El primer año de Trump, el gran disruptor

El primer año de un presidente en el ciclo político estadounidense suele estar dominado por la retórica de la campaña, los experimentos, la ambición y el aprendizaje.
Felipe Sahagún, doctor en Periodismo y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)Felipe Sahagún, doctor en Periodismo y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)

Felipe Sahagún, doctor en Periodismo y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)

 

Es el rodaje iniciático para ocupar el poder ejecutivo y ganarse a la burocracia que no cambia, descubrir las dos presidencias (fuerte en el exterior, débil en el interior), la sacrosanta separación de poderes, lo fácil que es destruir y lo difícil que resulta construir, adaptarse al sistema hidra de mil cabezas donde nada es definitivo, todo es revisable.

Donald Trump, obsesionado con ser presidente desde su adolescencia y, si es verdad lo que cuenta Michael Wolff en Fire and Fury, el primer sorprendido por su victoria, ha roto muchos esquemas.
“Ha renunciado América al liderazgo mundial”, titulaba Newsweek el 31 de diciembre. ¿Ha acelerado el descenso a un estado hobbesiano, como teme Ian Bremmer en su informe de riesgos globales para Eurasia Review?

Algunos de los historiadores de la presidencia más prestigiosos, entrevistados por el digital Politico, así lo creen, aunque, comparado con la Guerra Civil, 1877, 1919, 1968 o 1975 (Watergate y derrota en Vietnam), el primer año de Trump es manifiestamente empeorable.

Como señala, en el primer número de 2018 de Política Exterior, Jaime Ojeda, uno de los diplomáticos españoles que mejor conocen los EE.UU., en vez de aprovechar su triunfo para superar el rito iniciático con las menos bajas posibles, Trump declaró desde el primer día la guerra al sistema con un solo apoyo, fiel pero insuficiente para sacar adelante las reformas prometidas: el del 35-38 por ciento de los votantes que lo catapultaron a la Casa Blanca.
“Nunca en la historia de los Estados Unidos se han visto atacadas por el presidente y sus secuaces de manera tan sistemática y con gran habilidad demagógica las principales instituciones del país, el FBI, los servicios de información e inteligencia, la judicatura, los científicos, el sistema electoral y los medios de comunicación”, añade.

Nunca, tampoco, fueron tratados con tanto desprecio muchos de sus principales aliados ni con tanta complacencia algunos de los principales autócratas y adversarios, convirtiendo al principal motor del orden internacional desde la Segunda Guerra Mundial, como señala el presidente del Council on Foreign Relations, Richard Haass, en “su principal disruptor”.

Doce meses y más de dos mil tuits después de su juramento presidencial, la “América First” de su investidura se ha traducido en una sola ley importante (la reforma fiscal, que favorece sobre todo a las grandes empresas y a las grandes fortunas), el lanzamiento de 59 misiles contra una base aérea siria, la venta de armas por 47 millones de dólares a Ucrania, el reconocimiento oficial de Jerusalén como capital de Israel, el anuncio de retirada de la Unesco y del acuerdo de París sobre el cambio climático, la denuncia del acuerdo comercial Transpacífico (TPP), la congelación de las relaciones con Cuba, la aprobación del gasoducto Keystone XL con Canadá y la explotación del Ártico y de casi toda la plataforma continental, exceptuando Florida.

La asociación de libre comercio de Norteamérica (NAFTA) sigue en revisión, la expulsión masiva de inmigrantes ha sido frenada por los tribunales, el muro con México ha pasado al baúl de los malos recuerdos y el desmantelamiento de la joya de su predecesor, la reforma sanitaria de Obama, ha sido rechazada por el Congreso.

A pesar de su retórica, en las guerras medio olvidadas de la posguerra (Afganistán, Irak, Yemen, Libia, Siria, terrorismo yihadista, ciberataques) ha habido más continuidad que cambio, se ha anulado el plan de retirada de Afganistán, la OTAN ha dejado de ser una organización obsoleta, por primera vez la Rusia de Putin era acusada el 17 de enero de “ayudar a Corea del Norte a burlar las sanciones” y queda pendiente la guerra comercial con China.

Más sanciones es su única aportación práctica hasta ahora al conflicto heredado con Corea del Norte, aunque sus amenazas y las de sus asesores militares con el uso de la fuerza contra Pyongyang hayan ensombrecido 2017 y sean, a pesar de las negociaciones iniciadas entre las dos Coreas, la fuente principal de tensión en el nuevo año.

Tras el lanzamiento de más de quince misiles balísticos y la primera prueba de una bomba nuclear de hidrógeno en 2017, Corea del Norte está muy cerca de alcanzar la capacidad para atacar con armas nucleares cualquier punto del planeta y Trump ha reiterado que no lo permitirá.
NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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Publicado en: Firmas

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