REPORTAJE: Donald Trump, la trampa de la nostalgia

La sensación de abandono une al sur del estado de Pensilvania y a todo el "cinturón de óxido". En cinco años 30.000 mineros han perdido su empleo en Estados Unidos. Mientras Hillary Clinton ofrece pragmatismo, Donald Trump apela a lo más profundo del corazón obrero y promete devolver un pasado idealizado. Promesas utópicas que ofrecen recuperar el rumbo de una vida y un país que avanza en otra dirección.
JOHNSTOWN (EEUU) 21/09/16.- Calles de Johnstown, un ciudad fantasma golpeada por la pérdida de empleos en las industrias del carbón y el acero. GranJOHNSTOWN (EEUU) 21/09/16.- Calles de Johnstown, un ciudad fantasma golpeada por la pérdida de empleos en las industrias del carbón y el acero. Gran cantidad de casas lucen los carteles azules con el nombre del candidato presidencial republicano, Donald Trump, y su lema de campaña de Trump: "Make America Great Again" (Hagamos a EEUU grande de nuevo).

 

Beatriz Pascual Macías

 

 

– “Donald Trump es la única persona que habla como yo, directamente desde el corazón”, dice Sherron, desde la ciudad de Johnstown, mientras se tambalea sobre su bastón. Para él una derrota en las elecciones del 8 de noviembre es inconcebible y avisa: “Si Hillary Clinton es elegida, habrá disturbios en las calles”.

– “Las regulaciones están asfixiando a todo el mundo, nuestros trabajos se están yendo de Estados Unidos”, garantiza Krisfott, que apoya sin reservas una de las propuestas estrella de Trump: sancionar a las empresas que huyen del país para abaratar costes e instalarse en otros países, como México y China.

– Rubia y menuda, James, de 56 años, fue una pionera de su tiempo trabajando como minera. Tuvo que romper todo tipo de barreras y, en parte, por eso votará en noviembre a Hillary Clinton. “Creo que Donald Trump es una pistola cargada de gatillo fácil”, resume.
La ciudad ha cambiado. Johnstown tenía algunos de los peores atascos de la región. Mientras las fábricas del acero sacaban su cargamento, las camionetas se amontonaban durante horas por sus estrechas calles a los pies de los montes Apalaches, en la que fue una de las zonas más prósperas del estado de Pensilvania.
Irónicamente, Anthony Sherron, de 85 años, echa de menos aquellos atascos, que eran sinónimo de los “buenos tiempos”, cuando los jóvenes podían encontrar un trabajo bien pagado en la industria del carbón y el acero en el condado de Cambria, donde se ubica la urbe, a unos 500 kilómetros al oeste de la ciudad de Nueva York.
“Todos los chicos que han conseguido una educación se han ido. Mi hijo, mi hija, no viven en Pensilvania porque no hay trabajo en Pensilvania”, dice Sherron. Todo se ha derrumbado”, opina el anciano. Se queja de que “en las escuelas ya no enseñan” y “los políticos no paran de mentir”.

“CINTURÓN DE ÓXIDO”

Él bajó por primera vez a una mina de carbón en 1948, con 18 años, trabajó duro y cree que sus nietos merecen “el mismo país” en el que él creció. Luce una gorra, una camiseta blanca y una chapa con el lema de campaña del candidato presidencial republicano, Donald Trump: “Hagamos Estados Unidos grande de nuevo”.
“Donald Trump es la única persona que habla como yo, directamente desde el corazón”, dice Sherron mientras se tambalea sobre su bastón. Para él una derrota en las elecciones del 8 de noviembre es inconcebible y avisa: “Si Hillary Clinton es elegida, habrá disturbios en las calles”.
El millonario de Nueva York espera arañar un buen puñado de votos de los empobrecidos habitantes del “cinturón de óxido” del medio oeste de Estados Unidos: desde Delaware a Wisconsin pasando por Pensilvania y Ohio, dos de los estados con mayor peso en la elección del próximo inquilino de la Casa Blanca.
“Vuestro acero va a volver, vuestra energía será protegida. Habrá una situación completamente diferente, ya no seremos considerados gente tonta, seremos los genios, créanme”, prometió Trump unas semanas antes de las elecciones a los habitantes de Johnstown. “¡Voy a poner a los mineros a trabajar de nuevo!”, clamó.
En cada mitin, Trump rememora los buenos tiempos, identifica al enemigo que los destruyó y explica cómo vencerlo. Demoniza al presidente, Barack Obama, y echa la culpa del desempleo a su plan de energía limpia. “Juntos vamos a destrozar a los políticos corruptos y vamos a dar lo justo a los olvidados”, promete Trump.
Por supuesto, para Trump, el enemigo número uno es “la corrupta” Hillary Clinton. La candidata presidencial demócrata ha prometido invertir 30.000 millones de dólares en formación para los mineros, pero unos desafortunados comentarios en Columbus (Ohio) fueron interpretados por muchos como una amenaza.
“Vamos a poner a muchos mineros del carbón y a muchas empresas fuera del negocio”, dijo en marzo Clinton, en un comentario sobre la necesidad de impulsar las energías renovables.

