México se mira en su futuro

Las macro elecciones celebradas en México el pasado 1 de julio fueron históricas, y no solo por el triunfo del candidato más temido por las élites, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), sino también por la existencia de otros hechos ocurridos en esta ocasión igualmente dignos de reseñar.
Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED.Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED.

Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED

Aunque, ya de por si es trascendente que el candidato de la izquierda se impusiera de forma rotunda y obtuviera la mayoría de ambas cámaras (el Congreso y el Senado), ganara al menos cinco de las nueve gobernaciones en juego y buena parte de los puestos en liza a nivel local y regional, comenzando por los parlamentos estaduales. López Obrador también triunfó en todos los estados de la Federación, salvo Guanajuato. Nuevo León está pendiente del resultado definitivo.

Otro elemento rescatable es el mal resultado de los partidos y coaliciones rivales, encabezadas por el PAN y el PRI. Si inicialmente se especulaba con un resultado parejo entre los tres principales candidatos, el ganador obtuvo más del 53% de los votos, frente a algo más del 22% del panista Ricardo Anaya y al 16% del representante del PRI, José Antonio Meade. Ninguno de los dos supo convencer al electorado y su abierto enfrentamiento por ocupar el segundo lugar y aprovechar el tirón el día de la elección favoreció a López Obrador. Los malos resultados, expresión de la desafección popular, han puesto en entredicho el futuro de los tres partidos tradicionales (PRI, PAN y PRD).

También fue importante el elevado nivel de participación, el 62,62% del censo según los datos preliminares. Estas elecciones fueron vividas con gran expectación y como algo muy especial, lo que explica el gran interés ciudadano y las largas colas formadas para poder votar. Esta fuerte movilización popular está muy ligada al hartazgo de la población con los dos mayores problemas del país: la corrupción y la violencia.

Los comicios se transformaron igualmente en una especie de plebiscito sobre el sexenio de Enrique Peña Nieto, aflorando el gran rechazo a su figura. Un cúmulo de desastres terminaron empañando lo que comenzó como un período exitoso y ejemplar. En primer lugar el escándalo de la Casa Blanca, un caso de corrupción en el que se vio envuelta la primera dama. Posteriormente le estalló en las manos el asesinato de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, una crisis pésimamente gestionada por su gobierno y que supuso un fuerte deterioro de la imagen presidencial.

El rechazo a la gestión de Peña y la pérdida de paciencia con los políticos tradicionales favorecieron el triunfo de un candidato que hizo gala de un mensaje antisistema y generaba simultáneamente grandes expectativas de cambio y fuertes temores sobre el futuro del país en los más diversos sectores sociales. Como en 2006 y 2012, se intentó comparar a AMLO con Hugo Chávez y a México con Venezuela, pero en esta ocasión el intento fue en vano. El candidato moderó su discurso y tomó una prudente distancia con el régimen de Maduro, desactivando buena parte de los ataques y prevenciones en su contra.
Sin embargo, se mantiene la incertidumbre en torno a su plan de gobierno y a las medidas que tomará para resolver los principales problemas de México sin renunciar al crecimiento económico. Ésta es quizá una de las principales preocupaciones tanto dentro como fuera del país, si bien la magnitud de su victoria, el rápido reconocimiento de la misma por sus rivales, y las palabras que tanto él como algunos de los miembros de su entorno más cercano pronunciaron en las horas y días posteriores al triunfo llevaron tranquilidad a los mercados.

Su conversación telefónica con Donald Trump y el prolongado diálogo con Peña Nieto para activar el traspaso de poderes abundaron en la misma dirección. La relación con Estados Unidos puede ser complicada, pero podría darse el caso de que ambos líderes, que comparten un carácter imprevisible y un fuerte sentimiento nacionalista, pudieran allanar el camino para una relación fluida y constructiva a partir de la convergencia entre el America First y la tácita idea de México primero. Nada puede excluirse y más teniendo en cuenta la magnitud de los intereses en juego, vitales para México y nada despreciables, sino todo lo contrario, para Estados Unidos.

López Obrador llega al gobierno con una potente legitimidad de origen. Su problema será trasladar ese impulso inicial a su gestión de gobierno. También ha generado en sus seguidores y en muchos de quienes no lo votaron grandes expectativas sobre una posible transformación del país. Muchos esperan que López Obrador tenga éxito con sus propuestas de acabar con la pobreza y la desigualdad, en el combate contra la corrupción y en la pacificación del país. Sin embargo, son muy pocos los que tienen al menos una vaga idea de cómo lo hará.

¿Cumplirá AMLO con las reformas prometidas en campaña? ¿Y en caso de hacerlo, cómo hará para arribar a esas metas tan soñadas? ¿Será directo y avanzará sin reparar en los costes que supone acabar con el orden establecido? ¿O, por el contrario, intentará llevar adelante una gestión más gradualista, que respete a las instituciones y a las posturas contrarias a las suyas? Con independencia de estas cuestiones, López Obrador tendrá un gran poder en sus manos, gracias a la mayoría parlamentaria obtenida. De quererlo, podría incluso modificar la Constitución.

Las amenazas en torno a la reversión de la reforma energética y de otras medidas adoptadas por Peña Nieto, así como a la paralización de la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, siguen planeando sobre la cabeza de los empresarios mexicanos y de los inversionistas extranjeros. Sin embargo, las recientes señales emitidas son positivas, tanto en lo que respecta a declaraciones del presidente electo, como a los nombres que se van conociendo de su equipo de transición y a los posibles integrantes de su gabinete.

El desafío es mayúsculo. México necesita una gran transformación que reduzca la pobreza y la desigualdad y controle la corrupción y la violencia. Para ello tiene que romper el techo de cristal que sigue frenando su despegue. El triunfo de López Obrador se explica en las muchas esperanzas generadas. Y si bien su voluntad transformadora es evidente, la duda es si podrá lograrlo a la vez que afianza y potencia la democracia. Como se ha visto en otras partes de América Latina, las aventuras populistas suelen terminar del peor modo posible. Por eso y pese a los grandes temores iniciales, hoy México se mira expectante y confiado en el espejo de su futuro.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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