REPORTAJE: Chaoshan, donde la Ruta de la Seda se hizo a la mar

La región de Chaoshan, al suroeste de China, fue uno de los principales puertos de partida de la Ruta de la Seda Marítima. En la actualidad sus pobladores reivindican su importancia histórica y la identidad única de aquellos chinos que se lanzaron al mundo a bordo de juncos.
 Calle Taiping, en Chaozhou. Foto:Antonio Broto Calle Taiping, en Chaozhou. Foto:Antonio Broto

Antonio Broto
– Chaozhou, con unos 2,5 millones de habitantes (la mitad que la vecina Shantou) es una ciudad con un centro histórico de gran belleza, con cientos de fachadas porticadas, edificadas a lo largo de los siglos XIX y XX, tan desconocido por los mismos chinos que no son de allí como sorprendente para el visitante.

– El distrito septentrional de Chenghai, en la urbe de Shantou, concentra la producción del 35 por ciento de los juguetes que se venden en el mundo y sus calles son un paraíso para un niño, ya que las jugueterías son el negocio que domina, casi monopoliza, su casco urbano.

– El que dicen es el hombre más rico de Asia Oriental, el magnate inmobiliario hongkonés Li Ka-shing, nació en Chaozhou, y su nombre y fotos están por todas partes, recordando las donaciones que ha hecho en proyectos educativos, empresariales o sociales a la tierra de sus ancestros.
Durante siglos, China comerció con el mundo exterior a través de la Ruta de la Seda, esos caminos que a través de Asia Central movieron productos, dinero, ideas y religiones entre Occidente y Oriente. Pero lejos de allí, en las costas del sur de China, también acabaría naciendo una Ruta de la Seda que por el mar llegaría al sureste Asiático, el subcontinente indio, África y algunos dicen incluso que América.
La región de Chaoshan, en el este de la provincia de Cantón, con una cultura muy particular y muy diferente a la de otras partes de China, fue uno de los principales puertos de partida de aquella Ruta de la Seda Marítima. Y hoy en día es también una de las zonas del gigante asiático que reivindica con mayor fuerza su importancia histórica y la identidad única de los chinos que se lanzaron al mundo no en camellos, sino a bordo de juncos.

ZONA POCO CONOCIDA

Chaoshan se encuentra en los límites de la provincia de Cantón con la vecina Fujian, lejos del delta del río Perla, que es el gran centro económico y cultural del sur de China. Una zona en las que se ubican Hong Kong, Macao, Shenzhen o la ciudad de Cantón, capital provincial.
La lejanía de esas grandes urbes hace de Chaoshan un lugar poco visitado por turistas, pero también da a sus habitantes gran personalidad e independencia.
Por ejemplo, en Chaoshan (nombre formado por las sílabas de sus ciudades más famosas, Chaozhou y Shantou) se habla uno de los dialectos más interesantes del chino, el teochew que, según los filólogos, es uno de los que más fielmente conserva la forma de hablar de los antiguos chinos.
Los chaoshaneses son además orgullosos cultivadores del que para ellos es el mejor té del país, conocido como el “té kung fu” (gongfu cha), y pasan largas horas tomándolo en sus tiendas, que se dediquen a lo que se dediquen suelen tener casi siempre una mesa tradicional para servir el té.
En Chaozhou y Shantou el tiempo parece detenerse cuando un tendero, tras hacer negocio con el cliente, le invita a tomar el té y lo sirve con una ritualidad que en otras zonas de China ya se ha olvidado.
Algunos atribuyen la pasión de los habitantes de la zona por tomar té al gusto por el ocio, el “dolce far niente”.
“Los habitantes de aquí tienen fama de ser un poco perezosos, porque recibían dinero de sus parientes trabajando en el extranjero y no necesitaban trabajar”, comenta una visitante de Chaozhou.
Pero para que existan habitantes locales perezosos, también ha tenido que haberlos muy trabajadores, como aquellos que, sobre todo desde el siglo XIX, emigraron al sureste asiático (Tailandia, Singapur, Malasia…) en esa misma Ruta de la Seda Marítima que sirvió antes para comerciar.
El que dicen es el hombre más rico de Asia Oriental, el magnate inmobiliario hongkonés Li Ka-shing, nació en Chaozhou, y su nombre y fotos están por todas partes, recordando las donaciones que ha hecho en proyectos educativos, empresariales o sociales a la tierra de sus ancestros.