CIUDAD DE FANTASMAS SOLITARIOS

La nostalgia se mezcla con la niebla en Johnstown, que ahora parece una ciudad fantasma. Como una bola de nieve, la pérdida de trabajos en el acero y el carbón ha arrollado al resto de la economía local, ha provocado el cierre de restaurantes de comida rápida, gasolineras y tiendas de compraventa de coches.
Marc Krisfott tiene 37 años y es una de las personas que teme sufrir los daños colaterales del declive de la industria del carbón. Empezó a trabajar como camionero para una de las empresas mineras de la región hace tres años y, tras numerosos cierres, se pregunta cuál es el futuro al que puede aspirar su generación.
“Las regulaciones están asfixiando a todo el mundo, nuestros trabajos se están yendo de Estados Unidos”, garantiza Krisfott, que apoya sin reservas una de las propuestas estrella de Trump: sancionar a las empresas que huyen del país para abaratar costes e instalarse en otros países, como México y China.
“Donald Trump es increíble, él no es parte de la casta política de ninguna manera. Él se representa a sí mismo, ha conseguido su propio dinero y creo de veras que va a hacer que todo sea genial de nuevo por aquí”, afirma Krisfott. “Todo lo que tenemos depende de estos comicios y no es una broma”, sentencia.
El declive de la industria va más allá de los cristales rotos o los tablones que tapan las puertas de las fábricas. La desintegración penetra directamente en la vida social de las comunidades mineras de Johnstown y del condado de Greene, donde el número de minas se ha reducido de 12 a 5 en los últimos años.
Dave Serok, un líder del sindicato de mineros de ese condado, trabajó durante 12 años en la mina Esmeralda y forjó una fuerte amistad con algunos de los 230 mineros que, como él, fueron despedidos el pasado noviembre cuando Alpha Natural Resources, la empresa propietaria del yacimiento, se declaró en bancarrota.
El despido desdibujó la familia en la que se había convertido el equipo de mineros de Serok. “Nos juntamos pero no como antes. Vivimos separados, en diferentes comunidades, a unos 30, 50 kilómetros y ya no puedes pagar la gasolina para viajar. La gente también tiene otros trabajos y diferentes turnos”, cuenta Serok en las oficinas del sindicato de mineros, en Uniontown.
Las visitas a casa del vecino se redujeron debido, en parte, a la reducción de ingresos. Contando las horas extra, Dave Serok ganaba más de 100.000 dólares al año, un salario que le permitió a él y al resto de sus compañeros comprar una buena casa y hasta invertir en la construcción de un campo de béisbol para los chicos.
Sin embargo, ahora gana 30.000 al año en CareerLink, un centro de formación en donde ayuda a otros mineros a conseguir empleo. “El impacto en mi vida ha sido horrible”, reconoce Serok, que ha vendido su camioneta, dado de baja Internet y renunciado a las salidas de los fines de semana con sus dos hijos.
Las pérdidas han sido muchas para él. “Tercera generación de mineros”, se define, mientras muestra orgulloso el lema del tatuaje en su antebrazo derecho: “Vive libre o muere”.

