Señores de su Miseria

Son ya casi treinta años desde que John Hancock publicó su célebre "Lords Of Poverty: The Power, Prestige and Corruption of the International Aid Business", con su sombrío análisis de las contradicciones de la industria de la ayuda al desarrollo.
José María Taberné.José María Taberné.

José María Taberné, abogado y experto en ayuda al desarrollo

 

Sin dar nombres, el antiguo funcionario británico señalaba con toda claridad los muchos ámbitos en los que algunos individuos, que trabajaban en lo que ahora llamamos Tercer Sector, aplicaban enormes dosis de hipocresía, cinismo y cierto espíritu delincuente en lo que se entendería como “ayudarse ayudando”.

El escándalo surgido en torno a Oxfam por la actuación inmoral de un pequeño grupo de sus empleados (de la sección de esta ONG internacional en Reino Unido), durante la emergencia desencadenada por el terremoto de Haití en 2010, demuestra que las críticas al libro de Hancock (según las cuales el autor no daba alternativas al terrible panorama que describía) ya no son aplicables, pues algunas de las agencias afectadas (directamente o por alusiones) han reaccionado de manera clara y contundente; no tanto para salvaguardar su propia imagen y honorabilidad, sino para limitar al mínimo el daño que tan tremendo desprestigio puede causar a las poblaciones objetivo de sus esfuerzos, muchos de ellos entre las personas más vulnerables y marginadas del planeta.

La publicación el pasado lunes del informe sobre el desempeño abusivo de un puñado de profesionales humanitarios, que de prometer la observancia del código de conducta de la organización acabaron perpetrando lo que algunos medios de comunicación han tildado de “atrocidad ética”, podría concluir con la retirada de la confianza y consecuente cese de contribuciones dinerarias de un número de afiliados y benefactores de estas asociaciones sin ánimo de lucro.

Las denuncias y revocación del apoyo por parte de algunas personalidades públicas y “embajadores de buena voluntad”, sumado a las declaraciones de varios dirigentes políticos y responsables de organismos gubernamentales, posiblemente incrementarán el serio perjuicio ya causado a las personas y comunidades que durante los últimos años han visto que la ayuda proporcionada por estas asociaciones contribuye a mejorar sus vidas.

Lamentablemente, la mayoría de las veces estas comunidades no tienen voz propia para expresar su opinión ante casos como el que nos ocupa, ni sobre la radical necesidad de que este tipo de entidades contribuyan a disminuir su dependencia, continúen paliando su situación de precariedad, y abran nuevas posibilidades y alternativas vitales; muchas veces facilitadas por esas aportaciones destinadas a dinamizar sus entornos económicos, culturales y sociales, a veces tremendamente deprimidos.

Es tiempo de ecuanimidad. Por un lado, los hechos difundidos por los medios (y hasta cierto punto admitidos) requieren comprobación y valoración de las circunstancias, y sobre todo transparencia en cuanto a los procesos de reclutamiento de este tipo de trabajadores.

Y llegado el momento, el debido proceso judicial si se demuestra ilegalidad. En la estela del caso Oxfam, otras organizaciones de prestigio internacional han publicado de buena fe casos de irregularidades, abuso y acosos en sus propias operaciones. Otras se han lamentado públicamente de no haber sido informadas, antes de contratar a esas “manzanas podridas”, con todas las limitaciones que las leyes de protección de datos y privacidad en general implican.

O sea que algo se ha avanzado desde que “Lords of Poverty” salió de la imprenta: la impunidad no está asegurada y las paredes oyen. Ya no es tanto el “bien” que puedan hacer los profesionales de la ayuda al desarrollo, sino la calidad de la interacción con las personas que justifican su actividad. Y quienes traspasan esas líneas rojas frente a los destinatarios del apoyo (tantas veces anónimos) pueden acabar siendo reconocidos señores de su propia miseria profesional, social y personal.

Por otra parte, el ciudadano de a pie, el que aporta fondos a estas ONG, tiene motivos para creer que sus códigos éticos no son documentos que se guardan en una cripta a temperatura constante tras cristales antibala, sino elementos fundamentales de la cultura organizativa de las agencias humanitarias, cuando son genuinas.

Lo cierto es que el estilo de vida de mucha gente que trabaja en ayuda al desarrollo es peculiar, y todavía más de quienes trabajan en emergencias. En inglés se decía que eran “las tres M”, correspondientes a “missionaries”, “mercenaries” o “misfits”. Pero retirar el apoyo a toda esa cantidad de desfavorecidos por causa de unos pocos maleantes, también con M, significaría que la mediocridad es capaz de destruir muchísimas cosas de alto valor un el mundo tan complicado e injusto como el que nos ha tocado vivir.

Por mucho que se intente taparlo con la mano, el sol debe continuar saliendo para todos cada día.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.