Seis claves sobre la reinvención de Arabia Saudí

El mayor exportador mundial de petróleo, Arabia Saudí, ha confirmado esta semana su intención de transformar su economía y basarla en otras fuentes de riqueza más allá del codiciado crudo que lleva explotando desde antes de la Segunda Guerra Mundial.
El nuevo rey saudí Salman bin Abdulaziz, junto a mandatarios como el rey Felipe VI de España,  Guillermo-Alejandro de Holanda (2i) el presidente de El nuevo rey saudí Salman bin Abdulaziz, junto a mandatarios como el rey Felipe VI de España, Guillermo-Alejandro de Holanda (2i) el presidente de Egipto, Abdelfatah al Sisi (3i), y el rey de Jordania, Abdalá II (4i), tras la muerte su hermano Abdalá bin Abdelaziz el 23 de enero de 2015. EFE/Achivo/Casa S. M. el Rey/Francisco Gómez

 

Jesús R. Martín

 

A pesar de contar con las segundas reservas petroleras en el mundo, el régimen saudí lleva meses sopesando sus alternativas y finalmente ha optado por enfrentar su pésima coyuntura con una transformación tan radical como ambiciosa que aspira a curar su adicción al petróleo en el plazo de cuatro años.
Conocido como “Visión 2030”, esta propuesta para un giro copernicano es una iniciativa del príncipe Mohamed bin Salman, convertido en la figura más influyente de Arabia Saudí desde la ascensión al trono de su padre, el rey Salman bin Abdelaziz, en enero de 2015.
Un periodo en el que la Casa Saud, además de su tendencia a protagonizar un permanente Juego de Tronos, ha acumulado múltiples y simultáneos retos: el colapso de los precios del petróleo, una multiplicada rivalidad con Irán, relaciones cada vez más difíciles con Estados Unidos, tres países vecinos en guerra civil y la amenaza terrorista en su propio territorio.
Sin renunciar a su patrocinio de una de las más estrictas visiones del islam -el wahabismo-, la transformación económica se ha convertido en la opción elegida para hacer frente a una de las tormentas más perfectas desde la independencia de Arabia Saudí en 1932.
Y de esta manera encontrar una salida al dilema no resuelto para reconciliar tradición y modernidad dentro de un país alérgico a los cambios pero que ya no puede seguir disimulando con dividendos de prosperidad sus profundos problemas de vertebración social.

1.- ¿Cómo?
La “Visión 2030”, adoptada esta semana formalmente por el gobierno de Riad, tiene por objetivo construir una nueva seguridad financiera para Arabia Saudí basada en la creación de nuevas oportunidades económicas.
La pieza central de esta iniciativa pasa por destinar hasta 2 billones de petrodólares a un fondo soberano para inversiones tanto dentro como fuera de Arabia Saudí.
Todo este dinero se canalizará de forma prioritaria para incentivar el desarrollo de proyectos empresariales no relacionados con el petróleo, desde la minería al turismo, con un especial énfasis en la promoción de pequeñas y medianas empresas.
Una parte destacada de esta iniciativa contempla la venta de acciones de Aramco, la gigantesca empresa estatal que controla la industria petrolera saudí. Con la idea de introducir un 5 por ciento de Aramco en el mercado bursátil local durante el ejercicio 2017-2018. Además de diversificar gradualmente la joya corporativa de la corona saudí en un conglomerado industrial.
Un país acostumbrado a toda clase de ayudas, subvenciones y prebendas, también verá recortada la generosidad demostrada hasta ahora con cargo a sus ingresos petroleros, empezando por las ayudas dispensadas a los suministros de agua y electricidad.
Además de aumentar una inexistente presión fiscal empezando por impuestos y tasas aplicables a terrenos, refrescos y el consumo de lujo.
Dentro de este giro copernicano también se procederá a la privatización de sectores fundamentales, hasta ahora controlados por el gobierno.
Este esfuerzo privatizador incluirá previsibles cuestiones como las infraestructuras y el transporte público pero también prestaciones sociales básicas como la sanidad o la educación, lo cual debería venir acompañado con un sustancial esfuerzo de supervisión y regulación. Sin olvidar, por supuesto, proyectos faraónicos como un colosal puente entre Arabia Saudí y Egipto.

2.- Adicción al petróleo.
Al formalizar la puesta en marcha de estas iniciativas, el príncipe Mohamed bin Salman ha planteado la necesidad estratégica de que la economía saudí deje de ser un monocultivo petrolero: “En el reino de Arabia Saudí hemos desarrollado una adicción al petróleo. Eso es peligroso y eso es lo que en años recientes ha obstaculizado el desarrollo de diferentes sectores”.
Con el tónico de la “Visión 2030”, el privilegiado hijo del rey Salman bin Abdelaziz incluso ha puesto fecha para empezar a superar esta complicada resaca: cuatro años.
Al promover su nuevo modelo económico, basado sobre todo en los servicios, el objetivo para el año 2030 es que las exportaciones saudíes no vinculadas al petróleo crezcan de un 16 por ciento hasta alcanzar un 50 por ciento.
Todo ello con el expreso compromiso de no retroceder en los estándares de calidad de vida para sus 21 millones de súbditos, incluida una mayor oferta de viviendas asequible. En la actualidad, el 90 por ciento de los ingresos del gobierno procede de los combustibles fósiles y el 70 por ciento de los saudíes que trabajan lo hacen para el Gobierno.
En comparación con otras iniciativas similares, el guión y los planteamientos formulados por el príncipe Salman no resultan exactamente nuevos.
Muchos países dependientes de las exportaciones de energía, sobre todo “inspirados” por precios a la baja, han formulado en el pasado similares proyectos de ambiciosa transformación económica acompañados de forma sistemática por su incumplimiento.
Analistas y economistas han recordado que Arabia Saudí lleva décadas hablando de reducir su nociva dependencia del petróleo, entre grandes planes de transformación que nunca se han cumplido.

