El PSOE no quiere elecciones pero evita hablar de abstención

Los dirigentes que han tomado el control del PSOE evitan pronunciarse directamente sobre la investidura y remiten al próximo Comité Federal: todos en el PSOE son conscientes del coste que puede acarrear para el partido un sí a Rajoy y la cuestión es dilucidar si es mayor que el de unas terceras elecciones.
El presidente de la gestora del PSOE y presidente del Principado de Asturias, Javier Fernández. EFE/Archivo/Alberto MoranteEl presidente de la gestora del PSOE y presidente del Principado de Asturias, Javier Fernández. EFE/Archivo/Alberto Morante

Carlos Moral

Aunque la atención se concentra sobre su decisión respecto a la investidura de Mariano Rajoy, tras la tormentosa batalla librada en el Comité Federal del pasado sábado, el PSOE inicia una etapa en la que deberá afrontar un profundo debate sobre su proyecto y liderazgo, en el que el primer reto será superar la división.

La encargada de poner en marcha el proceso es la gestora elegida en el Comité Federal, dominada por los que se oponían al secretario general, Pedro Sánchez, y presidida por Javier Fernández, figura respetada en el partido y presidente asturiano -uno de los siete presidentes regionales del PSOE-, que gobierna con el apoyo de IU.

Los dirigentes que ahora controlan la gestora consideran imposible un Gobierno alternativo al del PP, contemplan con vértigo la posibilidad de unas terceras elecciones, subrayan que “primero está España y después el PSOE” e indican, en palabras de Fernández, que “una abstención (en la investidura de Rajoy) no es lo mismo que un apoyo”.

Pese a ser crucial y con alto valor estratégico, el asunto de la investidura no es el más importante de los que tiene por delante la gestora: el primero será restablecer la unidad del partido después del cisma sufrido y el segundo la convocatoria de un congreso federal y la elección de un nuevo líder.

La gestora esperará a que haya gobierno para convocar el congreso, en línea con lo decidido por el partido tras las elecciones del pasado mes de diciembre, cuando acordó posponer el cónclave que debía haberse celebrado en febrero. De esta forma, dispondrá de tiempo para “coser” los destrozos y los pretendientes a la secretaría general podrán preparar sus proyectos.

Que se dilaten los plazos del congreso y la elección del secretario general -en primarias- no favorecería a Pedro Sánchez si al final decide presentarse, porque el tiempo podría diluir el apoyo con el que parece contar ahora entre la militancia.

Sin embargo, el calendario político se interpone en la gestión de la crisis socialista. Si hubiera nuevos comicios -18 de diciembre-, el PSOE se vería obligado a elegir candidato con urgencia y, por tanto, a convocar primarias de forma inmediata. Para el sector que ahora dirige el partido ello tendría dos riesgos: por un lado Sánchez podría resultar elegido y por otro, un candidato nuevo se enfrentaría a una probable debacle electoral que le dejaría “tocado” para el futuro.

Una opción alternativa sería situar como aspirante a La Moncloa a una personalidad independiente nombrada directamente por la gestora, al estilo de lo que Pedro Sánchez hizo con Ángel Gabilondo en las autonómicas madrileñas tras fulminar a Tomás Gómez.

Como tarea sustancial y pendiente para el congreso federal queda la definición de un nuevo proyecto político. No es la primera vez que el PSOE encara su renovación desde que perdió el poder en 2011, con cambio de líder incluido- Alfredo Pérez Rubalcaba (2012), Pedro Sánchez (2014)-.

Pero hasta ahora no ha logrado encontrar la fórmula para salvaguardar su espacio electoral, acosado desde la izquierda y la derecha por dos fuerzas emergentes, Podemos y Ciudadanos, que han crecido a sus expensas y a las que se enfrenta sin una receta clara.

Los problemas no parecen sólo coyunturales o de liderazgo, porque como apunta Ignacio Urquizu, profesor de Sociología y diputado socialista por Jaén, el partido no deja de perder apoyos entre los sectores sociales más dinámicos -ciudades y clases medias-, quedando reducida su fortaleza a las zonas rurales y a la población con menos estudios, lo que parece indicar una crisis de modelo más profunda.

La solución socialista al debate federal, a menudo fuente de discrepancia entre barones regionales, tampoco parece funcionar, al menos en el terreno electoral, porque los resultados que obtiene el PSOE en comunidades como Cataluña o el País Vasco, antaño decisivos en sus victorias electorales, son los peores de su historia.

Durante las últimas décadas el PSOE apareció como garante de la estabilidad y presumió de ser “el partido que más se parece a España” pero desde que estalló la crisis económica en 2008 ha perdido la sintonía con amplios sectores sociales que antes estaban a su lado y no encuentra las propuestas ilusionantes que necesitaría para recuperarla.

Por el momento, el primer desafío para los socialistas será recuperar su identidad, muy dañada tras los últimos acontecimientos.