Seis claves para entender la encrucijada de Irán entre democracia y teocracia

Desde su arranque con la revolución de 1979, la República Islámica de Irán ha planteado una paradoja entre soberanía popular y autoridad religiosa, un pulso cada vez más difícil de reconciliar entre democracia y teocracia.
Ciudadanos iraníes caminan junto a un mural en las calles de Teherán  que representa al líder supremo de Irán, ayatolá Ali Jamenei, (izda), juntoCiudadanos iraníes caminan junto a un mural en las calles de Teherán que representa al líder supremo de Irán, ayatolá Ali Jamenei, (izda), junto al fallecido ayatolá Ruhola Jomeini. EFE/Abedin Taherkenareh

Jesús R. Martín 

Los principios que guiaron a los integristas para acabar con el último Sha de Persia fueron “independencia, libertad y República Islámica”.

Sin embargo, la evolución del régimen de Teherán durante buena parte de los últimos 37 años ha demostrado que las aspiraciones republicanas se han visto sistemáticamente comprometidas en este sistema de gobierno dominado por clérigos.

Con todo, la híbrida política iraní no se explica como un simple pulso entre “reformistas” y “hardliners”, tal y como han demostrado una vez más las recientes elecciones del 26 de febrero.

Irán es un país tan grande como complejo -mayor que la combinación de Irak, Turquía y Siria- y en ausencia de partidos políticos cada cita con las urnas activa toda una serie de factores regionales, tribales y locales.

En esta ocasión, la trascendencia de la cita electoral se ha multiplicado porque los resultados finales tendrán con bastante probabilidad biológica que dilucidar la eventual sucesión del líder supremo Alí Jamenei, de 76 años.

El electorado de la República Islámica también ha tenido ocasión de pronunciarse por primera vez sobre el esfuerzo para normalizar relaciones con Occidente liderado por su presidente Hasan Rohaní, con aspiraciones a ser reelegido en 2017.

De hecho, los comicios se han planteado como una especie de referéndum sobre el acuerdo nuclear alcanzado en julio de 2015 y que ha supuesto el final del régimen de sanciones aplicado por la comunidad internacional con devastadores efectos para la economía iraní.

1.- Líder supremo 

En el sistema híbrido de la República Islámica de Irán, la última palabra en cuestiones religiosas y políticas recae en su líder supremo, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y responsable de nombrar a la cúpula judicial, altos cargos y responsables de la televisión oficial.

Hasta su muerte, esta autoridad que incluye veto legislativo y detenciones extrajudiciales está siendo desempeñada por el ayatolá Alí Jamenei. 

Sin embargo, todos estos poderes se ven limitados en la práctica por la necesidad de equilibrar los diversos intereses y centros de poder que operan en Irán.

La responsabilidad de seleccionar al líder supremo recae en una Asamblea de Expertos, elegida por votación popular. El sistema se completa con un Consejo Guardián, formado por seis especialistas religiosos y seis juristas, para interpretar la Constitución (la mitad designados por el líder supremo).

Además de un presidente y un parlamento, elegidos también por votación popular pero con limitados poderes frente a las autoridades islámicas.

Conforme envejece la generación que protagonizó la revolución de 1979 y el gobierno de Teherán ha cultivado una relación más estrecha con Occidente, la casta teológica ha multiplicado sus temores por la evolución de Irán.

Y de hecho, ante las elecciones del 26 de febrero supervisadas por el Ministerio del Interior, el régimen ha hecho todo lo posible por cribar a candidatos al margen de la ortodoxia de la República Islámica, cuya génesis es cada vez más desconocida en un país de 80 millones de habitantes. 

Especialmente con una pirámide de población muy joven no implicada con este amalgamado sistema, ya que un 40% de la población tiene menos de 25 años.

2.- Parlamento 

El parlamento de Irán, conocido como Majlis, es un poder en teoría independiente pero con atribuciones limitadas que en la práctica ha tendido a seguir la pauta marcada por el líder supremo.

Dominado por una agenda de cuestiones más bien localista, sus miembros tienden a formar coaliciones temporales y poco vinculantes. Las elecciones parlamentarias, sin partidos políticos, se celebran cada cuatro años. Solamente pueden participar candidatos a título personal (hombres, mujeres, clérigos y laicos).

Para competir por uno de los 290 escaños existentes -en esta ocasión, un total de 6.000 aspirantes han aparecido en las papeletas- el Consejo Guardián tiene que certificar que los candidatos son “buenos musulmanes” y leales a los principios de la República Islámica.

En este ciclo electoral, el Consejo Guardián ha descalificado a la mitad de los 12.000 iraníes con aspiraciones parlamentarias.

Con todo, el resultado de las elecciones de febrero parece confirmar que Irán se ha embarcado en una lenta pero inequívoca evolución hacia la moderación política. 

Los aliados del presidente Rohaní han conseguido un importante avance en la composición del Parlamento,empezando por controlar la treintena de escaños que representa a la capital Teherán.

Aunque no es fácil identificar los resultados – distorsionados por tanta purga y no publicados oficialmente- los reformistas más pragmáticos habrían avanzado posiciones también en otros centros urbanos de Irán, más allá de la capital, hasta convertirse por lo menos en una influyente minoría.

Con todo, el Ministerio del Interior ya ha confirmado habrá una segunda ronda de votaciones para 68 escaños en disputa.

De acuerdo a las estimaciones más fiables, la combinación de reformistas y moderados habría ganado entre 80 y 90 escaños, con un número similar para los “hardliners”. 

Unos 60 escaños estarían controlados por independientes y el resto serán asignados en un segunda vuelta prevista para el mes de abril. La conclusión es que el nuevo Majlis operará sin una facción dominante, algo excepcional en la historia parlamentaria de la República Islámica.

3.- Asamblea de Expertos

La selección de una nueva Asamblea de Expertos en las elecciones del 26 de febrero – que han generado una participación popular del 62 % de un electorado compuesto por 55 millones de iraníes- ha tenido una especial trascendencia porque con bastante probabilidad biológica tendrá que dilucidar la eventual sucesión del líder supremo Alí Jamenei, con problemas de salud a sus 76 años.

La Asamblea tiene un mandato constitucional de ocho años y además de nombrar al sucesor de Jamenei, teóricamente tiene funciones de supervisión sobre el líder supremo que no ejerce.

Esa institución clave está compuesta por un total de 88 clérigos. Este año se han presentado un total de 161 candidatos. Y según los resultados finales, los comicios de febrero han avanzado las posiciones de los moderados dentro de esa peculiar selectocracia.

Además de no renovarse el mandato de algunos de los clérigos más radicales. El candidato con mayor respaldo popular en Teherán ha sido el ayatolá Akbar Hashemi Rafsanjani, un centrista ex presidente que ha defendido entre otras cosas acabar con el grito de “Muerte a América” durante los rezos del viernes.

El presidente Rohaní también ha sido reelegido para la Asamblea de Expertos, con la esperanza de formar un bloque moderado frente a la influencia ejercida por los clérigos más conservadores.

EFE.-

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