Petrodólares al servicio de la geopolítica

Los países del Golfo utilizan los excedentes financieros producto de sus exportaciones de hidrocarburos para extender sus zonas de influencia político-religiosa y ganar terreno en la rivalidad con sus competidores.
Los ministros de Petróleo/Energía de Emiratos Árabes Unidos, Catar, Arabia Saudí,Baréin, Kuwait y Omán,tras la 32 reunión de ministros de PetrLos ministros de Petróleo/Energía de Emiratos Árabes Unidos, Catar, Arabia Saudí,Baréin, Kuwait y Omán,tras la 32 reunión de ministros de Petróleo del Consejo de Cooperación del Golfo en septiembre de 2013. EFE/Archivo/Str

Pedro Canales

Los tres polos de influencia religiosa islámica más importantes en estos momentos son Arabia Saudí, cuna del wahabismo y albergue de los recintos sagrados de La Meca; Catar, promotor del salafismo yihadista moderno; e Irán, sostén del chiismo beligerante en todo el Oriente Próximo.

Los tres países son además importantes exportadores de petróleo y gas, y utilizan sus enormes excedentes en divisas no sólo en el rearme interno, sino en afirmar su presencia geopolítica en el mundo. La disputa geopolítica entre Catar y Arabia Saudí se ha extendido recientemente al Magreb, donde ambos países pretenden acaparar el puesto de socio privilegiado por medio de un intervencionismo creciente.

Marruecos es un polo de disputa de ambos padrinos del islamismo radical: el emir de Catar inyectó mil doscientos millones de dólares en diciembre pasado en el país de Mohamed VI, mientras que Arabia Saudí y los Emiratos han prometido otros tres mil millones a la monarquía alauita.

La afluencia de los fondos soberanos de los países del Golfo no es casual, si se tiene en cuenta el papel moderador que juega Marruecos en la guerra que se libra en el seno del islamismo radical entre los partidarios de Al Qaida, los seguidores del salafismo wahabita y la cofradía mundial de los Hermanos Musulmanes.

En paralelo con su disputa por la influencia geopolítica, los países del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudí, Emiratos, Bahrein, Omán, Catar y Kuwait) han puesto a punto un fondo soberano de inversiones en Marruecos y en Jordania bautizado “Wessal Capital” con tres mil cuatrocientos millones de dólares, destinado a infraestructuras.

Otro de los países espejo de la rivalidad entre los padrinos islámicos es Egipto, donde tras el derrocamiento del presidente Mursi al que Catar ayudó con cinco mil millones de dólares, Arabia Saudí junto con los Emiratos y Kuwait, han prometido doce mil millones de dólares al régimen militar de Abdelfatah Sissi, de los que ya han inyectado ocho mil.

Catar, caja fuerte de la cofradía de los Hermanos Musulmanes, también se ha movilizado en apoyo a Túnez respaldando a sus protegidos de Enahda en el poder desde la caída del dictador Zine Ben Ali derribado por la “revolución del jazmín”.

El nuevo gobierno tunecino de Mehdi Jomaa, sin embargo, se ha visto obligado con la aquiescencia de Enahda a solicitar el apoyo de Arabia Saudí y los Emiratos para obtener las ayudas necesarias para cubrir el presupuesto de funcionamiento del país, carcomido por la mala gestión del Ejecutivo islamista anterior y el aumento de gastos en la lucha antiterrorista.

Irán, por su parte, dedica una parte importante de sus excedentes financieros a armar a los movimientios chiitas en Líbano y Palestina y a apoyar con armas y milicias al régimen de Bachar el Assad acosado por la oposición armada del Frente al Nosra catarí y del Ejército del Islam saudi.

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