REPORTAJE: Baikonur, la gran puerta del espacio

Gran parte de los viajes espaciales empiezan en las estepas de Kazajistán, a 200 kilómetros al este del moribundo mar del Aral llamado Baikonur. Desde allí se puso en órbita el primer satélite artificial en 1957, el Sputnik, y también se lanzó el pasado marzo la última misión interplanetaria, el programa ruso-europeo ExoMars para buscar vida en Marte.
Imagen de la reproducción de un cohete espacial soviéticos en el cosmódromo de Baikonur en Kazajistán.Foto: Javier Albisu. EFEImagen de la reproducción de un cohete espacial soviéticos en el cosmódromo de Baikonur en Kazajistán.Foto: Javier Albisu. EFE

Javier Albisu

– En solo dos años y en un terreno estéril, el ingeniero Serguéi Koroliov, padre de la aeronáutica cósmica rusa, erigió un vasto complejo desde el que Moscú pilotó el exitoso programa espacial soviético.

– Ahora, más allá de los satélites militares y de telecomunicaciones, la exploración espacial se basa, en buena medida, en la cooperación científica entre diferentes potencias.

– Dentro de dos años, si no hay reajustes en el programa, partirá hacia Marte ExoMars 2018, que depositará en la superficie un sofisticado “rover” con ruedas con el objetivo de localizar un punto idóneo para desenfundar un taladro y excavar dos metros por debajo de la superficie, una profundidad nunca alcanzada hasta ahora.

 

En esas llanuras yermas de Kazakistan, donde las temperaturas caen por debajo de los 20 grados centígrados en invierno y superan los 45 en verano, la Unión Soviética instaló en 1955 el cosmódromo de Baikonur, el centro de lanzamiento de cohetes más grande, antiguo y activo del mundo.
En solo dos años y en un terreno estéril donde apenas crecen las matas, el ingeniero Serguéi Koroliov, padre de la aeronáutica cósmica rusa, erigió un vasto complejo desde el que Moscú pilotó el exitoso programa espacial soviético.

 
BAIKONUR, GLORIA ESPACIAL SOVIÉTICA.

Al calor del cosmódromo nació y creció una ciudad, Leninski, en la que llegaron a residir 140.000 personas, aunque actualmente, y rebautizada como Baikonur, su población se ha reducido a la mitad.
Salpicado de monumentos que celebran la gloria espacial soviética y de edificios uniformes y desvencijados dispuestos en anchas avenidas, el municipio es una extensa localidad anclada en el tiempo que sigue bebiendo de las ansias espaciales rusas.
Estatuas de Lenin, reproducciones de cohetes soviéticos por todas partes y un sinfín de referencias cósmicas gravitan en torno a la figura central del orgullo espacial ruso: Yuri Gagarin, el primer ser humano en abandonar la Tierra en un histórico viaje que el 12 de abril de 1961, a bordo de una nave Vostok que le convirtió en la persona más famosa del mundo.
Pero, desde aquel histórico vuelo de 108 minutos que partió de Baikonur, han pasado ya 55 años y mucho ha cambiado en el panorama aeroespacial: el ingeniero Koroliov murió en un quirófano en 1967, Gagarin al estrellarse pilotando un caza en 1968, los estadounidenses llegaron a la Luna en 1969 y los rusos abortaron su misión tripulada al satélite de la Tierra.
La Unión Soviética colapsó en 1991 y el costoso programa espacial ruso y el estadounidense redujeron drásticamente sus presupuestos, pues la carrera espacial funcionó como un poderoso instrumento de propaganda durante la Guerra Fría pero, terminada la rivalidad entre comunistas y capitalistas, perdió parte de su sentido.

 

“EL ESPACIO ES UNIFICADOR”.

Ahora, más allá de los satélites militares y de telecomunicaciones, la exploración espacial se basa, en buena medida, en la cooperación científica entre diferentes potencias.
Basta con echar un vistazo a la Estación Espacial Internacional (EEI) y ver que sus módulos tienen pegadas en las paredes banderas europeas, japonesas, estadounidenses, rusas… .
“El espacio es unificador”, resume el presidente de la Agencia Espacial Italiana, Roberto Battiston quien destaca que, a pesar de las tensiones de los últimos años entre Rusia y la Unión Europea a propósito del devenir político de Ucrania, la Agencia Espacial Europea (ESA) y la rusa Roscosmos han seguido adelante con el programa conjunto ExoMars.
Battiston charla con un pequeño grupo de periodistas en el Centro de Control de Operaciones Espaciales de Rusia en Koroliov, un suburbio moscovita que rinde tributo al ingeniero que revolucionó los motores cohéticos y, desde donde se anunció el éxito de las primeras horas de vuelo de ExoMars 2016, que llegará a Marte el próximo octubre.
Esa misión, que el pasado 14 de marzo partió a bordo de un cohete ruso Protón-M desde el cosmódromo de Baikonour (los rusos llaman cosmonautas a sus héroes espaciales) sintetiza la necesaria colaboración que actualmente se impone entre las potencias con aspiraciones más allá de la atmósfera terrestre.
Los rusos gestionaron el lanzamiento de ExoMars 2016, igual que harán con la segunda parte del programa en 2018, y han diseñado junto con los europeos parte de los instrumentos científicos de la nave, que consta de un orbitador (TGO) que analizará la atmósfera marciana en busca de metano (quizá de origen biológico) y de un módulo de aterrizaje, Schiaparelli.

