“El Pana”, la bohemia y el romanticismo del toreo mexicano

El torero mexicano Rodolfo Rodríguez 'El Pana', de 64 años, ha muerto después de 32 días de hospitalización, por las complicaciones de la tetraplejia ocasionada al ser embestido y lanzado por los aires por un toro en una corrida en la ciudad de Lerdo.
01.05.2016: El torero mexicano Rodolfo Rodríguez 'El Pana' lidia su primer toro de la tarde ' Xalapeño' de 507 kg. en la Plaza Monumental de San Mar01.05.2016: El torero mexicano Rodolfo Rodríguez "El Pana" lidia su primer toro de la tarde " Xalapeño" de 507 kg. en la Plaza Monumental de San Marcos de Aguascalientes (México). EFE/ Mario Guzmán

La muerte a los 64 años de Rodolfo Rodríguez, el Pana, ha dejado al toreo mexicano sin uno de sus más carismáticos, bohemios y extravagantes representantes, un personaje único, forjado en la escuela de la calle y que abusó de la mala vida hasta llegar a convertirse en ídolo por la singularidad de su toreo.

Rodolfo Rodríguez (Apizaco, México, 1952) encontró en la tauromaquia una vía de escape para huir de su vida cotidiana, en la que ejercía como panadero, de ahí su apodo, y enfrentarse a su propia cobardía, a sus miedos más recónditos, los cuales vencía al enfundarse un traje de luces, transformándose así en su “alter ego”, el alter ego al que él mismo se refería en tercera persona.

El Pana se convirtió en todo un revolucionario sin pretenderlo, un loco soñador que llegó a ser grande sin apenas llegar a nada, un hombre capaz de enamorar y de desesperar por igual gracias a ese halo de misterio y romanticismo que siempre envolvió al personaje.

El “Brujo de Apizaco”, sobrenombre con el que también se le conoció, fue también, en ocasiones, un incomprendido, un tipo peculiar que vivió durante años en el sótano de su fracaso, ahogado en el alcohol y en continuas idas y venidas a burdeles y lupanares, donde se refugiaba de tanta ruindad, y de sí mismo.
En el ruedo era capaz de lo mejor y de lo peor, de ahí la legión de partidarios que tuvo, ávidos cada tarde de encontrarse con el genio que, para bien o para mal, siempre fue.

Torero de misterioso e inigualable concepto, dotado de tintes añejos, que en ocasiones también llegaba a rozar la excentricidad más absoluta, algo que hizo que tuviera, asimismo, una muchedumbre de detractores.

El caso es que El Pana nunca dejó indiferente a nadie. Sus treinta y siete años de alternativa han estado plagados de continuos altibajos y de numerosas idas y venidas; pero se le quería mucho, sobre todo en la Plaza México, donde protagonizó una de sus mejores tardes de cuantas se le recuerdan.

Fue el 7 de enero de 2007, la corrida de su despedida de los ruedos mexicanos; pero fue tal el clamor del público ante las dos soberbias faenas que protagonizó (la segunda de ellas premiada con las dos orejas) que el Pana  fiel a su impredecible manera de ser y de actuar, decidió no cortarse la coleta y seguir en activo.  Ese mismo día protagonizó uno de los episodios más notorios de su carrera, cuando, al aprovechar los micrófonos de una televisión que retransmitía la corrida en directo, brindó la muerte de su último toro a todas las meretrices que le acompañaron en vida.

En España debutó en 2008 mano a mano con Morante de la Puebla en Vistalegre (Madrid), en el que fue el primero de los pocos festejos que llegó a torear en la madre patria del toreo: Cuenca, en 2013; Tarazona de la Mancha (Albacete) y Guadalajara, en 2014; y Antequera (Málaga), en 2015.

Era habitual verle los domingos de verano en Las Ventas. Su inconfundible semblante a la mexicana, con traje de charro, pañuelo al cuello y sombrero, hacía que no pasara desapercibido, igual que su inseparable puro en la boca, el mismo que le acompañaba en todos sus paseíllos. Inconfundible.

La tremenda cogida sufrida el pasado 1 de mayo en Ciudad Lerdo, de la quedó tetrapléjico, ha acabado finalmente con su vida, la de un loco soñador y genial. Efe

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