Puigdemont y Junqueras, las dos caras de la estrategia independentista

La última vez que se les vio juntos fue el 27 de septiembre del 2017. Estaban en lo alto de la escalinata del Parlamento catalán y acababan de declarar la independencia de Cataluña. Al cabo de pocas horas, el entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, cruzó la frontera española en dirección Bruselas, mientras que su vicepresidente, Oriol Junqueras, se quedó en Cataluña.
Imagen del expresidente catalán Puigdemont en un vídeo en el que ofrece un discurso a jóvenes seguidores del partido Nueva Alianza Flamenca (N-VA) Imagen del expresidente catalán Puigdemont en un vídeo en el que ofrece un discurso a jóvenes seguidores del partido Nueva Alianza Flamenca (N-VA) en Lovaina, Bélgica, el 30 de enero de 2018. EFE/Archivo/

 

Marta Vergoñós 

 

En paralelo, el Gobierno aplicó el artículo 155 de la Constitución, se convocaron elecciones y empezó la causa general contra los líderes independentistas por la celebración del referéndum ilegal del 1 de octubre y la posterior declaración de independencia.
A partir de ese momento empezó el distanciamiento explícito entre ambos líderes, que actualmente encarnan dos visiones distintas sobre cuál debe ser la estrategia del independentismo. Para entender por qué una de estas visiones no se impone sobre la otra hay que tener en cuenta los antecedentes. Carles Puigdemont procede de la esfera de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), la formación nacionalista de centro-derecha que gobernó en Cataluña durante tres décadas defendiendo postulados soberanistas pero no independentistas. Oriol Junqueras, por su parte, es el líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), una longeva formación netamente independentista y de izquierdas.
Ambos espacios habían sido siempre rivales, pero cuando empezó el proceso independentista y los convergentes viraron hacia postulados secesionistas unieron sus fuerzas. El punto álgido de esa unión fue la coalición de Junts pel Sí (JxSí), con la que gobernaron entre 2015 y 2017. 
En los siguientes comicios se presentaron por separado: ERC con sus siglas de siempre y su líder ya en prisión preventiva, y el espacio posconvergente bajo la plataforma Junts per Catalunya (JxCat), que había promovido Puigdemont desde Bruselas. El resultado fue prácticamente idéntico para ambos: 34 diputados para JxCat y 32 para ERC.
Como sus respectivos líderes estaban en Bruselas y en la cárcel, los dos partidos formaron un Gobierno conjunto con Quim Torra (JxCat) de presidente y Pere Aragonès (ERC) de vicepresidente. A partir de aquí, sin embargo, se empezaron a evidenciar las discrepancias sobre la estrategia a seguir.
El expresidente Puigdemont y su círculo más cercano de JxCat apuestan por mantener la tensión y aseguran que no descartan la vía unilateral. El suyo es un plan de máximos, aunque solo se concreta en una dialéctica muy dura y una apuesta por pequeños gestos de desobediencia que, en la práctica, no tendrían ningún efecto que implique avanzar hacia una “república catalana”, aunque sí que acarrearían más consecuencias legales para sus promotores y, con ello, más conflicto.
Tampoco muestran predisposición a pactos con el Ejecutivo socialista de Pedro Sánchez para mejorar la autonomía de Cataluña, y sostienen que la mayoría parlamentaria actual -que no llega al 50 % de los votos- es suficiente para seguir adelante con la independencia que consideran “declarada pero no implementada”.
Por su parte, Oriol Junqueras y ERC han hecho un proceso de reflexión que les han llevado a una conclusión opuesta sobre este último punto: consideran que con menos de la mitad de los votos no existe una mayoría social suficiente para implementar la república y, por esto, defienden que hay que trabajar para “ensanchar la base social del independentismo”.
Entretanto, abogan por centrarse en la defensa de los derechos de los líderes soberanistas encausados por lo sucedido el pasado otoño en Cataluña, a la vez que se dan pasos para lograr un mayor autogobierno. Los republicanos sí que han mostrado predisposición a negociar y alcanzar acuerdos con el gobierno socialista de Madrid, y acostumbran a usar un tono y unas palabras menos duras que JxCat.
Estas diferencias de fondo han complicado la acción de gobierno desde un primer momento, pero JxCat y ERC se han conjurado para llegar unidos -aunque solo sea en apariencia- a la sentencia del macrojuicio que empezará el próximo enero contra los líderes del proceso independentista. En este lapso, las formaciones independentistas tendrán que tomar una decisión clave en la que se pueden evidenciar sus diferencias: ¿votar ‘sí’ o votar ‘no’ a los presupuestos de Pedro Sánchez? EFE