilidad sería que las doce naciones acepten el nombre de quien recoja más votos por mayoría. Entiendo que el jefe de Estado de Bolivia, Evo Morales, como nuevo presidente pro témpore de la Unasur, está explorando este y otros caminos para superar la encrucijada.

Tenemos, además, el problema que han planteado seis miembros de la Unión (Colombia, Perú, Chile, Brasil, Paraguay y Argentina), el llamado “Grupo Lima”, que han decidido retirarse de sus órganos mientras, entre otras cosas, no se cubra la Secretaría General.

 

Comparto la legítima posición de este grupo porque la acefalia institucional, muy dañina, ha creado un vacío de poder que debe llenarse de manera rápida y satisfactoria.

 

Sin embargo, si lo que pretenden es desmontar por la puerta de atrás el patrimonio institucional de la Unasur, construido como digo tras una década de integración, estaríamos hablando de lo que el excanciller brasileño Celso Amorim ha calificado de suicidio. Porque supone dar la espalda a la unidad regional cuando nos enfrentamos a la agresiva política del alocado presidente de Estados Unidos; una política extremadamente peligrosa no ya para nuestra región, sino, como comprobamos con alarma un día tras otro, para el universo mundo.

El “hacha de guerra” de Trump contempla la expulsión de aquellos migrantes latinos que viven desde hace años en EEUU; la construcción de muros divisorios en la frontera con México; el incumplimiento en materia de medio ambiente que, debido al calentamiento global, aumentará el riesgo de desastres naturales en el Caribe; el incremento de aranceles a productos claves de nuestras exportaciones; o el cuestionamiento de los acuerdos de paz en Colombia.

Por no hablar de su obsesión con el legado de Obama: revertir el proceso de normalización con Cuba y retirarse (¡qué peligro!) del acuerdo nuclear con Irán.

Despreciar la respuesta conjunta a semejantes desafíos es como saltar por la borda del barco cuando arrecia la tormenta. No está de más recordar que la Unasur se creó hace diez años para preservar Suramérica como un área de paz y libre de armas nucleares; para asegurar la continuidad de la democracia y para garantizar la plena vigencia de los derechos humanos.

¿Hemos cometido fallos? Sin duda. ¿Hemos cumplido todos nuestros objetivos en apenas una década? No. ¿Hemos avanzado mucho? Sí. Y por eso con la Unasur se cumple aquel proverbio italiano según el cual sólo se apedrea el árbol cuando está cargado de frutos.

Veamos. Para preservar la paz se creó el Consejo Suramericano de Defensa, que trabaja hoy para enfrentar riesgos comunes de seguridad hemisférica como el narcotráfico, el terrorismo, la trata de personas, el armamentismo o la defensa soberana de las fronteras. (Por cierto: fue este mismo Consejo el que reiteró el compromiso contra las bases militares extranjeras en Suramérica cuando el expresidente Álvaro Uribe autorizó la presencia de varias de ellas en la frontera entre Colombia y Venezuela. Su despliegue hubiera podido llevarnos a niveles inéditos de conflicto hemisférico).

El Consejo Electoral Suramericano, conformado por las autoridades electorales independientes de los países, desplegó más de 16 misiones técnicas de acompañamiento en distintos comicios presidenciales, parlamentarios e incluso municipales.

El seguimiento de la vigencia de los derechos humanos, a la manera de la Unión Europea, permitió atesorar un valioso patrimonio de iniciativas que han sido fundamentales para elaborar el concepto de “Ciudadanía Suramericana”.

El Consejo Suramericano de Salud, apoyado por el Instituto de Salud Pública de Unasur desde Río de Janeiro, ha identificado patologías regionales como el embarazo adolescente, la obesidad infantil y el cáncer de cuello uterino. Desde hace varios años, el instituto negocia los mejores precios para cubrir desde las vacunas infantiles hasta los costosos tratamientos de enfermedades como el cáncer terminal.

El Consejo Suramericano de Educación viene trabajando en la libre movilidad de estudiantes, posgraduados y profesionales mediante el reconocimiento de títulos académicos nacionales a nivel regional. Llegará el día en que un ingeniero chileno pueda trabajar en la construcción de un puente en Brasil o que un médico boliviano ejerza en Colombia.

Gracias al grupo especializado en ciudadanía, más de tres millones de suramericanos se ganan hoy la vida con el permiso temporal de trabajo de Mercosur, que se amplió a toda la región. Y ya pueden viajar por toda la región con el documento nacional de identidad a modo de pasaporte suramericano.

En una reciente encuesta se les preguntó a los suramericanos en qué país quisieran vivir si no fuera el suyo: un 63 % afirmó que sería en otro lugar de Suramérica. Ese concepto de identidad, base de la ciudadanía, es el activo más importante que tiene América Latina para no caer en la peligrosa trampa de la desintegración.

Grandes logros regionales como haber sacado de la pobreza a más de 120 millones de personas en los últimos diez años fueron posibles porque todos los mandatarios de la región, reunidos en espacios como la Unasur, entendieron que la inclusión era, y sigue siendo, el gran reto de nuestros pueblos.

Bajar la guardia ante lo conseguido estos años, convirtiendo lo que hoy es un espacio de integración en campo de disputa, sería, además de imperdonable, un serio error histórico.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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