Podemos: ¿el final de la transversalidad?

Cuando la noche del 25 de mayo de 2014 los españoles comprobaron con sorpresa que una fuerza política desconocida denominada Podemos iba a sentar a cinco diputados en el Parlamento europeo, el grado de conocimiento y la valoración de su líder, un hasta entonces desconocido profesor de segunda fila llamado Pablo Iglesias, comenzó a crecer a gran velocidad.
Los diputados Pablo Iglesias (d) e Íñigo Errejón (i), en una sesión de control al Ejecutivo, en 2016. EFE/Archivo/Sergio BarrenecheaLos diputados Pablo Iglesias (d) e Íñigo Errejón (i), en una sesión de control al Ejecutivo, en 2016. EFE/Archivo/Sergio Barrenechea

 

Manuel Mostaza

 

Así, si en la última encuesta que SIGMA DOS realizó para el diario El Mundo antes de aquellas elecciones el grado de conocimiento de Iglesias era bajo entre los electores (lo conocía un 42 % de la población, al mismo nivel que candidato de Vox en aquellas elecciones, Vidal Quadras), y su valoración estaba por debajo del 5, al nivel por ejemplo del candidato de Ciudadanos Javier Nart.

Los resultados y la buena gestión comunicativa que la formación hizo de los mismos hizo que su grado de conocimiento y valoración creciera con rapidez.

En aquellos momentos, el otoño y el invierno de 2014, Podemos insistía en presentarse como una fuerza transversal, que intentaba superar la ruptura clásica entre izquierda y derecha para dar forma a otras rupturas más novedosas, como los de arriba frente a los de abajo que le permitiera cosechar votos en los caladeros electorales más alejados de la izquierda.

Así, en apenas tres meses su nivel de conocimiento ascendió hasta más de un 88 % y su valoración fue creciendo entre los votantes, especialmente entre aquellos que se encontraban más cercanos de Izquierda Unida y del Partido Socialista.

Gracias a este crecimiento, a finales de noviembre de 2014 Pablo Iglesias era, con un 4,4, el político de ámbito nacional con mejor valoración entre los ciudadanos, por encima de Mariano Rajoy y de Pedro Sánchez, y con una distancia de más de medio punto sobre Albert Rivera.

Esta buena valoración se sustentaba en esa visión positiva que los votantes de izquierdas tenían del líder populista, un candidato que, además, obtenía mejor valoración entre los votantes del centro y la derecha que la que otorgaban los electores de la izquierda tanto a Albert Rivera como Mariano Rajoy.

Esta buena valoración de Pablo Iglesias entre el conjunto de los políticos fue matizándose con el paso de los meses. Los barómetros que realizan de manera periódica los diferentes institutos iban mostrando una caída sostenida de la imagen del político madrileño.

Así, en noviembre de 2015, poco antes de las elecciones generales, Iglesias aparecía, en la encuesta de El Mundo realizada también por SIGMA DOS, como el político de ámbito nacional peor valorado, y no porque el resto de políticos hubiera mejorado de manera sustancial, sino porque en apenas un año había pasado de un 4,4 de valoración a un 3,61.

Esta tendencia a una mala valoración se ha mantenido a lo largo del año 2016 y parece que no ha tocado fondo, ya que cerró el año con apenas un 3,37 en la encuesta con la que El Mundo abría el año 2017.

Este progresivo hundimiento de la valoración de Pablo Iglesias parece deberse a varios factores. Por un lado, su imagen se ha deteriorado entre los propios votantes de Podemos, que si antes de las últimas elecciones generales de junio del pasado año 2016 lo valoraban con un 6,52, a finales de año le rebajaban esa nota hasta un 6,01.

No en vano, de los tres partidos de ámbito nacional que han celebrado congreso hasta ahora, el de Podemos ha sido en el que la lista ganadora ha obtenido un menor margen de apoyo entre los militantes.

De la misma manera, ha ido empeorando de manera progresiva la imagen que el líder de Podemos tiene entre los votantes del resto de partidos, y esto es especialmente claro entre los votantes del PSOE y entre aquellos votantes de Izquierda Unida que no estaban a favor de la convergencia de su formación con la fuerza morada.

Los votantes del Partido Socialista han pasado en poco más de un año de valorarlo por encima del aprobado (un 5,44 en noviembre de 2015) a suspenderlo con un 3,37; una nota inferior, por cierto, a la que los votantes socialistas otorgan al propio Mariano Rajoy.

Finalmente, da la sensación de que el alejamiento que la formación ha experimentado de los ejes de confrontación nuevos (por ejemplo el de la casta frente a gente), y el realineamiento en el eje clásico de la izquierda frente a la derecha, erosiona entre una parte importante de los votantes la imagen que tienen de Podemos y de su líder.

En este sentido, el resultado del Congreso que Podemos ha celebrado el fin de semana del 11 de febrero (aniversario por cierto de la proclamación de la Iª República) en Madrid, en el que se ha confirmado el liderazgo de Iglesias así como las tesis defendidas por su sector, frente a la apertura hacia una mayor transversalidad que encarnaba Íñigo Errejón, no parecen presagiar, a corto plazo, un incremento ni de la popularidad de iglesias, ni de las opciones de voto de Podemos.

Con un partido al que los españoles siguen ubicando muy a la izquierda, y con un líder que no genera excesivas simpatías entre los votantes del centro izquierda, es complicado crecer electoramente, sobre todo si la situación económica se estabiliza y el Partido Socialista soluciona a medio plazo sus problemas internos de liderazgo. EFE

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Publicado en: Reportajes

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