Mucho más que una caravana

Todo comenzó con un mensaje el fin de semana pasado: "2000 personas salen de Honduras caminado hacia EEUU, os mantengo al corriente". El aviso se suma a las imágenes brutales que llegan de Nicaragua con la detención de 30 manifestantes pacíficos bajo el régimen de Ortega, al tiempo que estamos todavía perplejos ante los resultados de las encuestas de la segunda vuelta en Brasil, con Bolsonaro ganando puntos de ventaja. Demasiado para digerir.
  • Andrea Costafreda, portavoz de Oxfam en América Latina.Andrea Costafreda, portavoz de Oxfam en América Latina.
  • Asier HernandoAsier Hernando, portavoz de Oxfam en América Latina.
  • Andrea Costafreda, portavoz de Oxfam en América Latina.
  • Asier Hernando

Andrea Costafreda y Asier Hernando, portavoces de Oxfam en América Latina

 

Los días anteriores al comienzo de la caravana, las lluvias dejaban miles de damnificados en Honduras, quienes con una nueva sensación de orfandad, volvían a perderlo todo y desconfiaban nuevamente de la capacidad de respuesta por parte del Gobierno. Un Gobierno que trataron de cambiar meses antes pero se mantuvo amañando las elecciones. Una nueva frustración.

La marcha avanzaba imparable, recorría Guatemala con imágenes de niños pequeños, ancianos, madres, padres y abuelos. Gente que no tenía nada que perder, para la cual su mejor opción es caminar y caminar, dejarlo todo atrás e ir hacia un horizonte incierto. Habían vendido todo lo que tenían, su pequeña refri, la radio que consiguieron, todo. Sabían que las posibilidades de llegar a Estados Unidos son de 1 entre 5: todos conocen los riesgos infinitos.

Y la caravana crecía, y comenzaban las portadas internacionales, en El País, en el New York Times, entre otras. Las redes sociales se inundaban con el hashtag #caravanamigrante. Los políticos se comenzaban a preocupar: la marea humana cruzando Centroamérica evidenciaba la ausencia de lo público, el desamparo en el cual han dejado por años a miles de comunidades en Honduras y también en Guatemala, desde donde escribimos estas líneas.

Se ven realidades que, sin estar en guerra, registran índices de homicidios homologables a los de países que sí lo están. Las distintas expresiones de violencias se enredan con las distintas expresiones de desigualdades: por ser mujer, o indígena, por ser del oriente en lugar del occidente, o por pertenecer al quintil más pobre de la población.

La tierra está concentrada en muy pocas manos. Leyes, reglamentos y políticas están al servicio de intereses particulares, y la impunidad estructural desafía el futuro de las ya no tan jóvenes pero sí desgastadas democracias, amenazando la misma presencia de la comunidad internacional. Ser pobre en esos países es no tener derechos, así vive el 66 % de la población. Así lo expresa también el economista hondureño Mauricio Díaz cuando se refiere a su país como una fábrica de migrantes.

La caravana comenzaba a molestar, sacaba los colores a los gobiernos centroamericanos y preocupaba a EEUU. Trump comenzaba a tuitear, con perplejidad primero y con gangsterismo después, utilizando la situación como filón en campaña para incentivar el discurso anti migración y coaccionando a Honduras, Guatemala y México para que frenen la caravana, a las buenas o a las malas.

El debate sobre migración levantando está marcando también el debate electoral y los republicanos aprovechan, incentivando todos los miedos, promoviendo todos los muros. Ofreciendo una versión caricaturesca de una receta heredada, la del Plan para la Prosperidad de la administración saliente, la oferta de la Secretaría de Estado hacia el Triángulo Norte Centroamericano: más músculo policial y militar contra la violencia estructural. Lejos de afinar más en el diagnóstico, lejos de indagar en las dolencias de fondo, lejos de preguntar al paciente si ha experimentado mejoría, doblamos la dosis y amenazamos con que si hay contagio el paciente pierde el derecho a la UCI.

En el discurso de los presidentes de Honduras y Guatemala, quienes se suman a la caravana están manipulados por la oposición, dan a entender que detrás hay una “mano negra”. La amenaza de retirada de la receta de la “prosperidad” disuade a los presidentes de dar una respuesta a la altura de cualquier estándar de derechos internacionales sobre movilidad humana. Aunque más grave parece la incapacidad de estos gobiernos para asumir las mínimas responsabilidades públicas en la protección y la provisión de bienestar a sus gentes.

La caravana se desplaza por México. Han pasado Tapachula, caminan con un calor infernal y saben que comienzan las zonas más peligrosas de la ruta. Ir juntos les da seguridad: salen de uno de los países más peligrosos del mundo y tienen que cruzar otro. La violencia les exilió, y deben caminar aún por su senda hasta llegar a un Edén que posiblemente nunca llegue.

Las más de 10 mil personas caminando, con toda su dignidad, son la consecuencia de la desidia y estigma de políticos, empresarios, caciques varios y narcotraficantes. Solo sirven en las elecciones, solo vale su voto, de lo contrario molestan, porque frenan hidroeléctricas para preservar sus ríos, porque se interponen con sus vidas a la irrupción de la minería en sus territorios; se justifican sus muertes, porque sus tierras se utilizan para cultivar palma africana en lugar de permitir que las usen para alimentar a sus hijos.

Quienes están así amenazados tienen tres posibilidades: huyen a Estados Unidos, mueren de hambre en Honduras o los matan. No tienen otra opción, y cualquier persona sensata que observe esta realidad lo vería muy claro.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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