Panamá libra su combate más importante en el cuadrilátero fiscal

Panamá, un país con una gran tradición pugilística, ha recibido en los últimos 30 días dos golpes directos que la han puesto contra las cuerdas y que atentan contra dos de los activos más sagrados de una nación: su moral y su bolsillo.
Vista general de la sede de la firma Mossack Fonseca en Ciudad de Panamá (Panamá). EFE/Archivo/Alejandro BolÌvar
Vista general de la sede de la firma Mossack Fonseca en Ciudad de Panamá (Panamá). EFE/Archivo/Alejandro BolÌvar

María M.Mur

Los denominados papeles de Panamá, la macrofiltración que ha desvelado las artimañas financieras que usan los poderosos del mundo para no pagar impuestos, han dejado la imagen del país en el exterior a la altura del betún y el ego de los panameños minado y vapuleado.

“Los mal llamados papeles de Panamá no son un problema de Panamá, son un problema del sistema financiero mundial”, repite como un mantra el presidente del país, Juan Carlos Varela, desde que el pasado 3 de abril el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) publicó la lista de clientes del bufete Mossack Fonseca, especializado en compañías “offshore”.

Aunque todavía es muy pronto para cuantificar el impacto en Panamá de este escándalo de alcance mundial, ya han aparecido las primeras consecuencias: la inclusión del país en la lista francesa de paraísos fiscales y el anuncio del Gobierno panameño de que revisará, con el rabo entre las piernas, sus prácticas financieras.

Pero la sangría lejos de acabarse ahí, se ha recrudecido en los últimos días. La semana pasada, Panamá volvía a las portadas de los medios de comunicación por un caso de blanqueo de capitales que involucra a una de las familias más poderosas del país, los Waked.

El Tesoro de Estados Unidos acusó al clan de gestionar una de las mayores redes de lavado de dinero del narcotráfico a través de un conglomerado empresarial que abarca 68 compañías radicadas en su gran mayoría en Panamá.

El señalamiento de los Waked (una suerte de virreyes en Panamá) no solo le ha dado argumentos a todos aquellos que piensan que el istmo es un coladero de dinero criminal, sino que ha despertado gran nerviosismo en los despachos políticos porque están en juego 6.000 puestos de trabajo en un país que no llega a los 4 millones de habitantes.

“Que quede claro que el éxito de Panamá se debe al trabajo arduo de su gente. Errores se cometen en todos los países (…), pero que quede claro que vamos a hacer lo que sea necesario para salir adelante”, afirmó el pasado lunes el presidente.

En la sociedad panameña (y en la clase política), predomina la idea de que ambos ataques están orquestados por una mano negra que tiene una finalidad muy clara: desestabilizar el sistema financiero de Panamá a golpe de escándalo y obligar al país a plegarse a los estándares de transparencia fiscal de los países desarrollados. EFE 

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