Myanmar: un intento de interpretación histórica y cultural

Si el pasado es clave para comprender el presente, conocerlo es todavía más acuciante en el caso de Myanmar, donde parecería que su Historia trágica estuviera presta a resurgir en cualquier momento.
Emilio de Miguel, embajador de España en Myanmar. EFE/FirmasEmilio de Miguel, embajador de España en Myanmar. EFE/Firmas

 

Emilio de Miguel, embajador de España en Myanmar

 

La situación política de Myanmar (antigua Birmania) en la actualidad viene marcada por dos elementos: la cuestión étnica y el papel del Tatmadaw (el Ejército). Mi intención en este artículo es considerar los antecedentes históricos que han hecho que estos elementos tengan la relevancia y características que tienen en estos momentos.

El valle del Irrawaddy es el eje vertebrador de Myanmar. Quienquiera que lo controle, controla el país. Este espacio geográfico ha estado desde el siglo XI en manos de los bamar, que habían llegado a la región en el siglo IX y que en 1044 constituyeron el estado de Pagan, que fue la primera entidad política en dar unidad al valle del Irrawaddy. El poder bamar siempre fue más tenue sobre la periferia montañosa. Arakan, en la zona suroccidental y separada del valle del Irrawaddy por montañas no se integraría en Myanmar hasta 1784.

Los británicos adoptaron dos medidas en el período colonial que incidirían poderosamente sobre la cuestión étnica tras la independencia. La primera fue la importancia que dieron a la idea de “razas” (hoy diríamos etnias). En sus censos, especialmente en el de 1931, intentaron realizar una suerte de mapeo étnico de Birmania basado en criterios lingüísticos.

El primer resultado fue que solidificaron el concepto de etnia; y el segundo fue la creación de expectativas en algunas de esas etnias de que eventualmente podrían tener un estado propio.

Los británicos dividieron Birmania en dos entidades: la denominada Birmania Ministerial y las Zonas Fronterizas. La Birmania Ministerial comprendía el valle del Irrawaddy y las zonas costeras, en resumen, los sitios donde los bamar eran mayoritarios. Su régimen administrativo no se diferenciaba apenas del que imperaba en la vecina India. Las Zonas Fronterizas eran las regiones donde predominaban las minorías étnicas. En ellas los jefes tradicionales conservaron una buena parte de su poder. Esta división impidió la emergencia de una identidad nacional birmana que abarcase a todo el territorio.

Durante la II Guerra Mundial la mayoría bamar apoyó a los japoneses, mientras que en general las minorías étnicas, especialmente los kachin, los karen y los musulmanes, colaboraron con el esfuerzo de guerra británico. Las matanzas que se produjeron en ese período entre los pro-japoneses y los pro-británicos generaron una animosidad entre las etnias que aún no se ha curado del todo. Al término de la II Guerra Mundial algunas de las minorías étnicas albergaban la esperanza de que el Imperio británico les permitiese crear sus propios estados independientes.

Lo que nadie se podía esperar es que los británicos concedieran aceleradamente la independencia a Birmania el 4 de enero de 1948, dejando la cuestión étnica sin solucionar. El resultado de esta precipitación fue que prácticamente al día siguiente de la independencia, las minorías étnicas entraron en insurgencia. Y esto nos lleva al papel que el Tatmadaw ha jugado en la política birmana desde antes de la independencia.

Uno de los grandes hitos en el camino hacia la independencia fue cuando los denominados Treinta Camaradas, con ayuda japonesa constituyeron el Ejército de la Independencia Birmana (Burma Independence Army, BIA). Posteriormente, reconvertido en Burma National Army, se alió con los británicos y se sublevó contra los japoneses. Esta epopeya dejó dos cosas en el imaginario popular: la vinculación de las Fuerzas Armadas con el gran héroe nacional, Aung San, y su papel destacado en el logro de la independencia del país.

Apenas conseguida la independencia, estallaron varios movimientos insurgentes étnicos que llegaron a poner en peligro la unidad del país. Puede afirmarse sin ambages que en esa coyuntura lo que salvó a la nueva república fue el Tatmadaw. Posteriormente el comandante en jefe del Tatmadaw, el general Ne Win, formaría un gobierno de transición en 1958 a petición del primer ministro U Nu, ante el riesgo de ingobernabilidad del país. Ne Win logró estabilizar la situación y, tras las elecciones de febrero de 1960, devolvió el poder al victorioso U Nu.

Aunque U Nu obtuvo una amplia mayoría parlamentaria, su gobierno fue ineficiente y se vio plagado de problemas (insurrección comunista, insurgencias étnicas, pobre gestión económica, o la actitud del Tatamadaw, cada vez más inquieto). En 1962 el Tatmadaw dio un golpe de estado y se convirtió en el señor del país hasta las elecciones de noviembre de 2010.

Sobre la base de lo anterior, cabe extraer algunas conclusiones sobre el Tatmadaw. En mi opinión los rasgos que definirían su imagen son:

1.- Identificación con la nación, en tanto que fue una herramienta esencial para la consecución de la independencia. Pero se trata de una identificación limitada a la mayoría bamar. Salvo en los momentos inmediatamente posteriores a la independencia, el Tatamadaw y sus mandos han sido predominantemente bamar.

2.- Compromiso con la unidad nacional. Las batallas de los primeros años de la independencia, en las que el Tatmadaw impidió la ruptura del país, le imbuyeron de la noción de que era el garante en última instancia de la unidad nacional, la cual, además quedó sacralizada de tal manera en su imaginario, que resulta complicado hasta hablar de federalización del Estado birmano.

3.- Paradójicamente, el Tatmadaw se percibe como por encima y aparte de la política. El término habitual para referirse a la política es “nain ngan ye”, que se identifica con la política partidista y tiene una connotación un tanto negativa, implicando incluso la idea de “división”. Usando conceptos birmanos el Tatmadaw puede decir sinceramente que no hace “política” (“nain ngan ye”). Lo que hace es “a-myotha nain ngan ye”, “política nacional”, que podría interpretarse como la política o la gestión de los asuntos que se mueven por el interés general y no por un interés estrecho y egoísta.

Nuevamente, recurriendo a la Historia, puedo pensar que la cuestión étnica y el papel del Tatmadaw no son temas irresolubles, que vayan a obstaculizar la eclosión de una democracia plena y para todos en Myanmar. Antes de la II Guerra Mundial se estaba produciendo una cierta aproximación entre las distintas etnias que, sin el trauma de dicha contienda, podría haber conducido a una mayor armonía y al establecimiento de un sistema federal que satisficiera a todas las partes. El Tatmadaw, por su parte, en los primeros años tras la independencia estuvo sometido al poder civil. ¿Por qué no podría volver a repetirse esa situación?.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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