Seis claves, cómo Trump ha transformado las primarias en un “reality”

Indiana no está considerada precisamente como terreno fértil para la exuberancia irracional que periódicamente genera la vida pública de Estados Unidos. En el corazón más tradicional del Medio Oeste, el paisaje de inmensas llanuras favorece tanto el cultivo de cereales como la práctica de la sensatez.
El precandidato republicano a la presidencia estadounidense Donald Trump.  EFE/Archivo/JIM LO SCALZO
El precandidato republicano a la presidencia estadounidense Donald Trump. EFE/Archivo/JIM LO SCALZO

 

Jesús R. Martín,

 

Y sin embargo, ha sido precisamente en Indiana donde la delirante campaña de Donald Trump ha encontrado esta semana pista libre para hacerse con la nominación presidencial del Partido Republicano.
Al acumular siete victorias consecutivas después de tropezar en Wisconsin, el magnate se ha quedado sin rivales para liderar a los conservadores americanos en las elecciones de noviembre.
Ted Cruz y John Kasich se han retirado y el “establishment” republicano empieza a asumir que ni haciendo de trileros para amañar su veraniega convención de Cleveland pueden detener esta opa hostil.
Al final, Trump ha conseguido imponerse al transformar las primarias republicanas -un ordenado, ejemplar y democrático proceso de selección de candidatos con ayuda del voto popular- en lo más parecido a un “reality show”. En su lucha por la Casa Blanca, la Casa de la Pradera ha degenerado en la Casa de Gran Hermano.

 

1.- Tiburón de la palabra

Trump, Bush, Walker, Huckabee, Carson, Cruz, Rubio, Paul, Christie, Kasich. Esta es la lista de los aspirantes a la Casa Blanca que participaron en el primer debate celebrado el 6 de agosto de 2015 en Cleveland para abrir el ciclo de primarias republicanas.
El grupo era tan excepcionalmente largo que Fox News tuvo que hacer otro debate adicional fuera del horario de máxima audiencia para dar una mínima oportunidad a un segundo escalón de candidatos con menores perfiles en las encuestas de intención de voto. En la llamada “mesa de los niños” participaron Perry, Santorum, Jindal, Fiorina, Graham, Pataki, Gilmore.
Ante toda esta sobredosis de candidaturas, el magnate de Nueva York se ha concentrado sistemáticamente en destacar entre sus rivales, monopolizando la atención de todos los debates en los que ha participado.
Y con su particular “Sálvame Deluxe” se ha asegurado la suficiente relevancia en los sondeos para ser invitado de nuevo en la interminable serie de foros televisivos que jalona el ciclo de primarias.
Como necesitado tiburón de la palabra, Trump no ha dudado en romper con el tono y los parámetros tradicionales de la retórica política en Estados Unidos.
Con sus declaraciones extemporáneas e insultantes, constantes gesticulaciones y la creación de una subtrama muy particular, la serie de debates republicanos se ha convertido en lo más parecido a “The Donald Trump Show”.
En su guión, Trump ha aprovechado la lógica competitiva de los “reality”, según la cual tiende a ganar el concursante que conecta con la audiencia a través la pose más genuinamente “freaky”. Incluso cuando el magnate no tenía muchas ganas de actuar, su silencio terminaba siendo la gran noticia.

 

2.- Los peores instintos

Entre los contenidos que integran el popular género de los “reality” destacan una serie de elementos como la confrontación permanente, la bronca tan denigrante como banal, los insultos y la exaltación de lo soez.
En definitiva, estos programas se caracterizan fundamentalmente por su falta de respeto y civismo, apelando permanentemente a los peores instintos de la audiencia. A pesar de las presiones dentro de su equipo de campaña para aparentar cualidades “presidenciables”, Trump ha apostado en la primera temporada de su campaña exactamente por los recurrentes contenidos morbosos que caracterizan a los “reality”.
Y de hecho, al apelar fundamentalmente a los peores instintos de su audiencia, frustrada con el statu quo político, Trump ha sido acusado de fomentar unos niveles de confrontación y violencia en las primarias que resultan chocantes dentro de la intensa pero civilizada lucha por el poder político en Estados Unidos.
Las peleas y agresiones se han convertido en parte integral de sus mítines, ya de por sí recargados con declaraciones misógenas o/y xenófobas. Hasta él mismo se ha ofrecido a pagar los costes de abogado a seguidores implicados en alguna de sus trifulcas.
Toda esta divisiva exaltación de la fuerza contrasta con la conocida obsesión de Trump por su seguridad personal, desde su germofobia a solicitar escolta del Servicio Secreto.

 

3.- Famoso por ser famoso

Al transformar las primarias republicanas en un “reality show”, el salto a la política de Donald Trump ha generado toda clase de reflexiones sobre cómo evoluciona el concepto de fama en el siglo XXI.
Está claro que cuestiones como “name recognition” son imprescindibles para cualquier candidatura competitiva dentro de una política tan personalizada como la de Estados Unidos. El problema es que Trump representa esa nueva modalidad, que tanto prolifera en los “reality”, del famoso que en ausencia de otros méritos es únicamente famoso por ser famoso.
Aunque él presume de haber amasado una envidiable fortuna y de contar con toda clase de méritos personales (la modestia es un lujo que no se puede permitir), Donald Trump ni es un gran empresario ni tan siquiera un avezado especulador inmobiliario, como lo demuestra el inmenso historial de querellas que arrastra.
Sin méritos específicos o sustanciales, él es fundamentalmente un virtuoso del auto-bombo y su único logro evidente es haber elevado su apellido a la categoría de marca comercial.
Su nombre aparece adornando desde casinos a “steaks” pasando por guantes de golf o fraudulentos cursos universitarios. Y aunque no se sepa muy bien lo que ha sido capaz de construir con la fortuna que heredó de su padre, Trump insiste como gran promesa electoral en aplicar esa misteriosa formula a Estados Unidos.

