REPORTAJE: Norilsk celebra la llegada de la larga noche polar

A pocos días de que comience la larga noche polar, la ciudad de Norilsk, en el Ártico ruso, apura las últimas horas de luz celebrando con colorido, música y gastronomía el festival étnico del Gran Arguish a pesar de las gélidas temperaturas en este rincón de Siberia.
  • Norilsk, una de las muchas ciudades cerradas de la Unión Soviética, fue abierta en 1991 tras la desintegración, pero diez años después fue vueltaNorilsk, una de las muchas ciudades cerradas de la Unión Soviética, fue abierta en 1991 tras la desintegración, pero diez años después fue vuelta a cerrar por razones "estratégicas". Foto: Virginia Hebrero
  • Algunas mujeres nativas de Norilsk durante la celebración del festival étnico del Gran Arguish, antes de la larga noche polar. Foto: Virginia HebreroAlgunas mujeres nativas de Norilsk durante la celebración del festival étnico del Gran Arguish, antes de la larga noche polar. Foto: Virginia Hebrero
  • Norilsk, una de las muchas ciudades cerradas de la Unión Soviética, fue abierta en 1991 tras la desintegración, pero diez años después fue vuelta
  • Algunas mujeres nativas de Norilsk durante la celebración del festival étnico del Gran Arguish, antes de la larga noche polar. Foto: Virginia Hebrero

 

Virginia Hebrero

 

 – Con una temperatura media anual de diez grados centígrados bajo cero -durante los diez meses de invierno se alcanzan hasta 55 bajo cero- , fortísimos vientos y seis semanas de noche total cada año, el clima de Norilsk, que tiene 170.000 habitantes, es todo menos agradable.

   – Norilsk, una de las muchas ciudades cerradas de la Unión Soviética, fue abierta en 1991 tras la desintegración, pero diez años después fue vuelta a cerrar por razones “estratégicas”.

   – En la ciudad apenas hay internet por la ausencia de fibra óptica y la ausencia de carreteras, ya que Norilsk solo está comunicada con el resto de Rusia y el mundo por vía aérea o por barco, desde el cercano puerto fluvial de Dudinka.

 

 

Una simple búsqueda en Internet con la palabra Norilsk arroja inmediatamente una ristra de artículos negativos con calificativos como “infernal” o “extremo” y expresiones como “la peor ciudad del mundo para vivir” o “la ciudad más contaminada”.
Norilsk, situada a 3.000 kilómetros al nordeste de Moscú, con unas condiciones climatológicas durísimas, es efectivamente la ciudad más contaminada de Rusia y una de las diez primeras del mundo, debido a la incesante actividad minera y de fundición de níquel que, paradójicamente, le da vida.
Con una temperatura media anual de diez grados centígrados bajo cero -durante los diez meses de invierno se alcanzan hasta 55 bajo cero- , fortísimos vientos y seis semanas de noche total cada año, el clima de esta ciudad de 170.000 habitantes es todo menos agradable.
El folleto turístico editado por el ayuntamiento señala que el 29 de enero de 2014 se registró un récord de frío con 64 grados bajo 0 en la calle Gvardéiskaya, “lo que combinado con un viento de 40 metros por segundo producía una sensación térmica de -118 grados”.
Pese a ese sadismo de la Naturaleza y las 400.000 toneladas anuales de dióxido de sulfuro emitidas por las fábricas de níquel, Norilsk, la ciudad de más de 100.000 habitantes más al norte de todo el planeta, no responde a esa fama de museo de los horrores.
Sus anchas calles y avenidas están flanqueadas por altos edificios de estilo soviético similares a otras ciudades rusas, pero sus fachadas están pintadas de vistosos colores, rosas, amarillas, verdes o decoradas a veces con paisajes tropicales imposibles.

 

