Por un nuevo relato para Cataluña

Ningún observador objetivo encontrará razones para considerar que la integración de Cataluña en España y en la Unión Europea supone desventajas para los catalanes. Cuesta creer que una evidencia tan sólida deba ser defendida en estos momentos críticos para nuestro futuro común, pero una serie de falsedades, tergiversaciones y un cúmulo de errores políticos en muchas direcciones nos han conducido a esta situación
El integrante de Sociedad Civil Catalana y presidente de la “Fundación Joan Boscà”, Josep Ramon Bosch. EFE/Juan Carlos HidalgoEl integrante de Sociedad Civil Catalana y presidente de la “Fundación Joan Boscà”, Josep Ramon Bosch. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Josep Ramón Bosch

Presidente de la “Fundación Joan Boscà”

Un nuevo relato de las relaciones entre Catalunya y el resto de España debe abrirse paso en los próximos meses para evidenciar que lo que algunos presentan como un freno o un obstáculo para Cataluña es, en realidad -y así lo ha sido desde hace siglos- una enorme ventaja. España se convirtió en los siglos XVIII y XIX en destino principal de los productos catalanes, y el comercio con América en una de las claves más relevantes del desarrollo económico de Cataluña durante esos siglos. Durante el siglo XX la integración de la economía catalana con la del conjunto de España no ha dejado de crecer y actualmente la economía catalana simplemente no se entiende fuera del contexto español y europeo.

Creo que los catalanes no tenemos una responsabilidad mayor que los madrileños, andaluces o castellanos; pero tampoco menor o diferente. Podría, de nuevo, parecer un tópico lo que digo, pero no es así. Es una realidad que, demasiado frecuentemente, la “diferencia” catalana ha sido asumida como una particularidad tanto desde Cataluña como desde el resto de España. La tarea que nos imponemos es que esta diferencia no sea vea vista como tal particularidad, sino como un elemento consustancial a la naturaleza plural de España.

La debacle que supondría para Cataluña aislarse de los mercados español y europeo tendría consecuencias dramáticas, tal como muestran los estudios existentes al respecto y tal como hemos podido constatar en estos meses de octubre y noviembre de 2017 con la huida de miles de empresas catalanas hacia otros lares de la Península ante la falta de garantías legales debidas al proceso separatista que impulsan unos políticos irresponsables.

Las conexiones existentes entre las empresas y centros de actividad económica catalanes y las del resto de España y Europa forman una red que no puede ser desanudada, sino que en caso de independencia simplemente se procedería a su corte. Además, con frecuencia se ha planteado la responsabilidad de Cataluña en el gobierno de España como una cuestión externa a la propia España, y creemos que gran parte de los problemas actuales derivan de ese planteamiento.

Sin embargo, hemos sido incapaces de generar lemas o motivos positivos y, en cambio, hay una idea generalizada de rechazo y menosprecio al concepto de España entre una parte importante de los catalanes, y de forma mayoritaria entre los catalanohablantes. Ya no es la crisis ni la corrupción, sino la incapacidad de generar ilusión hacia la idea de España. El mundo separatista ha sabido transmitir de forma artera el mensaje de que ellos son los demócratas, los no corruptos, los perseguidos y pacíficos. Ante la petición de democracia por parte de los separatistas (el oxímoron “Dret a decidir”) no hemos ganado la batalla del concepto “voluntad de decidir” de todos los españoles. Hemos centrado una gran parte de las acciones en amenazas jurídicas y se ha judicializado la política catalana de forma excesiva, de tal manera que la Fiscalía se percibe como el brazo armado de un gobierno enemigo del “poble català”.

La imputación de Artur Mas y otros mandatarios; la cárcel de una parte del Govern de la Generalitat, suspendido por la aplicación del artículo 155, y el exilio de la otra mitad; la agitación de las calles promovida desde los medios públicos; una propaganda masiva junto al dominio absoluto de las redes sociales por parte de agitadores independentistas, y una educación y cultura al servicio de la secesión están siendo demasiados frentes para un relato que entusiasme a esa masa importante de catalanes que hace tiempo abjuró de España.

En Catalunya todavía no hemos sido capaces de establecer una estrategia constitucionalista en común, más allá de las masivas movilizaciones organizadas por “Societat Civil Catalana”. Las próximas elecciones autonómicas del 21 de diciembre pueden ser la gran oportunidad para una victoria de las fuerzas no separatistas y el fin de la pesadilla nacionalista. La instauración de un gobierno no secesionista permitiría que Catalunya superase la conllevancia decimonónica y decidiese retomar la gobernanza.

Solamente de esta forma, Cataluña se convertirá en realmente plural, asumiendo que su españolidad, a veces rechazada, forma parte consustancial de su identidad. Y España descubrirá que lo que creía una diferencia es, en realidad, la imagen que le refleja el espejo.

Los catalanes necesitan sentir que España es también suya y para eso debemos elaborar un nuevo discurso que realce los valores de la catalanidad, hispanidad y el sentimiento europeo de forma equilibrada. Necesitamos también disponer de los medios necesarios para una educación libre y plural con especial énfasis en unos medios de Comunicación que no actúen como agentes del separatismo y del odio, sino como garantes de la unidad y la diversidad de la nación española.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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