 

4.- “It’s the ratings, stupid”

En la primera y exitosa campaña presidencial de Bill Clinton, la famosa consigna que presidía sobre su “war room” recordaba que en tiempos de incertidumbre económica, todo pasa por el bolsillo. Donald Trump ha dejado claro que en la carrera hacia la Casa Blanca, el candidato que termina por controlar la conversación es el que gana.
En una ya famosa entrevista publicada por TIME en la primera semana de marzo, Trump dejó claro que la clave de poder en una democracia televisada como Estados Unidos son los ratings: “Cuando voy a uno de esos programas, la audiencia se duplica. Se triplica. Y eso te da poder. No son los encuestas. Son los ratings”.
A bordo del avión privado de Trump, el periodista David Von Drehle explicaba cómo el candidato se entrega al narcisismo mediático: “Trump entra y se encarama al final de su cabina, toma el mando a distancia y comienza a cambiar de un canal de noticias a otro. Lo que ocurre a continuación es simplemente extraordinario. Durante todo el vuelo de una hora desde Virginia al sur de Georgia, casi cada minuto de cada emisión se concentra exclusivamente en él”.
“Seguro, es rico. Pero ¿cómo es posible que este tipo, un hacedor ligeramente corpulento de un barrio no del centro de Nueva York con cabeza para los números y el don de la palabra, sea la única noticia en el mundo?”, añade Von Drehle.

 

5.- ¿”Business” para todos?

En un contexto mediático donde las cabeceras tradicionales y nuevas luchan por sobrevivir, Donald Trump se ha convertido en un dilema ético para la cobertura periodística de campañas electorales.
Con el agravado problema de que los medios se están beneficiando de unos índices de audiencia extraordinarios con su atención desmesurada hacia el inefable candidato republicano. Incluso Fox News, que mantiene una batalla continuada con el magnate, no puede prescindir de este espectáculo morbosamente irresistible.
El equipo de análisis de datos del New York Times, utilizando cifras reunidas por la agencia mediaQuat durante este ciclo de primarias, ha estimado que Donald Trump, gracias a la naturaleza obsesiva de su candidatura, ha obtenido el equivalente a 1.900 millones de dólares en cobertura gratuita.
Ted Cruz, su más estrecho competidor hasta conocerse los resultados de Indiana, ha recibido apenas 300 millones de dólares. Mientras que en el bando demócrata, Hillary Clinton no habría llegado a los 750 millones de dólares.
Como explicaba el mes pasado Jim Rutenberg, nuevo crítico de medios del New York Times, los beneficios son tan cuestionables como extendidos empezando por “los periódicos y medios online que han conseguido una línea de historias “clickeables” a la medida de una lectura rápida en el iPhone”.
Sin olvidar a “televidentes y lectores, que se están beneficiando del deseo de una industria de medios de comunicación en transición para darles lo qué quieren, dónde quieran y tan rápido como sea posible”.
A juicio de Rutemberg, “ha sido la perfecta reducción de la problemática simbiosis entre Trump y los medios. Hay siempre una relación mutuamente beneficiosa entre candidatos y medios durante los años de elecciones presidenciales. Pero en mi tiempo nunca ha estado tan concentrado en un solo candidato”.
“Y los intereses financieros nunca han estado tan entrelazados con los intereses periodísticos y políticos. Por supuesto, la situación es única porque el señor Trump es único. Su pedigrí, su demagogia y su inescrutable plataforma le convierten en una historia gigante”, completa.

 

6.- Fuera de la isla

Quizá el diagnóstico más sincero sobre esta perturbadora transformación del proceso político en Estados Unidos lo haya realizado Jeb Bush, el fracasado candidato republicano que aspiraba a continuar la dinástica política iniciada por su padre y hermano mayor.
Al anunciar, tras las primarias de Carolina del Sur, el final de su fracasada campaña, Bush vino a reconocer que le habían votado fuera de la isla.
En este sentido, Donald Trump ha contado con la gran ventaja de haber protagonizado en televisión su propio “reality show”: El Aprendiz. Un concurso de talento para los negocios que le sirvió para popularizar la humillante frase: “You are fired” (Despedido).
Y es curioso como en esta campaña electoral, las estrellas de los “reality” también se están acercando más que nunca a la primera fila de la política. Desde el retorno a favor de Trump de Sarah Palin, protagonista de su propia odisea televisiva, hasta Ted Cruz recibiendo el respaldo de Phil Robertson, de la polémica serie Duck Dyansty. Sin olvidar el selfie de Hillary Clinton con Kim Kardashian.
Algunos autores hablan ya de los Estados Unidos de la “Reality TV”, como la última fase de una sociedad centrada en el espectáculo. Una tendencia que habría empezado en 1989 con la agresiva serie Cops, sobre policías patrullando la ciudad, y se habría consolidado en 1992 con la estúpida producción juvenil The Real Word.
Para hacerse una idea de este fenómeno, el portal ScreenRant tenía identificados tan solo cuatro “reality shows” en la oferta televisiva americana del 2000. En contraste, el año pasado se registraron más de quinientos estrenos de este género. Sin contar la superproducción de Donald Trump aprovechando las primarias del Partido Republicano. EFE

 

 

 

Etiquetado con: ,
Publicado en: Reportajes