PSOE y Unidos Podemos, socios y sin embargo adversarios

El acuerdo presupuestario y los esfuerzos de Pablo Iglesias para llevarlo adelante son el mejor exponente del giro experimentado en la relación entre PSOE y Podemos, que, ya sea por convencimiento o por táctica, han arrinconado sus diferencias, insalvables no hace mucho tiempo.
El presidente Pedro Sánchez, durante su intervención ante el pleno del Congreso de los Diputados. EFE/ArchivoEl presidente Pedro Sánchez, durante su intervención ante el pleno del Congreso de los Diputados. EFE/Archivo

 

Carlos Moral

 

Con solo 85 diputados en sus filas, el futuro del Gobierno del socialista Pedro Sánchez pasa por encontrar apoyos externos y Unidos Podemos se ha convertido en su principal soporte. Primero en la moción de censura que llevó a Sánchez a La Moncloa y ahora en el pacto sobre las cuentas de 2019, el capítulo más importante para la continuidad del Ejecutivo.

La colaboración ofrece ventajas para los dos partidos: Podemos determina la política del Gobierno y lleva a la práctica algunas de sus propuestas y los socialistas ganan estabilidad para su Ejecutivo y credibilidad entre el electorado de izquierdas, el espacio en el que se han dejado más votos desde la irrupción de Podemos en 2014.

Con la mirada en próximos comicios, la cooperación puede ayudar a ambos a conjurar algunas de sus aparentes debilidades. En el caso de Podemos, combatir la imagen de partido de protesta y promotor de iniciativas irrealizables; en el del PSOE, la de traicionar su ideario tras el estallido de la crisis económica o con su abstención en la investidura de Mariano Rajoy en 2016.

El acercamiento también entraña riesgos: los socialistas se exponen a perder votantes por el flanco derecho de su electorado, el que se sitúa en el centro izquierda, que podrían ir a parar a Ciudadanos; y Podemos a hacer lo propio con sus votantes situados más a la izquierda.

La colaboración entre las dos fuerzas supone, en cualquier caso, un giro en su relación. Cuando nació, Podemos identificaba las políticas del PSOE con las del PP y los socialistas despreciaban las propuestas de Podemos por populistas, un desencuentro que se confirmó tras las elecciones de diciembre de 2015. Entonces, Sánchez buscó la investidura tras fraguar un acuerdo con Ciudadanos y Podemos votó en contra, junto al PP, cuando su abstención hubiera permitido a Sánchez sustituir a Mariano Rajoy.

De lo que no hay garantía es de que la colaboración entre socialistas y Podemos vaya a ser duradera, aún más con el incierto destino de la legislatura, que Pedro Sánchez pretende agotar pero que también podría acabar con una convocatoria de elecciones anticipadas, caso en el que unos y otros estarían interesados en marcar claras diferencias entre sí.

Con elecciones generales o no, los sucesivos comicios que se avecinan -andaluces, europeos, autonómicos y municipales- reabrirán la feroz competencia entre los dos partidos que se disputan la hegemonía de la izquierda. Un anticipo es la precampaña andaluza -los comicios se celebran el 2 de diciembre-, donde la socialista Susana Díaz, presidenta autonómica, prefiere como socio a Ciudadanos -con los que gobernó hasta el mes pasado- que a Podemos.

Pero los recelos entre socialistas y Podemos se extienden más allá de la confrontación electoral, como han puesto de relieve los movimientos de Pablo Iglesias para negociar con independentistas catalanes y nacionalistas vascos el apoyo a los presupuestos. Su visita a la cárcel de Lledoners para entrevistarse con el líder de ERC, Oriol Junqueras, fue censurada no solo desde PP y Ciudadanos sino también desde las filas socialistas.

La presidenta andaluza fue de las más críticas, al considerar que Iglesias “se representa solo a sí mismo” y que la entrevista con Junqueras era una “sobreactuación desmedida”. Sánchez se limitó a subrayar que “la negociación (de los presupuestos) en nombre del Gobierno la hace el Gobierno”, en respuesta a las interpretaciones de que el líder de Podemos hacía el “trabajo sucio” al Ejecutivo.

Podemos mantiene una postura notablemente distinta a la del PSOE en Cataluña: aunque está en contra de la independencia, es partidario de que los catalanes decidan su futuro en un referéndum de autodeterminación y votó en contra de la intervención de la autonomía mediante el artículo 155 de la Constitución. Esa posición le permite mantener una relación más fluida con los secesionistas.

Además de sobre Cataluña y la relación con los independentistas, terreno habitual de desencuentro entre socialistas y Podemos, el partido que dirige Pablo Iglesias ha querido marcar distancia en otros asuntos, entre ellos la venta de armas a Arabia Saudí o las responsabilidades políticas que debían asumir miembros del Gobierno, como en el caso de Dolores Delgado tras la difusión de audios de una comida a la que la ministra de Justicia asistió junto al excomisario José Manuel Villarejo. EFE 

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Publicado en: Análisis