 

TRAS EL PLANETA ROJO.

La sonda Mars Reconnaissance Orbiter de la NASA estadounidense, por su parte, dará cobertura a las telecomunicaciones de la nave. Una aportación modesta, pero reveladora.
Esa colaboración a tres bandas, que el director general de la ESA, Jan Woerner, califica incluso de “amistad”, ha hecho que la exploración del planeta rojo sea casi una misión conjunta de la humanidad, en gran parte porque resulta demasiado caro buscar vecinos en el sistema solar en solitario.
Dentro de dos años, si no hay reajustes en el programa, partirá hacia Marte ExoMars 2018, que depositará en la superficie un sofisticado “rover” con ruedas con el objetivo de localizar un punto idóneo para desenfundar un taladro y excavar dos metros por debajo de la superficie, una profundidad nunca alcanzada hasta ahora.
La nave despegará también de los páramos desiertos de Baikonur, un enclave que en su día fue uno de los lugares más secretos del planeta.
Para despistar a los estadounidenses, los soviéticos le dieron el nombre de un pequeño poblado minero kazajo situado a centenares de kilómetros de distancia de donde despegan los cohetes. Y, para complicar más aún su ardid, en el falso centro de lanzamiento levantaron rampas de lanzamiento de madera, aunque los aviones espía estadounidenses no tardaron en desvelar la estratagema soviética.
Sin embargo, el mastodóntico complejo tecnológico de Baikonur -con sus 500 kilómetros de vías férreas, dos aeropuertos, una planta eléctrica autónoma y 8 rampas de lanzamiento- puede tener sus días contados.
Moscú, que alquila a Kazajistán el territorio desde donde despegan sus naves espaciales a razón de 115 millones de dólares al año hasta 2050, ultima la construcción de un nuevo centro de lanzamiento en la también inhóspita estepa siberiana y cerca de la frontera con China, pero en suelo ruso: Vostochny.
HACIENDO CAJA.

Este mes de abril, desde allí despegará el primer cohete de esa nueva etapa espacial. Y a inicios de la próxima década arrancarán las misiones tripuladas desde esa nueva ubicación. “No tenemos miedo. Sabemos que algún día esto desaparecerá, pero no sabemos cuándo”, explica a EFE la subdirectora del museo de la ciudad de Baikonur, Galina Milkhova.
La señora, que se defiende con un sonriente “quizá” de cualquier pregunta que ponga en duda las robustas versiones oficiales, explica que “Rusia tiene un programa para reubicar en otros lugares a sus nacionales de Baikonur”.
“No sabemos qué planes tiene Kazajistán para este lugar”, agrega lacónicamente sobre el 60 por ciento de la población de la ciudad.
En cualquier caso, aunque el cosmódromo de Baikonur reduzca su frenética actividad, no parece que vaya a extinguirse antes de 2050.
Para entonces, si no se incumplen las generosas promesas espaciales de unas y otras agencias espaciales, el hombre habrá pisado Marte y se abrirá un nuevo siglo de exploración cósmica.
Mientras tanto, los habitantes de esa inclemente localidad espacial -que viven exclusivamente de la actividad del cosmódromo y de gestionar la infraestructura de la ciudad- pueden confiar en el suministro de rublos de su manantial cósmico particular.
Como solo Rusia y China tienen actualmente capacidad para llevar seres humanos al espacio, Moscú hace caja embarcando en sus naves a viajeros cósmicos de la ESA, de la NASA, e incluso a turistas multimillonarios.
Así que, por ahora, los vecinos de Baikonur seguirán viendo los venerables cohetes Soyuz, con nuevos astronautas rusos, estadounidenses y europeos, surcar el mismo cielo plomizo que el siglo pasado franquearon la perrita Laika, Gagarin y Valemtina Tereshkova.
“El espacio es nuestro lugar”, reza uno de los contundentes eslóganes de la industria espacial rusa, a pesar de los recortes que ha sufrido la agencia Roscosmos por culpa de la mala situación económica de Rusia. EFE/REPORTAJES

 

 

 

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