Toulouse-Lautrec, alma de la Belle Époque

Pocos nombres encarnan el París de fin de siglo XIX tan vivamente como el de Toulouse-Lautrec. Solo su mención suscita irremediablemente imágenes de la bohemia parisina. Aquel barrio de Montmartre, con sus cafés, sus cabarets y sus artistas, eran fiel reflejo de un mundo en ebullición, en transformación, con sus luces y sus sombras, que tanto atrajo al genio de Albi, del que fue su mejor cronista.
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– Hasta el próximo 6 de mayo la Fundación Canal hay de plazo para ver, los que todavía no lo hayan hecho, la exposición “Toulouse-Lautrec y los placeres de la belle époque”, una de las dos únicas colecciones de carteles del pintor francés. La muestra, abierta desde el pasado 9 de febrero, se puede ver en la sede del Canal, c/ Mateo Inurria, 2  (metro Plaza Castilla). Entrada gratuita.

– A través de 65 obras, se muestran los 33 carteles que Toulouse Lautrec (1864-1901) produjo, más otros tantos de artistas coetáneos que retratan la bulliciosa vida del París de finales del siglo XIX. 

– El artista aristócrata cambió el castillo de su Albi natal por la bohemia parisina de Montmartre, donde su maltrecha figura encontró su ambiente, su verdadera familia. “Soy feo, pero la vida es hermosa” solía decir, reflejando su fortaleza ante la vida.

 

Amalia González Manjavacas

 

La conocida como Belle époque, que se enmarca entre 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914), fue un periodo dorado, de prosperidad económica y bienestar social. La revolución industrial ocasionó un profundo cambio en la sociedad, especialmente en las ciudades. Las principales capitales europeas experimentan una transformación sin precedentes y París estaba a la cabeza.

Estos cambios afectaron también al arte y a la literatura y llegaron acompañados de una nueva mentalidad, mucho más abierta y hedonista, lo que propició el disfrute de nuevos placeres surgidos que ahora están al alcance de un mayor número de ciudadanos.

De todo ello da cuenta la exposición «Toulouse-Lautrec y los placeres del Belle Époque» que nos trae la Fundación Canal a Madrid a lo largo de cuatro secciones: “Los placeres de la noche. El cabaret ; “Los placeres de los escenarios”; “Los placeres literarios y artísticos” y “Los placeres modernos. El consumo”.

Y es que aquel París era un hervidero artístico, la capital del mundo. Allí encontró Toulouse-Lautrec su vida y su mundo, la atmósfera y los personajes que le inspiraron, y que retrató divirtiéndose, descansando, en soledad, u ocupados en cualquier afán.

Toulouse Lautrec procedía de una vieja familia noble, tenía formación intelectual y, sin embargo, prefirió los bajos fondos parisinos, aquel ambiente decadente que tanto le atrajo.

Aquel pintor tullido, que siempre necesitó un bastón, quedó fascinado por el frenesí del movimiento de aquellas bailarinas del cancán que lanzaban sus piernas al aire. Todo aquello quedó plasmado por la mirada viva de Lautrec con una sensibilidad y talento único para captar toda aquella energía de la ciudad.

 

TOULOUSE-LAUTREC, CRÓNICA DE UNA ÉPOCA

Toulouse-Lautrec destacó, entre sus muchas facetas, en elevar el cartel a la consideración de obra de arte y por contribuir a dotarles de esa función publicitaria que tienen ahora.

El artista dedicó a sus innovadores carteles el mismo cuidado que dio a sus pinturas. Y es más, sus carteles tiene un valor añadido, frente al arte tradicional: “respiran el arte en la calle, atrapan la mirada del transeúnte”, según explica la conservadora Claire Lebran, comisaria de la exposición.

Sus diseños para espectáculos nocturnos fueron los más atrevidos e innovadores. Lautrec encuadra -o mejor dicho “desencuadra”- a la gente de la calle, a la que asiste a un espectáculo, con esa frescura que sólo da la instantánea fotográfica, y convirtiéndose en excepcional cronista visual de la época que le tocó vivir, con la que se sentía profundamente identificado.

Su aparente sencillez, su economía de formas y de colores apuntan la gran audacia y talento del genio creativo de Lautrec, que inaugura un estilo directo y enérgico, sin precedentes, centrado en el poder expresivo de la síntesis. Toulouse-Lautrec fue cliente asiduo de los cabarets más famosos de París, el Moulin Rouge, Le Chat Noir o Le Mirliton, a cuyo dueño Aristide Bruant, y célebre cantante, inmortalizó un año después de hacer su primer cartel, el de La Goulue (1881), famosa bailarina junto a su pareja de baile, o los muchos que hizo para su gran amiga, la bailarina Jane Avril.

En una de las numerosas cartas que se conservan del pintor, y que han sido la fuente más rica para la interpretación de su obra, expresa que él fue “descubierto” no por un crítico, ni por un galerista, sino precisamente por un actor, su amigo, Aristide Bruant, quien confió en él para encargarle el cartel promocional de su presentación en el elegante cabaret Les Ambassadeurs, en los Campos Elíseos.

Este impresionante y valiente retrato con sombrero de ala ancha y bufanda roja, marcó, junto con el de La Goulue, el inicio del cartel moderno.

Lautrec adoptó una paleta restringida debido a la litografía, con una perspectiva particular que, junto a sus contornos gruesos, estarán presentes en toda su obra. El genio de Albi dejó un legado artístico que recorre un universo de personajes que da fe de un artista de gran empatía con lo retratado, una habilidad figurativa sorprendente y una sensibilidad única. Fue un creador que plasmó extraordinariamente la sociedad francesa a través de una obra que desprende autenticidad y sinceridad, sin incurrir en el juicio moral ni en el sentimentalismo de sus contemporáneos.

 

DE ALBI A MONTMARTRE

Henri Toulouse-Lautrec había nacido en Albi en 1864 en el seno de una gran familia aristocrática. Su padre, el conde Alphonse de Toulouse-Lautrec se había casado con su prima hermana. El pequeño Henri nació con una anomalía congénita, de huesos quebradizos, que se agravó en la adolescencia con la fractura de los fémures de ambas piernas, por lo que apenas superó 1,51 cm de estatura.

A los 17 años, ya había decidido que su vida sería el arte y se marcha a París. Allí descubre Montmartre, barrio a las afueras de la ciudad, donde se instalan los artistas y donde tuvo por vecinos a Degas, pintor al que admiraba, y con el que se identificaba, y a Van Gogh, otro espíritu atormentado.

Pese a que fue coetáneo de los impresionistas, no le atraía ni sus paisajes ni su luz. Llegó a decir que el paisaje era para imbéciles, ya que lo importante para él era la figura y la realidad, y ésta tal como fuera, bella, desagradable, incluso descarnada.

Pese a su corta existencia -el alcoholismo crónico y la sífilis acabaron con su vida-, su obra fue la pura expresión de la intensidad y la exaltación de la vida. Ya que, si bien es cierto que llevó una vida turbulenta, tendente a la autodestrucción, a lo decadente, sus desgracias físicas también le hicieron fuerte y vivió y pintó como quiso, sin importarle las modas ni el reconocimiento de la crítica.

Cuando Henri de Toulouse-Lautrec murió a los 36 años, en 1901, tras una vida profesional que no alcanzó las dos décadas, había dejado más 1.000 pinturas y acuarelas, unos 5.000 dibujos y alrededor de 370 litografía y grabados. Una obra marcada por los claroscuros del alma de sus personajes -y de la suya propia- que inmortalizó con inmenso talento y lucidez. EFE/REPORTAJES

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