LA BELLEZA DE CHAOZHOU

Chaozhou, con unos 2,5 millones de habitantes (la mitad que la vecina Shantou) es una ciudad con un centro histórico de gran belleza, tan desconocido por los mismos chinos que no son de allí como sorprendente para el visitante.
Su calle principal, Taiping Lu, es una larga arteria con cientos de fachadas porticadas, edificadas a lo largo de los siglos XIX y XX por los habitantes que hicieron fortuna en el extranjero.
Esas fachadas son muy típicas en todo el sur de China por influencia de la arquitectura colonial que importaron los emigrantes, pero también por la necesidad de edificar zonas comerciales protegidas de las frecuentes lluvias y tifones.
En las tiendas de la calle se venden los bordados típicos de la ciudad, el famoso té kung fu, o frutas y verduras marinadas, una de las especialidades culinarias de la ciudad.
Lo más llamativo de la calle, sin embargo, son sus 20 arcadas de estilo chino, construidas desde la dinastía Ming (aunque muchas de ellas son nuevas reconstrucciones), cada una con un diseño diferente y que se suceden con escasos metros de separación entre una y la siguiente.
Desde la calle Taiping, diminutas callejuelas con casas de té muy decoradas, mercados y otros rincones secretos llevan al río Han, que está separado del casco antiguo de la ciudad por una voluminosa muralla con media docena de espectaculares puertas coronadas por torreones fortificados, todos ellos con diferentes arquitecturas.
La muralla protegía a la ciudad de los piratas que en épocas antiguas asolaban las ciudades costeras del sur de China: hoy forma parte de un paseo fluvial, casi ya marítimo por la cercanía de la desembocadura, por el que los habitantes de la ciudad hacen taichi, se suman a la moda del “running”, o pasan la tarde conversando.
Este carácter monumental de Chaozhou se completa con un peculiar puente de piedra que, frente a una de las puertas principales de acceso a la ciudad antigua, cruza el río Han: es el puente Guanji, uno de los más famosos de China.
Su peculiaridad radica en que buena parte del día aparenta estar roto, pues le falta un considerable fragmento, pero eso es porque parte del puente está formado por una decena de barcazas que sólo se colocan a modo de pasarela en determinadas horas del día, para así permitir la navegación, y en el pasado servía para proteger a la ciudad de los piratas.
Chaozhou es célebre también por sus ricas tradiciones artesanales, desde la porcelana, los espectaculares cuadros hechos con paja, la talla en madera o los bordados.
En Famory, una empresa textil de la ciudad especializada en trajes de novia, puede verse cómo mujeres de avanzada edad, que llevan 30 o 40 años bordando -es un trabajo exclusivo de mujeres porque necesita manos pequeñas, dicen los entendidos- trabajan sin descanso, doblando su cabeza hasta situarla a escasos centímetros del bastidor, para bordar dragones y aves fénix en los rojos vestidos de boda chinos.
“Ya no es fácil mantener la tradición”, comenta Li Keng, encargada de ventas de Famory, quien agrega a Efe: “las jóvenes prefieren trabajar en oficinas, este trabajo requiere muchísima paciencia”, y asegura que la delicadeza y finura de los bordados de Chaozhou “nunca podrá ser igualada por una máquina”.

SHANTOU, CAPITAL MUNDIAL DEL JUGUETE

A una hora de carretera de Chaozhou se encuentra Shantou, la mayor ciudad de esta parte de la provincia de Cantón, también con una gran historia, aunque no ha sabido preservar sus monumentos y sus calles más antiguas de la misma forma que hizo su hermana pequeña.
Shantou fue una de las concesiones comerciales que China tuvo que ceder a Occidente tras las guerras del opio, por lo que en ella se erigieron muchos edificios de aire colonial, aunque apenas se conserva nada de ellos, quizá la excepción es su catedral de aires anglosajones.
Tal vez para compensar esto, Shantou cuenta con un importante tesoro histórico, como es un museo que rinde homenaje a los chinos de la región de Chaoshan que emigraron en el siglo XIX y XX a otras latitudes, especialmente en el sureste asiático, para trabajar como sastres, barberos, mercaderes o peones.
En Tailandia o Camboya, los chaoshaneses son la comunidad china más numerosa, y el dialecto teochew aún es hablado por ellos.
Para recordar a esas gentes y su papel clave en el desarrollo económico y mercantil del sur de China, un pequeño museo muestra las cartas que los emigrantes mandaban a los parientes que se habían quedado en China, en las que además enviaban dinero.
“Los habitantes de los pueblos, en respuesta, les mandaban medicinas y comida”, cuenta una de las guías del museo, que alberga 120 cartas originales de estos emigrantes y forma parte de la colección de archivos “Memoria del Mundo” patrocinados por la UNESCO.
“En las cartas no se podía exagerar la pobreza de la familia para pedir más dinero a los que trabajaban fuera, ni decir palabrotas, ni insultar a China”, relata la guía, mientras muestra sobres y misivas de épocas en las que aún no existían servicios de correos modernos ni servicios de envío de remesas.
Años en los que los chinos, ayudados por los países que les acogieron, montaron empresas familiares muy desarrolladas para que los emigrantes pudieran seguir en contacto con sus familias y ayudarlas económicamente.
El museo, donde también se pueden ver las cestas que los emigrantes llevaban como maletas, o algunas de las fotos que se hicieron en sus viajes, muestra, desde cartas que iban acompañadas con el envío de auténticas fortunas de millones de yuanes, a otras de personas humildes que sólo podían enviar uno o dos yuanes a sus familias.
Las empresas para el contacto entre emigrantes y familias, iniciadas en las primeras décadas del siglo XIX y llamadas “qiaopi” por los chinos, continuaron hasta bien entrado el siglo XX, resistieron sorprendentemente el maoísmo y la Revolución Cultural, y sólo fueron abolidas en los 70 del pasado siglo, cuando se ordenó a todas estas empresas su fusión con el estatal Banco de China.
Shantou mira, sin embargo, más a su futuro que a ese pasado de emigrantes, y hoy es, entre otras cosas, la capital mundial del juguete.
Así, el distrito septentrional de Chenghai, en Shantou, concentra la producción del 35 por ciento de los juguetes que se venden en el mundo, y sus calles son un paraíso para un niño, ya que las jugueterías, obviamente, son el negocio que domina, casi monopoliza, su casco urbano.
No lejos de allí, en la costa, la ciudad prepara la construcción de una “ciudad inteligente”, donde se experimenten sistemas de ahorro energético y mayor sostenibilidad, en un proyecto para el que está colaborando con la ciudad española de Málaga.
“En 2009 la Comisión Nacional de Reforma y Desarrollo designó a Shantou como ciudad de pruebas para la colaboración con ciudades de Europa, y en septiembre de 2015 firmamos el acuerdo de construcción de una ciudad inteligente con la ciudad andaluza”, cuenta a Efe Liu Weihao, subdirector del proyecto. EFE/REPORTAJES

 

 

 

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