3.- A trabajar
Con un tercio de la juventud saudí en paro y un arraigado sistema de indolencia subvencionada, un énfasis especialmente crítico de esta iniciativa pasa por la creación de empleo más allá de las limitadas posibilidades que ofrece la industria petrolera y las Fuerzas Armadas.
Entre los objetivos formulados se incluye una reducción para el 2030 de la tasa de paro del 11,6 por ciento hasta el 7 por ciento. Para el 2020, se aspira a generar un millón de puestos de trabajo vinculados al sector servicios.
Se supone que en este afán por poner a los saudíes a trabajar están incluidas también las mujeres, aunque todavía se enfrenten a retrógradas limitaciones como la prohibición de conducir.
De acuerdo a los objetivos anunciados, para el 2030 la participación femenina en la fuerza laboral de Arabia Saudí debería crecer del 22 al 30 por ciento. Incluido el deseo de “cambios positivos en el futuro” en cuanto a la discriminación institucionalizada contra las mujeres.
En lo referente a los millones de inmigrantes extranjeros que soportan la parte más sacrificada de la economía saudí, el proyecto del príncipe Mohamed bin Salman incluye un esfuerzo de regularización y limitada integración, a través de permisos de trabajo y residencia, inspirado en el sistema de “green cards” de Estados Unidos.

4.- Un cuento chino
Entre inevitables comparaciones a la evolución de China a partir de los años setenta, la “Visión 2030” ha generado toda clase de dudas sobre la viabilidad de transformaciones económicas que no vengan acompañadas de reformas sociales y políticas.
Según ha reiterado el príncipe Salman en la presentación de su plan, no hay duda de que la cultura árabe ha producido los mejores “valores y principios” entre todas las civilizaciones del mundo.
Junto a esta declaración de excepcionalismo y fundamentalismo, el Financial Times ha recordado que la gran cuestión sobre el esfuerzo de diversificación formulado para Arabia Saudí son sus escasas posibilidades de hacerse realidad.
Sobre todo ante el reto de imponerse a todos los intereses compartidos por la burocracia, tan sobredimensionada como inefectiva, las rivalidades de poder dentro de la familia real y los clérigos ultra-conservadores enrocados en el wahabismo desde el siglo XVIII.
Los escasos detalles financieros ofrecidos por el príncipe Mohamed bin Salman tampoco han conseguido impresionar a la hora de transformar una economía notoria por su ineficiencia y nula diversificación.
Una economía, como apuntaba el Wall Street Journal, basada en precios irracionales y enormes subsidios, sin un sistema real de impuestos y un gasto público estilo soviético que se canaliza a través de conexiones con el poder, clientelismo y un privilegiado inventario de siete millares de príncipes y princesas.
Sin olvidar la ausencia de mecanismos significativos de representación política, crecientes divisiones étnicas y cada vez mayores gastos en defensa (más de 87.000 millones de dólares el año pasado, cantidad solo superada por Estados Unidos y China).
Con el colapso de los precios del petróleo, la posibilidad de un fracaso sistémico en la economía más grande del mundo árabe es algo más que una mera especulación.
Finalmente, cualquier intento de fomentar la cultura del trabajo, el esfuerzo y el emprendimiento chocan en Arabia Saudí con una profunda indolencia, alimentada por la expectativa del reparto paternalista de una parte de las riquezas del petróleo.
Según ha destacado The Economist, la experiencia demuestra que otros intentos de reforma en Arabia Saudí han terminado chocando con un muro de apatía: “Es como el padre que le dice a su hijo de cuarenta años que es hora de independizarse y empezar a trabajar”.

