Tribu versus ciudadanía

Hace ya unos años algunos de nosotros, y esa fue entre otras la razón que nos llevó a fundar la Societat Civil Catalana (SCC), percibimos que éramos fantasmas para el gobierno autonómico de Cataluña, ciudadanos de segunda en el mejor de los casos o incluso personas indeseables que era mejor ignorar, porque con nuestra presencia sólo impedíamos la construcción de una nación que era absolutamente prioritaria y que pasaba, en todos los ámbitos, por encima de los derechos de las personas.
Miriam Tey, vicepresidenta de la Societat Civil Catalana.EFE/GUSTAVO CUEVAS Miriam Tey, vicepresidenta de la Societat Civil Catalana.EFE/GUSTAVO CUEVAS

Miriam Tey, vicepresidenta de la Societat Civil Catalana

El análisis que desde el stablishment se hacía del pasado era una pura distorsión a ojos de los historiadores con los conocimientos más básicos. Aunque siempre cabe la interpretación de la historia, la constante negación de los hechos impedía un relato creíble, pero la creación de una ficción que justificase la nación catalana era absolutamente necesaria. Éste era pues el primer punto que era difícil ignorar si querías convivir, en pie de igualdad, con el resto de los ciudadanos y participar con ellos de una realidad política viable. El pasado se inventaba en favor de la Cataluña que se quería construir y la ficción se anteponía a la realidad.

La segunda razón que hacía imposible la concordia entre catalanes era la propuesta de un futuro mítico, idílico según unos, asfixiante, uniformador, excluyente y xenófobo según otros, curiosamente un futuro carente de propuestas concretas, cuando eso es lo primero que se les debería exigir a los políticos. Pero un futuro reaccionario que pretendía volver a la equiparación de nación y estado, más propia del siglo XIX que del auténtico futuro al que nos enfrentamos, rico en conexiones, informaciones y abierto a las relaciones con el mundo, era el futuro que invariablemente se imponía desde el Gobierno catalán a través de todos los instrumentos de que disponía. La propuesta del futuro catalán conllevaba, ante todo, la construcción de fronteras y la distinción a priori entre aquellos catalanes pertenecientes a la nación prometida y aquellos que debían considerarse extranjeros o malos catalanes.

Pero a pesar de estos dos graves inconvenientes fue principalmente la negación explicita de nuestra existencia, la de la mayoría de los catalanes, la que nos abocó a la creación de distintas asociaciones que tenían por objetivo la visibilidad de esta gran parte de la sociedad y la recuperación de una democracia y de un estado de derecho, amenazados desde hacía años.

No es exagerado decir que la reacción organizada, desde la sociedad civil, surgió para dar respuesta a los abusos de poder que el gobierno catalán cometía y para actuar en defensa de los derechos que éste conculcaba a los ciudadanos sistemáticamente. Entre otros ejemplos, las administraciones en Cataluña tienen la consigna de no atender más que en una de las lenguas del Estado, y hay muchos empleos públicos a los que no puedes acceder sin el dominio del catalán.

Los niños no pueden escolarizarse en su lengua materna si ésta es el castellano, ni pueden recibir las dos horas de castellano que por ley deben impartirse en las escuelas a partir de primaria. Las empresas que rotulan en la lengua oficial del Estado se ven obligadas a pagar multas elevadas. Las personas que se declaran españolas y catalanas se han visto acosadas, amenazadas, insultadas y sometidas a escraches populares sin que les defienda, como debería, el gobierno catalán.

Los medios de comunicación adolecen de la claridad y ecuanimidad que toda información requiere, llegando a ser puros medios de propaganda sectaria, sustentados con el dinero de todos. Y lo preocupante es que todo esto nos ha llevado a un marco dialéctico en el que el nacionalismo se erige en víctima de un franquismo muerto y superado desde hace años, una ficción más, pero los secesionistas se creen con derecho a tergiversar el lenguaje, incitar al odio, atacar nuestro sistema, desde el mismo sistema que les da la autoridad y que pagamos todos, y lo más grave es que no pueden definir exactamente cuál es el problema que realmente genera esta terrible situación.

Porque en realidad se pueden esgrimir razones, o sentimientos, que deberían expresarse en el ámbito de lo privado, pero nunca regir la construcción del espacio común, o pactos realizados desde los distintos gobiernos de España, que han cedido constantemente a la exigencias del nacionalismo a lo largo de nuestra democracia para acceder al poder, sin prever el peligro que conllevaba aceptar sus condiciones. Aún siendo todos motivos que pueden explicar las causas que nos han traído hasta aquí, éstas siguen sin dar razón que justifique tantas reclamaciones y acusaciones injustas de parte de los nacionalistas.

SCC ha trabajado desde su fundación en el estudio y enumeración de todos los déficits democráticos de los que ahora adolece Cataluña y los ha presentado en el Congreso de los Diputados de Madrid y en el Parlamento Europeo. Hemos luchado porque en los espacios públicos se ostenten tan solo las banderas de todos y se retiren aquellas que son partidistas y no nos representan; porque los colegios profesionales mantengan su neutralidad sin violentar a sus miembros con posiciones políticas que excluyen a aquellos que están con la unidad y la Constitución; hemos denunciado las ilegalidades que se cometen a diario en Cataluña, cuyo exponente máximo ha sido el referéndum del 1-O, fruto de las cometidas previamente en el parlamento catalán contra el propio Estatuto de Autonomía.

Pero ante toda esta situación absurda y dolorosa que ha llevado a la división y a la crisis económica con la salida de casi 3.000 empresas, incluidas las más enraizadas y emblemáticas, se abre una posibilidad esperanzadora. El 21 de diciembre puede ser el día que se invierta este proceso insensato de distanciamiento de Europa y de ombliguismo enfermizo para comenzar una etapa nueva en la que de forma consensuada, libre y racional construyamos el futuro de una Cataluña de todos los catalanes, en una España abierta al mundo y al futuro.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

Publicado en: Firmas

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