Ultimos coletazos del dinosaurio fujimorista

La anulación del indulto concedido a Alberto Fujimori, la fugaz encarcelación de su hija Keiko y el desprestigio del Congreso que controlan, propician la desesperada reacción de un fujimorismo en declive. Ultimos episodios: Keiko sale libre después de solo seis días en prisión y se fuga el juez César Hinostroza , cabecilla de una banda criminal enquistada en el Poder Judicial y con quien Keiko se habría reunido.
Gabriela Wiener, escritora peruana.Gabriela Wiener, escritora peruana.

 

Gabriela Wiener, escritora peruana

 

Si algo nos han enseñado a los peruanos casi tres décadas de fujimorismo es que la mafia que gobernó el país durante diez años (y los siguientes 18 corrompiendo sus instituciones democráticas) siempre puede reinventarse.

Encarcelado el dictador desde 2007, y lejos de replantearse sus idearios políticos, sus seguidores se agruparon alrededor de dos consignas básicas: la fidelidad a los herederos del ex gobernante (Keiko y Kenji, la mayor y el menor de sus cuatro hijos) y la liberación del patriarca. Es a partir de esos mandatos que han mantenido, y mantienen aún, cautivos a miles de peruanos fieles a la memoria del dictador que “acabó con el terrorismo y nos sacó de la crisis”, dogmas fujimoristas que con el paso del tiempo, sin embargo, se han ido desgastando ante la evidencia histórica.

Tras dos intentos fallidos de alcanzar la presidencia, Keiko Fujimori, lideresa de Fuerza Popular -enésima reencarnación de aquel original Cambio 90 que llevara a Alberto al poder-, se enfrascó en una lucha interna con su hermano Kenji, el congresista más votado en las últimas elecciones generales, que pasó a asumir el rol de outsider dentro del partido. Precisamente a Kenji se le atribuye la “hazaña” de haber logrado doblegar (mediante el comercio de prebendas y la compra de congresistas, viejas prácticas del fujimorismo) al ex presidente Kuczynski para que indultara al ya anciano dictador, lo que no impidió, por otro lado, que el ala “oficial” de Fuerza Popular forzara su renuncia desde el Congreso.

El caos y el descontrol al interior de la “fuerza número uno” de la política peruana parecía trasladarse así a todos los poderes del Estado creando un escenario ideal para sus aspiraciones de recuperar el poder (vía Keiko o Kenji, a estas alturas empezaba a ser indistinto) en 2021, pero entonces ocurrió algo que aparentemente ninguno de los hermanos esperaba, las investigaciones periodísticas de la prensa independiente peruana empezaron a dar sus frutos y revelaron con audios interceptados la inmensa podredumbre del Poder Judicial completamente entregado a prácticas mafiosas y criminales.

Es lo que los peruanos llamamos la “fujimorización” de los poderes del Estado. Nunca antes, desde los tristemente célebres “vladivideos”, se había comprobado tan fehacientemente los niveles de corrupción en que se encuentra sumido el país.

Entre los audios revelados, los que comprometían al juez César Hinostroza revelaban la existencia de una verdadera banda criminal a la que hoy se conoce como “los cuellos blancos”. Un entramado de inaudita corrupción que pasaba por aminorar penas, liberar a afines, aceptar sobornos y borrar todas las huellas de los delitos cometidos por los fujimoristas y sus socios.

Con su popularidad en caída libre, Keiko Fujimori movió ficha y a través del Congreso contraatacó blindando a fiscales afines -entre ellos al polémico Pedro Chávarry, Fiscal de la Nación-, retrasando sospechosamente las acusación contra Espinosa y promulgando leyes con nombre propio para beneficiar a los presos mayores de 65 años (que en la práctica significarían un indulto ex profeso para Alberto Fujimori).

Pero entonces ocurrió lo que hasta hace poco parecía impensable: tras la debacle en las elecciones municipales, en las que no obtuvieron ni una sola alcaldía distrital ni un solo gobierno regional, y su candidato municipal para Lima logró apenas el 2% de los votos, la semana pasada la todopoderosa lideresa (sindicada en los audios interceptados como la “señora K”) era encarcelada por diez días en régimen de “prisión preliminar” al estar siendo investigada como cabeza de una organización delictiva.

Parecía que el Perú entraba en un escenario tipo “duelo mexicano” entre los poderes del Estado cuando ayer fue liberada Keiko antes de cumplir los diez días de prisión temporal, y, simultáneamente, el juez Hinostroza escapaba del país gracias a los retrasos inexplicables en las acusaciones del Congreso. Su último paradero conocido: Madrid, desde donde, se especula, intentará llegar a algún país sin convenio de extradición.

La liberación de Keiko y la fuga de Hinostroza pueden parecer triunfos momentáneos del fujimorismo, pero por el contrario acabarán por destruir la imagen de las fuerzas políticas herederas de la dictadura y ciertamente son claros indicativos, de cara a la ciudadanía, del “juego en pared” entre los poderes Legislativo y Judicial: mientras uno libera a la primera, el otro posibilita la fuga del segundo.

En cualquier caso, las aspiraciones de Keiko como candidata para el 2021 parecen cada vez más limitadas y estaríamos ante un escenario en el que Kenji, el hijo más cercano al dictador, podría asumir las riendas del partido para intentar reconvertirlo en una opción engañosamente moderna y depurada. Mientras vuelve a hacer un llamado a la “unidad familiar”, “señora K” vuelve, de momento, a ponerse al frente de un fujimorismo dividido y cada vez más agotado.

Lo único cierto, por ahora, es que aunque el fujimorismo parezca en jaque, la “fujimorización” de las instituciones y, en gran medida, de la sociedad peruana, tardará años, quizá décadas en ser revertida. Pero empieza a verse una luz al final del larguísimo túnel.

 

 

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

 

 

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