5 .- Mister Everything
Conocido directamente por sus iniciales MbS, el príncipe Mohamed bin Salman se ha convertido a los 30 años en la figura providencial de Arabia Saudí.
Admirador de Steve Jobs, desde la ascensión de su octogenario padre al trono de la Casa de Saud no ha hecho más que acumular responsabilidades de poder, desde la cartera de Defensa a presidir el poderoso consejo que controla economía saudí.
Con sus propias ideas pero mínima experiencia internacional, MbS ha empezado por hacer cosas excepcionales como dar extensas entrevistas, algo impensable para el esclerótico régimen saudí.
En su meteórico ascenso, incluido el segundo puesto en la electiva línea de sucesión de Arabia Saudí, el príncipe no ha dudado a la hora de ejercer su influencia y poderes. De hecho, se empieza a hablar ya de una “Doctrina Salman”, según la cual Arabia Saudí debe depender menos de factores externos y ejercer un poder más decisivo en su vecindario.
Como responsable de Defensa, el joven príncipe ha supervisado la costosa intervención en Yemen y los renovados esfuerzos para contener la influencia de Irán en Siria y el resto de Oriente Medio.
Además de formular la ambiciosa “Visión 2030” para la transformación económica de Arabia Saudí, presentada como una especie de pauta inspiracional de 84 páginas.
La juventud e iniciativa del príncipe Salman cuenta como una ventaja para conectar con una pirámide de población joven incapaz de conectar con su gobernante gerontocracia.
Aunque la complicidad demográfica con un 70 por ciento de la población saudí menor de 30 años, junto al énfasis por hacer las cosas diferentes, es una importante baza a favor del príncipe Salman existe también un enorme riesgo de frustración entre las nuevas generaciones saudíes. Un riesgo que ha aumentado junto al paro y una mayor conectividad a través de redes sociales.
Otra cuestión abierta sobre el príncipe Salman es su relación con el heredero oficial de su padre, el príncipe coronado Mohamed bin Nayef, actualmente a cargo del Ministerio del Interior y con mejores conexiones internacionales, empezando por Estados Unidos.
Aunque la relación entre los dos príncipes es un misterio, no faltan especulaciones sobre las ambiciones de MbS para convertirse en una figura indispensable y ser designado finalmente sucesor.
La continuidad dinástica en Arabia Saudí es cualquier cosa menos inalterable puesto que cada nuevo rey retiene, con el concurso del familiar Consejo de Lealtad, el privilegio de designar heredero siempre que sea hijo o descendiente varón de Abdulaziz bin Saud, el fundador de Arabia Saudí y primer rey desde 1932 hasta su muerte en 1953.
Este legendario patriarca dejó una extensa familia de 44 hijos reconocidos con al menos 22 mujeres, lo que en la práctica ha convertido la sucesión dinástica en Arabia Saudí en una permanente intriga entre ancianos.
El problema es precisamente un superávit de potenciales herederos bajo la muy genérica estipulación que el siguiente príncipe en la línea de sucesión debe ser el mejor cualificado.
Con el agravante de que esta monarquía absoluta monopoliza el poder en Arabia Saudí hasta el punto de que el rey también ocupa el puesto de primer ministro y designa a los miembros del parlamento.
Este linaje con “overbooking” es una invitación a la inestabilidad y Arabia Saudí ha demostrado que no está preparada para lidiar con incertidumbres precisamente por un reparto de poderes en base a relaciones personales y lealtades, tan opacas como cambiantes.

6.- La cada vez más tensa relación con Estados Unidos
Desde los tiempos de FDR, Arabia Saudí mantiene una privilegiada relación con Estados Unidos basada fundamentalmente en petróleo a cambio de seguridad.
Sin embargo, desde las revoluciones árabes de 2011, ese vínculo especial se encuentra sometido a crecientes tensiones y el nexo entre seguridad y petróleo se ha visto cada vez más cuestionado.
En los últimos años, mientras que el gigante americano se ha convertido en el mayor productor mundial de crudo, las dudas sobre su alianza con Arabia Saudí se han multiplicado en Washington .
De hecho, la política exterior saudí acumula un creciente memorial de agravios con respecto a Estados Unidos.
Según enumeraba el New York Times con motivo de la reciente visita del presidente Obama a Riad, el gobierno saudí ha lanzado una costosa ofensiva en el vecino Yemen que no ha logrado derrotar a los rebeldes huthis y ha dado todavía más fuerza a la franquicia local de Al Waida.
Se han realizado docenas de ejecuciones por cargos de terrorismo, incluido un prominente clérigo chií; y han abandonado sus compromisos en el Líbano, suspendiendo una multimillonaria ayuda prometida para frenar la influencia de Irán.
Sin olvidar todas las conexiones y sospechas de financiación con destino a la causa yihadista, incluido el Estado Islámico.
Desde el punto de vista de Riad, la pasividad demostrada por Estados Unidos ante el derrocamiento del presidente Hosni Mubarak de Egipto por una revuelta popular resultaría inaceptable.
Al igual que la limitada implicación de Estados Unidos en las crisis de Libia y Siria. Sin olvidar el acuerdo nuclear alcanzado con su archi-enemigo Irán.
Ambas partes no están ocultando sus desavenencias. Hasta el punto de que el presidente Obama ha llegado a calificar públicamente a los saudíes -al igual que los europeos- como unos “aprovechados” que aceptan la seguridad de Estados Unidos sin compartir las responsabilidades.
Según ha insistido el príncipe Turki al-Faisal, ex responsable de los servicios de inteligencia saudíes y antiguo embajador en Washington, “América ha cambiado, nosotros hemos cambiado, y definitivamente, necesitamos recalibrar y ajustar nuestro entendimiento mutuo”. EFE

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Publicado en: Reportajes

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