Rusia-Europa: la necesidad de una visión común

Las relaciones entre Rusia y la Unión Europea se encuentran en una profunda crisis. Muchos de nuestros planes y esperanzas pasados ahora parecen fantasías remotas y aparentemente irrelevantes para las sombrías realidades de hoy en día. Estoy seguro de que muchos en Europa comparten mis frustraciones y preocupaciones, aunque no tiene mucho sentido estar simplemente decepcionado y pesimista. En cambio, deberíamos analizar los errores y las equivocaciones del pasado, evaluar la evolución de la situación en el continente europeo para revelar las oportunidades del futuro.
Igor Ivanov, presidente del Consejo de Rusia para Asuntos Internacionales, ex ministro ruso de Asuntos Exteriores y ex embajador en EspañaIgor Ivanov, presidente del Consejo de Rusia para Asuntos Internacionales, ex ministro ruso de Asuntos Exteriores y ex embajador en España

 

Igor Ivanov, presidente del Consejo de Rusia para Asuntos Internacionales, ex ministro ruso de Asuntos Exteriores y ex embajador en España

Los líderes políticos de los principales países europeos se han distanciado de la nueva posición de los Estados Unidos respecto al estatuto de Jerusalén. Anteriormente se opusieron al nuevo asalto de Donald Trump contra el acuerdo nuclear iraní.

Al mismo tiempo, la Comisión Europea anunció su plan para crear un Fondo Monetario Europeo, con el propósito de introducir un nuevo puesto de ministro de Finanzas de la UE a fin de mejorar la eficiencia de la política monetaria de la Unión. A pesar de todos los problemas, la negociación entre la UE y los británicos sobre las modalidades del “brexit” sigue estrechando la brecha en las posiciones de las dos partes.

Estos y muchos otros acontecimientos sugieren que Europa ha entrado en un período de profunda revisión tanto de sus fundamentos institucionales que recientemente han demostrado múltiples disfunciones, como de su lugar y papel en el mundo rápidamente cambiante de hoy y de mañana. Esta revisión será difícil, a veces dolorosa e incluso arriesgada, pero Bruselas no puede evitarla o posponerla, si la Unión Europea quiere permanecer entre los líderes mundiales que dibujan el contorno de un nuevo orden mundial

Rusia, a su vez, junto con aparentes éxitos recientes en el ámbito internacional, cuyas manifestaciones más llamativas son la lucha contra la amenaza terrorista en Siria y el avance de los intereses de Rusia en la región de Asia-Pacífico, tiene que hacer frente a graves desafíos de naturaleza interna y externa. Diversas sanciones y otras restricciones aplicadas a Rusia ya tienen consecuencias. En primer lugar, distraen importantes recursos políticos y económicos para abordar problemas internos urgentes. En segundo lugar, limitan, de muchas maneras, la capacidad de Rusia de involucrarse constructivamente en las políticas mundial y regional. En tercer lugar, y esto es posiblemente lo más importante, las sanciones frenan las reformas políticas y económicas en Rusia, necesarias para hacer que el país sea competitivo en el mundo y desarrollar nuestra capacidad de enfrentar con eficacia las amenazas y desafíos externos.

Por supuesto, les corresponde a Bruselas y a Moscú descubrir cómo manejar sus respectivos problemas internos y externos. Sin embargo, en el mundo interdependiente moderno, donde los factores nacionales e internacionales se entrelazan cada vez más, el éxito o el fracaso al abordar estos problemas dependerá en gran medida de las variables externas.

A principios de este siglo, Rusia y Europa decidieron establecer relaciones basadas en la asociación. No fue fácil, dado el negativo legado institucional y psicológico de la Guerra Fría, pero resultó posible debido a la voluntad política de ambas partes.

En ese momento, todos estuvieron de acuerdo en que Rusia no podía convertirse en miembro de pleno derecho de la Unión Europea o de la OTAN y, por lo tanto, teníamos que pensar en mecanismos de cooperación sólida. Estos nuevos mecanismos nos ayudaron a superar las limitaciones institucionales y abrir la puerta a una cooperación mutuamente beneficiosa.

Durante más de dos décadas -y este es un período muy corto en las etapas de la historia- juntos logramos conformar una base normativa moderna y bien estructurada para nuestra relación que demostró su eficacia en los ámbitos político, económico y humanitario. Es particularmente importante señalar que emprendimos una serie de iniciativas específicas destinadas a construir, a lo largo del tiempo, un espacio de seguridad euroatlántico común e indivisible.

Permítanme enfatizar que Rusia y Europa dieron todos estos pasos no como concesiones al otro lado, sino más bien como un reflejo de sus respectivos intereses y su comprensión de los cambios fundamentales a largo plazo en el mundo.

Desafortunadamente, durante la segunda década del siglo XXI, y por razones que no hemos analizado, aumentaron las tensiones entre Rusia y Europa. El potencial positivo previamente acumulado en la relación se evapora rápidamente; muchos canales de comunicación establecidos que nos habían ayudado a comprendernos mejor y encontrar soluciones incluso a los problemas más divisorios ahora se ven interrumpidos o bloqueados. Por qué ha sucedido y si podría haberse evitado merece una discusión por separado. Por supuesto, no se debe exclusivamente, ni siquiera en gran medida, a la crisis ucraniana. Los problemas reales entre Rusia y Europa comenzaron mucho antes de 2013.

La pregunta clave no es sobre el pasado, sino sobre el futuro. ¿De qué trayectorias estratégicas pueden elegir Europa y Rusia y cómo se relacionan estas trayectorias entre sí?

Uno puede imaginarse fácilmente atascado donde estamos, guiado por amargos desacuerdos sobre el pasado y sus percepciones divergentes del futuro. La Unión Europea se las arreglará sin Rusia, y Rusia no colapsará en un mundo multipolar. Sin embargo, en este caso nuestro continente común permanecerá dividido en el siglo XXI como lo estuvo durante la mayor parte del siglo XX. La división tendrá un profundo impacto negativo no solo en Rusia y la UE, sino también en las naciones intermedias. Además, la incapacidad o falta de voluntad de las dos partes para hacer pleno uso de su complementariedad natural inevitablemente afectará negativamente a la capacidad de Europa y Rusia para permanecer como partes vibrantes del mundo altamente competitivo que emerge ante nuestros ojos.

La trayectoria opuesta implica que ambas partes inviertan en cerrar las brechas entre ellas, restablecer los enlaces de comunicación, identificar áreas de interés mutuo y ampliar gradualmente la cooperación en diversos campos. Es probable que el progreso no sea rápido; uno puede prever muchos obstáculos, postergaciones y contratiempos en el camino. La inercia de la crisis actual seguirá afectando nuestra relación. Aún así, con la debida voluntad política, resistencia y paciencia, Rusia y Europa pueden superar muchos malentendidos y desarrollos negativos de los últimos años.

Como dicen, nunca debes desperdiciar una buena crisis. Una de las tareas más importantes para los políticos, expertos, líderes públicos y empresarios de ambas partes es superar las pasiones del día y observar las relaciones entre Europa y Rusia desde una perspectiva histórica más amplia. Solo un enfoque de este tipo puede permitirnos enfocar nuestra visión, evaluar nuestros desafíos, oportunidades y capacidades a largo plazo, de modo que podamos establecer nuestros objetivos para servir a nuestro interés común.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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