Los aranceles de Trump alborotan la cumbre del G7

El empeño de Donald Trump en imponer aranceles al acero y al aluminio que importa EEUU opaca los demás asuntos de la agenda internacional, incluida la reunión anual del G7, el “club” informal que integran los líderes de las principales democracias (EEUU, Alemania, Francia, Japón, Reino Unido, Italia y Canadá), en la localidad canadiense de La Malbaine, Quebec.
Líderes del G7 participan en una mesa redonda durante uno de los actos previos a la reunión conjunta en Charlevoix, La Baie, Canadá. EFE/ Neil HallLíderes del G7 participan en una mesa redonda durante uno de los actos previos a la reunión conjunta en Charlevoix, La Baie, Canadá. EFE/ Neil Hall

Laureano García, periodista

El lujo del complejo hotelero a orillas del río San Lorenzo y el conejo de incorporar de nuevo a Rusia, que sacó de la chistera para desviar la atención, no cambiaron el ambiente enrarecido de los días y semanas previos debido a la guerra comercial que ha desatado el presidente estadounidense contra los otros seis países del G7.

Canadá preparó para la reunión del G7 una interesante agenda: invertir en crecimiento para todos y fortalecer a la clase media, promover la igualdad de género, trabajar juntos contra el cambio climático y en favor de la energía limpia, promover el respeto por la diversidad y la inclusión y construir un mundo más pacífico y seguro. Un repertorio de cuestiones de palpitante actualidad e interés general que ha sido eclipsado por el alboroto producido por las medidas de Trump.

Se intuía “a priori” que el buen trabajo de los anfitriones canadienses no sería bastante para asegurar un encuentro no borrascoso y flotaba en el ambiente el fiasco de la reunión del año anterior, que terminó como el rosario de la aurora porque Trump debutó como un elefante en una cacharrería, al anunciar que su país se bajaba del Acuerdo de París sobre el cambio climático y pretender volar “in situ” el acuerdo internacional que tanto había costado para detener el programa nuclear con fines militares de Irán.

La reunión de este año venía eclipsada, alborotada, por la guerra de los aranceles desde semanas antes de la cita canadiense. Los otros seis países del G7, que en la reunión de 2017 en Taormina (Italia) no entraron en la provocación de Trump y pasaron de puntillas sobre el comercio internacional, acudieron esta semana a Quebec con una actitud bien distinta y dispuestos a plantar cara de manera conjunta a las pretensiones del presidente de EEUU.

Canadá ya había decidido aplicar, a partir del primero de julio próximo, aranceles a productos “made in USA” por importe de 11.000 millones de dólares y la UE, que se niega a negociar bajo amenazas, aplicará aranceles a 350 productos estadounidenses por importe de 6.500 millones de euros, además de denunciar el asunto ante la OMC (Organización Mundial del Comercio).

A Japón, que también tiene una balanza comercial favorable con EEUU, Trump le obliga a engullir armamento para compensar el déficit, como el propio mandatario estadounidense anunció en su visita a Japón, con palabras que rayan la ofensa: “El primer ministro (el japonés Abe) va a comprar cantidades ingentes de armamento y así debe hacerlo (…) supondrá un montón de puestos de trabajo para nosotros y un montón de seguridad (sic) para Japón”. En la misma visita pidió a las autoridades japonesas que fabriquen en EEUU los automóviles que venden en su país. No debía conocer que el 75% de los automóviles de marca japonesa que circulan por las calles y carreteras estadounidenses ya son producidos allí.

Es entendible la preocupación del mandatario estadounidense por el desequilibrio de la balanza comercial, con un déficit que ronda los 556.000 millones de dólares (151.000 de ellos con países de la UE) y también que trate de solucionar el problema, pero sorprende que quiera hacerlo a costa de poner en riesgo la relación con los tradicionales aliados de EEUU, convertidos ahora en sus enemigos predilectos, con métodos que evidencian su particular forma de negociar y que consiste, básicamente, en presionar hasta el borde de la asfixia a sus interlocutores, para luego ofrecerles una solución ventajista. Este procedimiento le ha servido en sus negocios privados, pero es inaceptable en las relaciones entre estados. No es solo un asunto de dólares o euros, es, antes que nada, una cuestión de dignidad.

La matraca de los aranceles, por otra parte, tiene también sus detractores en casa. No todo el mundo en EEUU está convencido de que la agresiva campaña desatada por Trump vaya a traerles nada bueno. Paul Krugman, premio Nobel de Economía, sostiene que la guerra comercial no creará empleo en EEUU y, además, dice, puede incrementar los precios al consumo. Otros expertos, afines a las tesis de Trump, observan con preocupación que los productos estadounidenses sobre los que van a recaer los aranceles proceden de zonas que son caladeros de voto republicano y, como hay elecciones dentro de cinco meses, temen que en esta guerra a Trump le salga el tiro por la culata.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.