REPORTAJE: El hombre que más sabe del Polo Sur

Entre las inagotables sorpresas que la Antártida depara, el paso por Isla Rey Jorge permite conocer al visitante al hombre que más sabe del Polo Sur: el chileno Alejo Contreras, de profesión nivólogo (estudioso de la nieve).
REPORTAJE: El hombre que más sabe del Polo Sur

 

Valentín Carrera

 

– Alejo solo ha viajado por aire hasta el continente blanco, continuando después hasta el Polo en largas travesías a pie. También es un apasionado de la aviación: actualmente trabaja en Aerovías DAP, la compañía polar por excelencia, fundada en 1985, y en los ratos libres construye trineos de madera.

– “En la Antártida el frío no es un problema, basta con abrigarse; el único problema serio es el viento”. Lo dice, convencido, este nivólogo optimista, férreo, con buena estrella, pues nunca ha tenido un accidente, un soñador “que va a la montaña a pasarlo bien, no a cometer imprudencias”.

– “He estado en los últimos quince derrames de petróleo en el mar, ayudando a limpiar. ¡Pues claro que hay cambio climático!, es innegable, pero no creo que esté producido por el hombre. Es un envejecimiento natural del planeta. Estamos viviendo un cambio de la madre Naturaleza”.

 

 

Alejo Contreras fue el primer chileno en alcanzar el Polo Sur a pie, esquiando, en 1989: “Tuve la suerte de nacer en Chile, imagínese, 4.000 kilómetros de cordillera, y 4.000 volcanes, uno por kilómetro, un país lleno de picos nevados, fumarolas y aguas termales”.

La conversación transcurre en la base chilena Frei, en Isla Rey Jorge, donde Alejo vive en un módulo que ha ido preparando en simbiosis con el medio y que consiste en un contenedor reciclado, con calefacción y pequeñas comodidades, en el que afirma se siente “en casa”.

Así es el hogar de quien ha recorrido todos los caminos del desprendimiento de placeres, consumos y esos cansinos objetos cotidianos que atestan nuestros armarios; el hogar de quien conoce bien los caminos de adaptación al medio, a la dura ley antártica.

Instinto de supervivencia, Alejo es darwinismo en estado puro. Su aspecto físico recuerda al del explorador polar anglo-irlandés Ernest Shackleton, al acabar sus desgracias en el Mar de Weddell, cuando llegó desencajado, pero firme, ante los balleneros de Isla San Pedro.

Conversamos junto a unos troncos fosilizados de Laurlioxylon Antarcticum, árboles con 54 millones de años de antigüedad, cuando en estas latitudes había coníferas, araucarias, teca, laurel? .

Sonríen, más que hablan, los ojos chispeantes de este chileno tallado en teca o en lenga del cuaternario, nacido en Recoleta, cerca de Santiago, hijo de agricultores acomodados, o mejor, “desacomodados por la reforma agraria de 1973”.

En aquellos años, Alejo leyó un libro sobre los exploradores Robert Falcon Scott y Roald Amundsen que iluminó su vocación: “Esa lectura me inspiró, fue como un sueño; pero los sueños se pueden realizar si pones trabajo en ellos”, añade como un consejo. En la vida las oportunidades, la formación y el estudio, hay que tomarlas al vuelo; si no, se escapan”.

Este nivólogo de larga barba blanca solo ha viajado por aire hasta el continente blanco, continuando después hasta el Polo en largas travesías a pie.

Alejo es un apasionado de la aviación: actualmente trabaja en Aerovías DAP, la compañía polar por excelencia, fundada en 1985 por Domingo Andrés Pivcevic, y en los ratos libres construye trineos de madera.

Pero antes, Alejo ya había viajado al Polo Sur, por primera vez, en 1980 y, desde entonces, ha estado casi veinte veces más en el Polo y ha ascendido otras tantas al Macizo Vinson (4897 m), el más alto de la Antártida, en los Montes Ellsworth, habiendo sido también el primer sudamericano en coronar la cumbre del Vinson en 1985, acompañando al fotógrafo Patrick Morrow y al aventurero Steve Fosset.

“Cada uno de estos viajes requiere años de preparación: hay que conseguir el presupuesto y los medios; y antes del viaje, establecer durante los dos veranos anteriores pistas de hielo, depósitos de víveres y combustibles, una compleja logística”, comenta Contreras.

En aquella época, como voluntario del Cuerpo de Socorro Andino, Alejo fue nombrado representante chileno ante el Tratado Antártico para expediciones no gubernamentales.

PISTAS DE HIELO AZUL.

Una de las cuestiones que cabe analizar es cómo aterriza un avión en la Antártida, que no es precisamente el aeropuerto de Heathrow. Decir magia sería un mal resumen, porque siendo todo telúrico y alucinante, hay poco espacio para los trucos.

Si acaso, hay que aceptar como truco llevar dos avionetas un verano y enterrar una de ellas en la nieve hasta el año siguiente. Conservar un avión en el hielo significa cortar grandes bloques con sierras (a mano, no radiales, ni grúas, ni poleas, ni enchufes), hasta hacer un enorme hangar de hielo y luego cubrirlo de nuevo. Las imágenes de los expedicionarios sacando el avión de la nevera al año siguiente son espectaculares.

Mágicas son las pistas de hielo azul, aeródromos naturales donde puede aterrizar una avioneta con ruedas (como hizo un Boeing 757 con ruedas en 2016); hay 82 pistas de hielo azul localizadas en la meseta antártica, de tres kilómetros de espesor medio; y gracias a ellas, aviadores intrépidos, como Alejo, cruzan el continente a saltitos, hasta cubrir las 1700 millas desde Punta Arenas.

Cuando todo ha sido transportado al último campamento, Alejo Contreras y su grupo recorren el tramo final a pie: tirando de un trineo con 120 kilos de peso, avanzando a razón de 11 kilómetros diarios, durante 72 días.

“Ocho horas caminando, ocho horas de sueño y ocho para comer y organizar la acampada. Cada noche hay que construir un refugio: armar una carpa que se protege con un sólido muro de nieve”, comenta el chileno. Eso significa cortar bloques de hielo y formar un paravientos, protegiendo la tienda.

“En la Antártida el frío no es un problema, basta con abrigarse; el único problema serio es el viento”. Lo dice, convencido, este nivólogo optimista, férreo, con buena estrella, pues nunca ha tenido un accidente, un soñador “que va a la montaña a pasarlo bien, no a cometer imprudencias”.

Sobre cómo ve el futuro de la Antártida, Alejo Contreras comenta: “¡Absolutamente optimista! Los jóvenes están cada vez más sensibilizados, el Tratado Antártico se cumple y se respeta, la Antártida es pública, los Gobiernos toman las decisiones por unanimidad. La Antártida nunca se va a privatizar”.

Se queja, sin embargo, de la contaminación cada día más visible, y alecciona a los futuros científicos:

“En vuestras casas, ¿metéis la basura en el congelador para que se conserve? Pues en la Antártida ocurre algo así: ahí la basura se va a conservar pero que muy bien. Y está llegando mucha, porque no se recicla adecuadamente. Ponen un logo en el envase y creen que con eso el cartón o el plástico se recicla solo?”.

Alejo es ecologista, comprometido a su manera y sobre el cambio climático comenta: “He estado en los últimos quince derrames de petróleo en el mar, ayudando a limpiar. ¡Pues claro que hay cambio climático!, es innegable, pero no creo que esté producido por el hombre. Es un envejecimiento natural del planeta. Estamos viviendo un cambio de la madre Naturaleza”. EFE/Reportajes

 

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