EL INICIO DE LA GRAN NOCHE POLAR

Sus autobuses de transporte público funcionan eficientemente aunque en los peores momentos del invierno tengan que circular siguiendo a las máquinas quitanieves, y algunas paradas están cerradas y con calefacción.
Sus habitantes, la mayor parte de ellos vinculados a la minería y la metalurgia, están hechos a las condiciones de vida y al clima, siguiendo la máxima “el verdadero norteño no es el que no tiene miedo al frío, sino el que sabe cómo vestirse correctamente”.
“Me gusta Norilsk. Vivir aquí me resulta muy interesante. Yo nací aquí y mis padres también. Me gusta el Norte”, dice a Efe Andrei Shestakov, un ingeniero de 50 años empleado del gigante Nornickel, primer productor mundial de níquel y paladio.
“Mis padres se fueron al jubilarse y yo haré lo mismo cuando me jubile a los 55 años. Ya tengo comprado mi apartamento en Krasnoyarsk (la capital de la vasta región donde se encuentra Norilsk, a orillas del río Yenisei)”, afirma.
Cuenta que la empresa le paga un viaje al año para salir de vacaciones con toda la familia, su esposa, su hijo adolescente y su hija mayor que ya le ha hecho abuelo.
“Tengo un sueldo digno. Desde la ventana de mi casa se ven las montañas. ¿Cómo no me va a gustar esto? Salimos con la familia y los amigos de excursión a la tundra, recogemos bayas”, señala y evita responder directamente a si hay mucha contaminación. “Aquí no se siente”, asegura.
Solo lamenta que apenas hay internet en la ciudad, por la ausencia de fibra óptica, y la ausencia de carreteras, ya que Norilsk solo está comunicada con el resto de Rusia y el mundo por vía aérea o por barco desde el cercano puerto fluvial de Dudinka.
La línea férrea que une Norilsk con este puerto, que actualmente solo transporta mercancías, fue construida, como toda la urbe, por los prisioneros del Gulag soviético que no se desmanteló hasta 1956, tras la muerte de Stalin.
Andrei y su hijo de 15 años asisten al festival del Gran Arguish que este día ha sacado a la calle a miles de habitantes locales a pesar de los 29 grados bajo cero que reinan en el ambiente.
La festividad marca el inicio de la noche polar, que comienza a finales de noviembre, y su nombre es una de las pocas palabras comunes en las lenguas de los cinco pueblos indígenas de la península de Taimir: dolganos, nenets, nganasan, evenks y enets.
En la plaza central de la ciudad, grupos folklóricos interpretan bailes y cantos de sus pueblos, adultos y niños visitan las tiendas tradicionales montadas allí o acuden a los puestos de comida.
Durante varios días un festival gastronómico muestra las delicias de la cocina regional, en base a pescados locales y a la carne de reno, la verdadera especialidad.

“USTED VERÁ LO QUE POCA GENTE HA VISTO”

Un expositor de turismo presenta las ofertas de tours y excursiones por la naturaleza con el lema “Usted verá lo que poca gente ha visto”.
Y es que si los propios rusos viajan poco a esta ciudad, situada 300 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, menos aún lo hacen los extranjeros.
Norilsk, una de las muchas ciudades cerradas de la Unión Soviética, fue abierta en 1991 tras la desintegración, pero diez años después fue vuelta a cerrar por razones “estratégicas”.
Solo rusos y bielorrusos pueden viajar libremente a ella, mientras que los extranjeros necesitan una invitación de algún organismo o empresa y permiso del FSB, el antiguo KGB.
“El verano pasado no tuvimos ningún turista extranjero porque hubo problemas con los permisos. La anterior temporada vinieron unos 6 extranjeros y un grupo de 12 turistas de la república Checa”, dice a Efe Oleg Krashevski en su stand de presentación.
“Nos han prometido que este año se arreglará la situación y no habrá problemas”, agrega.
Pero además de la dominante industria minero-metalúrgica, Norilsk se enorgullece de contar con otras empresas, como su propia fábrica de cerveza.
“Aquí hay muy buena calidad del agua, a pesar de ser un territorio contaminado”, dice Irina Petrova, directora tecnológica de la planta, mientras nos enseña los enormes contenedores de cerveza y la cadena embotelladora.
Fabrican 80 toneladas de cerveza al mes, 30 toneladas de kvas, la tradicional bebida rusa fermentada a base de pan negro, y 200 toneladas de agua mineral.
“Imagino que esta es la fábrica de cerveza más al norte del mundo, si no hay alguna en Alaska”, asegura, siguiendo esa tendencia que lleva a Norilsk a ser “la más de todo”.
El Museo de Historia hace un recorrido por los orígenes de la ciudad, desde que en 1921 el geólogo Nikolai Urvantsev construyera la primera casa, una cabaña de madera cuya réplica se ha situado junto al edificio principal.
En el Museo se muestra, tanto la historia de los pueblos indígenas de la región. como documentos sobre la etapa más oscura de Norilsk, los dos décadas que albergó el Gulag en el que no era necesario fusilar a los prisioneros ante la dureza del clima. EFE/REPORTAJES

 

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