Una segunda oportunidad sobre la tierra

Mienten los separatistas catalanes cuando alegan tener las manos atadas por el pueblo y que la calle les empuja. Mienten y saben que siempre han mentido. No hay fenómeno político en el mundo más vertical que el nacionalismo cuando rebasa la esfera íntima, cultural y sentimental para sacar espolones políticos.
Anna Grau, escritora y periodista. EFEAnna Grau, escritora y periodista. EFE

Las pretensiones políticas nacionalistas siempre funcionan de arriba abajo, nunca de abajo arriba, ¿y saben por qué? Pues porque un nacionalismo extremo, es decir, una inflamación anómala del sentimiento de pertenencia nacional, que cuando opera normalmente ni se nota, como el punto correcto de sal en una comida, sólo tiene dos bases: bien una grave humillación colectiva –por ejemplo, una guerra perdida, de la que nadie en su sano juicio debería presumir–, bien un descarado sentimiento de superioridad moral o racial que la más elemental prudencia recomienda cultivar a escondidas. ¿Por qué creen ustedes que los miembros del Ku Klux Klan llevan capuchas blancas en lugar de linchar negros a cara descubierta?.

En un país y una sociedad normal, el nacionalismo es un vicio privado y el patriotismo una virtud pública que pocos se molestan en ejercer fuera de los estadios de fútbol. Cuando suena el himno e izan la bandera, un 30 por ciento vibra, otro 30, con suerte, respeta, y el 40 por ciento pasa o zumba. No digamos en un paraíso de la acracia y del sálvese quien pueda como es España, Cataluña incluida.

Cuando una tarde de octubre de 2017 una orquesta popular interrumpe un concierto en una población catalana de 10.000 habitantes para tocar Els Segadors, y todos y cada uno de los presentes se ponen en pie, aplauden y vociferan, ya me perdonarán, pero estamos ante una anomalía seria. ¡Ya les gustaría a muchos, muchísimos políticos, que el pueblo se tomara sus soflamas tan a pecho! ¿Se acuerdan de la melancolía de José María Aznar porque en EEUU, cuanto más grande la bandera, más contenta la gente, y aquí en cambio fue izar una sábana rojigualda en Colón y desatar una oleada de fiero acíbar y pertinaz recochineo?

Pues, mira por dónde, lo que no logró Aznar con sus suspiros de España, lo va a conseguir la CUP. El separatismo catalán, malcriado por cierta intelectualidad y cierta progresía de patio de colegio (eso mediando buena fe, que no siempre) lleva años dando por hecho que su sensibilidad nacional es sagrada y la de todos los demás, de palo.

En la misma expresión “Estado español” para denominar a España subyace, no ya un profundo asco a la nación, sino total falta de costumbre de tratar con la misma. Es como quien se ha olvidado de usar los cubiertos. Con el mismo desparpajo que el ateo, despreciando la cautela del agnóstico, da por hecho que no hay Dios que exista sin su permiso, los energúmenos de la catalanidad excluyente, a base de chutarse epidurales y de adormecer en ellos todo lo distinto y todo lo español, creen que no ha lugar lo que ellos no sienten ni padecen. No comprenden que hasta los efectos del más potente opio del pueblo se pasan algún día. Y que España se está despertando de su larga, larguísima anestesia.

Decía hace un momento que la presión política separatista nunca nace en la calle. Pero es verdad que desemboca ahí. Una vez agitada, la coctelera de la masa no es fácil de aquietar. Pero ojo, que eso pasa en las mejores familias y en todas partes. Hay gente en Barcelona felizmente convencida de que es de goma no ya la legalidad española, sino el sentimiento español. Y a base de zaherir lo que según ellos no existe, a base de escupir al cielo, pueden empujar a los gobernantes de España a una vereda tan drástica y tan estrecha como aquella a la que pretenden haber sido empujados ellos mismos. Nunca vi un sentimiento español tan a flor de piel, tan rejuvenecido, casi adolescente, como estos días. Es como si de repente todo el mundo hubiera despertado para decir: a España, ni con una rosa. ¡Que este es todo el país que tenemos, y no hay otro!.

Una última nota: afirmaba Heráclito que no es posible bañarse dos veces en el mismo río. Si el 10 de octubre en el Parlament Carles Puigdemont hubiera declarado la independencia tal cual, sin trampas pero también sin matices, ahora estaríamos en otra realidad muy distinta a la de ahora. En una que podría tener remedio legal o político, pero humano, jamás. Algo tan delicado como hilo de Parca se habría roto para siempre.

Dije hace no muchos días, y lo mantengo, que España es inoxidable y nunca se va a romper. Quizá por las vigorosas mil leches que ha mamado. Cataluña, en cambio, ha demostrado estar hecha de un metal más terco, menos dúctil, infinitamente más frágil. De tanto forzarla a ser de una sola manera, existe el serio peligro de que deje de ser. De que su alma quebrada en dos deje no ya de caminar, sino de existir.

Con el artículo 155 puede pasar lo mismo. Si además de activarlo hay que llegar a aplicarlo en toda su grave extensión, España seguirá ahí, pero Cataluña no volverá a ser igual. Algo tan esencial como sutil se habrá ido para siempre. Aparte de que el Gobierno de Mariano Rajoy se tendrá que poner en manos del PSOE para pasar un desfiladero que, mejor por el bien de todos, sea lo más corto posible.

Unas elecciones autonómicas a la vuelta de la esquina serían la manera más rápida de salir de este laberinto envenenado antes de que se emponzoñe más. Antes de que nos devore a todos un hondo minotauro de eterna tristeza sediento. Antes de cumplir cien años de soledad -no sabiendo o no queriendo estar juntos- y de miserablemente quemar nuestro derecho a una segunda oportunidad sobre la tierra.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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Publicado en: Firmas

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