Proteger los derechos humanos en una Europa en crisis

Más de siete décadas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, los valores sobre los que se reconstruyó Europa -democracia, estado de derecho y derechos humanos- necesitan hoy más protección que nunca. Nuestras libertades y la seguridad democrática del continente están en juego.
directora del instituto para la formación en DDHH del Consejo de Europadirectora del instituto para la formación en DDHH del Consejo de Europa

Eva Pastrana, directora del Programa HELP (Formación en derechos humanos para juristas) del Consejo de Europa

 

Tras ciclos de progreso, el deterioro de los últimos años es obvio. La crisis económica de 2008, la constante intromisión en nuestra vida privada por empresas que explotan nuestro rastro virtual, las diferencias salariales de las mujeres, la violencia doméstica, las dificultades diarias de las personas con discapacidad o la lentitud de la justicia muestran que los derechos humanos nos atañen a todas y a todos.

A nivel europeo, los fantasmas del racismo y la xenofobia, que debiéramos relegar al pasado, campan alentados por populismos nacionalistas y políticos irresponsables que explotan el discurso del miedo y del odio a ‘los otros’ para aplacar su sed de poder o intereses económicos propios o de allegados.

El “brexit” es una de las representaciones más insólitas de esta tendencia y Hungría una de las más recientes, con Orban renovando su mandato en 2018 enhebrado de discurso anti-migratorio y nacionalista.

Entre esos ‘otros’ han cobrado especial protagonismo quienes huyen de la persecución, las guerras o el hambre y buscan en Europa un futuro mejor.

En 2017, más de 200.000 refugiados y migrantes llegaron irregularmente a la UE. Los 22.000 que entraron en España representan menos de una quinta parte de quienes lograron acceder a Italia y la mitad de los que recibió Grecia.

Y, si bien las llegadas se moderan comparadas con las de años previos -cuando la intensidad del conflicto sirio y la foto del pequeño Aylan sin vida nos revolvieron las entrañas- el Mediterráneo sigue siendo una de las rutas más usadas y más peligrosas. Sólo en el primer trimestre de 2018, se detectó un aumento de quienes intentan cruzar a España en pateras, vivos o muertos. Más de 3.000 personas, con una de cada cien muriendo en el intento. Naciones Unidas triplica los muertos.

Lo que no debemos olvidar es que detrás de cada número se esconde una historia, siempre trágica. Mientras que algunos países muestran esfuerzos extraordinarios, como Grecia, Alemania o Turquía, otros gobiernos buscan artimañas para eludir la solidaridad europea que debería prevalecer al tratar asuntos de envergadura global.

Sin ayuda – por carpetazo político o por falta de medios- los y las migrantes más vulnerables, particularmente menores no acompañados, quedan condenados a la miseria, la prostitución o la criminalidad para poder sobrevivir.

Según el Grupo de Acción contra el Tráfico de Seres Humanos del Consejo de Europa (GRETA), han surgido nuevas formas de esclavitud. En un informe de 2018, denuncia la explotación laboral de inmigrantes, que supera a la sexual en muchos países europeos.

Aunque las víctimas suelen ser hombres, sobre todo en la construcción, agricultura o pesca, las mujeres lo padecen en trabajos domésticos o de cuidado. Los niños son obligados a mendigar o a cometer delitos. Y mientras, el encarcelamiento de los culpables se dificulta por la reticencia de las víctimas a denunciar, por miedo a represalias o a ser extraditadas.

Otro capítulo es el de la minoría más mayoritaria en Europa, la gitana, que, pese a varios programas de apoyo, vive marginalizada y afronta riesgos de pobreza casi cinco veces superiores a la media europea del 17 %. En España, por ejemplo, más del 80 % de las gitanas entre 16 y 24 años (o el 74 % de varones) son “ni-nis” (ni estudian ni trabajan).

Sin embargo, Europa sigue siendo una de las regiones más ricas y libres del mundo, con valores, voces e instituciones imprescindibles que contribuyen a navegar en la buena dirección hasta en los periodos más difíciles.

En este contexto, instituciones claves como el Consejo de Europa, creado en 1949 con el objetivo de ‘nunca más’ repetir los horrores de la guerra (España es miembro desde 1977), son hoy más necesarias que nunca.

Como mayor autoridad y guardián de los valores democráticos del continente, protege a 830 millones de personas en 47 naciones europeas, incluidas las 27 de la UE, Rusia, Turquía, Ucrania o los países de los Balcanes y el Cáucaso. Hay una notable excepción, Bielorrusia, ya que aún en el siglo XXI aplica la pena de muerte. Ser miembro del Consejo de Europa es el primer requisito para acceder a la UE.

En la práctica, ser la consciencia de Europa no es fácil cuando ningún país es intachable. El impacto reside en la manera -efectiva o no- en que los gobiernos y autoridades aplican la crítica y las recomendaciones de los órganos de control del Consejo de Europa, ya sea los que monitorean cárceles o psiquiátricos, la corrupción, la trata de personas, la violencia contra las mujeres, la eficacia de la justicia o el Estado de Derecho, entre otros ámbitos.

Uno de sus órganos más activos es el Tribunal de Derechos Humanos, al que miles de personas acuden como último recurso en búsqueda de justicia. En 2017, el Tribunal tuvo que revisar más de 85.000 demandas y, víctima de su propio éxito, cuenta con un atasco de más de 50.000 pendientes.

Ante ello, hace más de una década, el Consejo de Europa decidió mejorar la protección de los derechos humanos a nivel nacional, y se dotó de su emblemático Programa de Formación Judicial “HELP” (por sus siglas en ingles) que organiza y ofrece cursos online gratuitos en su portal (www.coe.int/HELP) para profesionales del derecho en varios ámbitos: anti-discriminación, protección de datos, derechos laborales, discurso de odio, asilo, prohibición de la tortura, cooperación internacional en asuntos criminales, justicia de menores, violencia contra las mujeres, justicia transicional o derecho de la propiedad.

No obstante, educar en derechos humanos y valores democráticos es algo que debiera empezar desde la más temprana edad y acompañarnos durante toda la vida. Más allá de los titulares de cada día, todos tenemos la responsabilidad de detectar y corregir injusticias cercanas.

Parafraseando a Eleonor Roosevelt, “Después de todo, ¿dónde comienzan los derechos humanos universales? En lugares minúsculos, muy cerca de casa: el vecindario, la escuela, la universidad, la fábrica, la granja o la oficina.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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