Rohinyás: de la violencia en Myanmar, a las amenazas en campos de Bangladesh

Jasim trabajó como traductor, supervisor de salud mental y promotor de salud en Médicos Sin Fronteras (MSF) en el estado de Rakhine, en Myanmar. Miembro de la comunidad rohingya, Jasim sufrió discriminación y, tras el estallido de violencia a finales de verano de 2017, asustado, cruzó con su familia el río Naf y buscó refugio en Bangladesh como hicieron 700.000 rohingyas en apenas unas semanas.
Gabriel Sánchez, responsable de la Unidad de Emergencias de Médicos Sin Fronteras .Gabriel Sánchez, responsable de la Unidad de Emergencias de Médicos Sin Fronteras .

Gabriel Sánchez, responsable de la Unidad de Emergencias de Médicos Sin Fronteras

 

La familia de Jasim llegó a la isla bangladesí de Shah Porir Dwip a bordo de un bote atestado junto a un centenar de personas cuando apenas podía transportar con seguridad a una veintena. En la carretera hacia los campos de Kutupalong, rodeado de una multitud que caminaba en la misma dirección, escoltados por tráfico atroz y con el llanto de los niños como letanía, Jasim desesperó. “Voy a morir aquí”, pensó.

Han pasado nueve meses de aquello y, afortunadamente, la familia de Jasim consiguió asentarse y construir su propio refugio. Pero ahora Jasim, como miles de rohingyas, se enfrenta a nuevas amenazas.

El monzón ya está aquí

En las últimas semanas ya ha habido tormentas y lluvias intensas de manera esporádica. Ahora con el comienzo del monzón se intensifican. Ello aumenta el riesgo de brotes de enfermedades, de infecciones del tracto respiratorio y de deslizamientos de tierra. La mayoría de los refugios no pueden soportar condiciones climáticas extremas, como inundaciones o ciclones.

Se estima que unos 200.000 rohingyas están en riesgo directo de inundación. De hecho, los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) ya han atendido a refugiados heridos por derrumbes a causa de las lluvias previas al monzón y varias personas han muerto por los deslaves.

La temporada de monzones va a agravar una situación humanitaria ya de por sí desesperada. Para adelantarnos, hemos puesto en marcha varias unidades de tratamiento de diarrea y hemos elaborado planes de preparación para emergencias en caso de que los centros de salud sufran un daño importante.

Estamos en tiempo de descuento. Mejorar las condiciones de vida de los refugiados, especialmente en lo que concierne a agua y saneamiento, y reducir la densidad de campos en una situación límite, resulta vital.

Las infraestructuras de emergencia que se construyeron con urgencia en la primera fase de respuesta son de baja calidad. Por eso, es prioritario el desmantelamiento de estas letrinas. Hasta al momento, desde MSF hemos retirado los deshechos de 438 letrinas llenas o desbordadas y construido más de un millar que dan servicio a 50.000 residentes en los campos.

La disponibilidad de agua potable es una preocupación constante en los asentamientos. Hemos perforado diez pozos profundos (hasta 200 metros) que alimentan las clínicas de MSF y la red de abastecimiento de parte de los campos. Sin embargo, dado el hacinamiento, el riesgo de aparición de brotes de enfermedades transmitidas por el agua sigue siendo muy alto (diarrea acuosa aguda, hepatitis E, fiebre tifoidea).

La cobertura de inmunización de rutina de los refugiados es baja y los riesgos de aparición de enfermedades prevenibles son altos como demuestran los brotes de sarampión y difteria. Entre septiembre y finales de abril, advertimos 4.680 casos de sarampión. Ahora, todos los niños menores de 5 años recién llegados a los campos son vacunados contra esta enfermedad.

La difteria es una enfermedad totalmente prevenible si existe acceso a una sanidad básica y a una vacunación de rutina que se inventó hace 90 años. Sin embargo, hemos tratado a casi 6.000 pacientes de una enfermedad más propia de otro siglo. Las campañas de vacunación masivas han ayudado a reducir la incidencia de ambas enfermedades pero no podemos bajar la guardia porque los brotes no han terminado.

A los campos hacinados y las precarias condiciones de saneamiento se une la falta de acceso a la asistencia médica que la población rohingya tenía en Myanmar en general y a los programas de vacunación rutinaria en particular. El caldo de cultivo para que se propagara una enfermedad como la difteria, transmisible por el aire, estaba dado.

Violencia sexual

“Cuando comenzó el flujo de refugiados, muchas mujeres acudían diciendo: ‘Fui violada por el Ejército o por gente de Rakhine'”, recuerda Ruksana, responsable de atención a víctimas de violencia sexual de MSF en Bangladesh. Nueve meses después de los últimos actos violentos en Myanmar continúan llegando víctimas a nuestras clínicas.

Hemos atendido a casi 400 supervivientes de violencia sexual y de género con edades que oscilan entre los nueve y los 50 años. La cifra real de víctimas es imposible de determinar ya que es muy probable que solo veamos una fracción de los casos.

A menudo, las víctimas de violencia sexual no buscan atención a causa de la vergüenza y el estigma asociados con la agresión sexual. Además, muchas desconocen que pueden recibir apoyo médico y psicológico.

Incluso aquellas que vienen a nuestras clínicas se muestran muy reticentes a contar los que les ha sucedido. “Al principio no suelen querer compartir lo que les ha pasado. Les digo: ‘No es tu culpa, no tengas miedo, estamos aquí para ayudarte'”, explica Ruksana.

A pesar de los esfuerzos de compañeros como Ruksana, lo cierto es que, para miles de rohingyas, los peligros no terminaron cuando cruzaron la frontera y buscaron refugio en las colinas de Cox’s Bazar. El éxodo de esta comunidad se tradujo en la mayor crisis de refugiados reciente. Nueve meses después, la precariedad y el hacinamiento de los campos, la llegada del monzón y las cicatrices físicas y emocionales que les dejó la violencia vivida en Myanmar amenazan su futuro.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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