Una reforma tributaria con mensaje electoral

Las medidas fiscales son la única herramienta convencional que tienen los países de la Unión Monetaria Europea para conducir su política económica, contribuir al crecimiento y distribuir la renta, por lo que cualquier reforma tributaria resulta decisiva.
Uno de los objetivos de las reformas fiscales es evitar la evasión de capitales al extranjero. En la foto, una persona sostiene en una mano euros y eUno de los objetivos de las reformas fiscales es evitar la evasión de capitales al extranjero. En la foto, una persona sostiene en una mano euros y en la otra francos suizos. EFE/Archivo/Martin Ruetschi

Antonio Nogueira 

Además, para que dicha reforma sea exitosa, el sistema recaudatorio establecido debe cumplir una mínima expectativa de distribución equitativa de la carga tributaria. Sin olvidar que los agentes políticos toman sus decisiones públicas en función de los intereses de sus votantes y patrocinadores, tal como enseña la teoría de la elección pública (Public Choice) del Nobel de Economía 2006 James Buchanan desde hace cinco décadas.

Bajo estas premisas, los gobiernos deberían cumplir el propósito de indicar adecuadamente a los contribuyentes, los agentes sociales, y en general a toda la ciudadanía, el alcance de sus medidas fiscales, para que cada individuo pueda elegir con conocimiento y libertad personal.

¿Lo están haciendo, o al menos intentándolo? ¿Les interesa en el fondo explicarse? Descendiendo a la realidad concreta, es evidente que la utilidad recaudatoria del IRPF ha menguado en nuestro país con el paso del tiempo. La efectividad práctica que inspiró en España su puesta en marcha a partir de 1977 se ha visto disminuida por causa del margen de exenciones para las rentas más altas.

Como señalan los expertos, para evitar la progresividad teórica del IRPF los más ricos suelen tener escapatorias legales: sociedades instrumentales, a veces de carácter familiar, con fines evasores.

Si a esta situación de favor añadimos el auge de las clases medias, la mayoría sociológica contributiva por excelencia, los economistas se han visto obligados en los últimos años a proyectar soluciones fiscales no siempre bien entendidas. 

Entre la evasión fiscal de los poderosos y la pujanza de los profesionales relativamente acomodados, la dispersión normativa en materia tributaria parece estar servida. La actual reforma fiscal no iba a ser una excepción y por ello la impresión de fragmentación que han producido las medidas que contempla, anunciadas por el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro.

La reforma en marcha ya ha generado sus primeros agraviados. Por ejemplo, los despedidos tributarán por su indemnización: sólo estarán exentos de pagar los primeros 2.000 euros por año trabajado.
O bien la penalización fiscal al alquiler de vivienda a partir del próximo 1 de enero. O la subida al 21 % del IVA a algunos productos sanitarios. Por no hablar de la limitación a 8.000 euros anuales de las aportaciones máximas a planes de pensiones con derecho a deducción.

Por contra, se mantiene el tipo del 30 % en el impuesto de sociedades a bancos y petroleras y se aprueba una ayuda al cine y al teatro a través de exenciones a la producción de hasta el 20 %.

¿Quién gana y quién pierde en esta reforma? Polémicas al margen, parece claro que, según los cuadros ofrecidos por el Ministerio de Hacienda, tan sólo los rendimientos íntegros del trabajo superiores a 100.000 y 150.000 euros pagarán más en 2016 de lo que pagaban en 2011.

La lectura política es inevitable. Y las consecuencias electorales – pretendidas o no- también.

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