IDENTIDAD Y SANGRE

Dejar la mina supone dejar atrás una parte de la identidad. “Cuando eres un verdadero minero está en la sangre. Cuando bajo al pozo siento que ese es mi mundo”, cuenta Tanya James, una mujer que comenzó a trabajar en el carbón junto a su madre en 1979, en una época en la que el mundo de las minas estaba reservado a hombres robustos.
Tanya James tenía 19 años, su padre, que era minero, había muerto y la familia tuvo que buscar un medio de subsistir. “Fue muy duro en algunas ocasiones y llegó a suponer un peligro físico, te ponían en una situación peligrosa a propósito o trataban de ponerte las manos encima”, recuerda James, de 56 años.
Poco a poco, su madre y ella se ganaron el respeto de los compañeros. “Estaba embarazada de cinco meses y estaba recogiendo carbón con una pala cuando sufrí un tirón en un músculo. El doctor no me dejó volver pero yo habría vuelto. Como digo, me gané el respeto”, presume entre risas James, que trabajó 37 años en los yacimientos.
Rubia y menuda, James fue una pionera de su tiempo, tuvo que romper todo tipo de barreras y, en parte, por eso votará en noviembre a Hillary Clinton. “Creo que Donald Trump es una pistola cargada de gatillo fácil”, resume la minera.
Piensa que el multimillonario no tiene ningún plan para hacer brotar los trabajos del carbón y cree que formula promesas solo para salir elegido. “El poco respeto que le tenía se esfumó cuando salió en televisión y se burló de un periodista con discapacidad. Tengo un nieto que es autista”, cuenta James.
La minera cree que Clinton es “la mejor opción”, aunque se siente decepcionada por Obama. “Voté por él en 2008, nos prometió la luna. Le apoyamos para su primer mandato, pero en el segundo ya no nos necesitaba. Fue como cuando tienes un par de zapatos viejos que ya no necesitas y simplemente los tiras a la basura”.

VOTANTES BLANCOS, OBREROS Y CON BAJO NIVEL DE ESTUDIOS

Trump no conseguirá una victoria unánime en noviembre, pero la nostalgia puede tender una trampa y darle un triunfo entre sus votantes, mayoritariamente blancos, obreros y con un nivel bajo de estudios.
El desempleo a nivel nacional es del 5%, pero en los condados de Greene y Cambria, donde se ubica Johnstown, sube hasta el 8%, una cifra que no incluye al número de personas que han abandonado la búsqueda de oportunidades.
Hasta el líder del condado de Greene, Blair Zimmerman, trabajó 40 años en la minería. Como muchos, abandonó los estudios a cambio de los jugosos salarios del carbón. “Esto debería haberse previsto hace 50 años, pero todo el mundo estaba feliz haciendo mucho dinero y nadie se preocupó en modernizar la industria”, dice Zimmerman en su oficina en Waynesburg.
El presidente Obama en 2008 mencionó su intención de desarrollar nuevas tecnologías para mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero. No lo hizo y Zimmerman, del Partido Demócrata, reprocha al mandatario que no buscara soluciones para la pérdida de empleos que ha provocado su plan de energía limpia.
“No es como cortar un árbol y plantar otro. Una vez que acabas con el carbón, se acabó”, advierte. Zimmerman está colaborando con políticos de otras zonas tratando de invertir en formación para los antiguos mineros y quiere traer nuevas fábricas al condado de Greene.
Puestos a soñar, fantasea con ver a Google y Microsoft en su tierra. “Sé que a ellos les gusta la ciudad, pero pueden ir a Pittsburgh, allí tienen conciertos y restaurantes y pueden instalarse aquí. Eso es tranquilo. Y los mineros no son una caja de piedras, son inventores, la gente más inteligente que he conocido”.
Detrás de la oficina de Zimmerman se amontonan las casas descascarilladas con reparaciones que eran para ayer y quedaron para mañana. Las malas yerbas tratan de conquistar fábricas cerradas y aplastar el brillo de una maquinaria que puso en marcha la revolución industrial de Estados Unidos.
En una tierra de sueños sin cumplir, Trump ha prometido a los olvidados de Estados Unidos que les devolverá lo que les corresponde por derecho, sea lo que fuere: respeto, trabajos o protección. EFE/Reportajes

 
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