Las Repúblicas Bálticas cumplen 100 años

Las tres repúblicas bálticas celebran este año 2018 el centenario de su independencia, un acontecimiento que tardaría algún tiempo en transformarse en el pleno ejercicio de su soberanía y en el reconocimiento internacional como estados.
Los embajadores en España de Estonia, Rasmus Lumi; de Letonia, Argita Daudze y de Lituania, Skaiste Aniuliene, durante un acto de celebración de su Los embajadores en España de Estonia, Rasmus Lumi; de Letonia, Argita Daudze y de Lituania, Skaiste Aniuliene, durante un acto de celebración de su primer centenario como países en Madrid. EFE/Javier Liaño.

por Andrés González Martí, analista del IEEE

Pero realmente no se puede hablar de 100 años de soberanía porque la mitad de este tiempo Estonia, Letonia y Lituania fueron repúblicas soviéticas integradas en la URSS hasta 1991. Declarar la independencia no es lo mismo que ser independiente, sobre todo cuando se trata de pequeños territorios con vecinos de muchos peso, en este caso Rusia.

No es fácil entender la singular relevancia que las repúblicas bálticas han otorgado a estos centenarios sin tener en cuenta su historia, su presente realidad social, demográfica y cultural y la amenaza que para su plena independencia supone el revisionismo ruso.

Uno de los aspectos más importantes para poner en contexto la relevancia del centenario de independencia es la rusificación, es decir, el proceso de imposición de la cultura de su poderoso vecino, que estuvo marcada por la ocupación y su anexión a la Unión Soviética durante más de cincuenta años.

Bajo el régimen totalitario de Stalin, se utilizaron métodos represivos para imponer nuevas condiciones sociales y demográficas dirigidas a diluir la identidad nacional de las repúblicas bálticas y el uso de la lengua propia de cada una de ellas. Durante la ocupación soviética, Estonia y Letonia se convirtieron en un importante destino de inmigración de otras zonas de la URSS.

El idioma ruso se convirtió en la lengua que todos los recién llegados hablaban y que los bálticos debían aprender para incorporarse a la nueva sociedad y en muchos casos para mantener sus trabajos.

En los últimos 30 años ha disminuido el peso de las minorías procedentes de otras zonas y ha aumentado el porcentaje de la mayoría nacional, aunque, especialmente en Letonia y Estonia, sigue existiendo un importante porcentaje de población de origen ruso.

En estas dos repúblicas esta población se concentra en el ámbito urbano, dándose el caso de que en las 9 principales ciudades de Letonia la población autóctona no alcanza la mitad del total. Esta distribución demográfica nos lleva al problema de no ciudadanía para las minorías étnicas que habitan estos países.

Aunque en Lituania, con un proporción menor de población foránea, las leyes para alcanzar la ciudadanía son más laxas; en Estonia y Lituania a las minorías étnicas se les exige superar unas pruebas que acrediten el suficiente conocimiento de la historia, las leyes y el idioma propio para aspirar a la ciudadanía.

Una situación que desde 1991 deja fuera del sistema político a un número importante de habitantes, incluidos miembros de tercera generación, nietos de antiguos ciudadanos soviéticos. Un grupo de población identificado por el Estado como “no ciudadanos” que no goza de derechos políticos y tampoco puede acceder a trabajos en la administración.

Esto supone una contradicción con el derecho a la nacionalidad reconocido en la Declaración Universal de Derechos Humanos que constituye uno de los principios básicos del Convenio Europeo sobre la Nacionalidad de 1997.

El problema es especialmente grave en Letonia, donde 252.195 personas eran consideradas por ACNUR como apátridas, un hecho que en Estonia afecta al 85.301 personas. Y aunque la Convención sobre los Derechos del Niño obliga a los gobiernos a reconocer el derecho de los infantes a adquirir nacionalidad, todavía nacen niños apátridas en Letonia y Estonia.

Desde el punto de vista de la seguridad nacional el potencial de riesgo podría aumentar si la insatisfacción política y social se unen al problema de la integración de minorías. En este escenario las medidas adoptadas por la OTAN, para garantizar su soberanía frente al desafío ruso, podrían incluso ser contraproducentes si no están acompañadas de acciones que refuercen la resiliencia nacional y reduzcan los riesgos y las contradicciones internas.

Si bien se ha normalizado el entorno lingüístico y se ha consolidado la construcción efectiva de los Estados bálticos, el principal desafío sigue siendo la existencia de una comunidad de habla rusa no integrada. El ruso es considerado una lengua extranjera que compite con los idiomas nacionales y es percibido como idioma imperial del pasado y una amenaza.

Posiblemente el problema no es que una parte de la población hable ruso, sino la voluntad de preservar idiomas propios y convertirlos en lenguas nacionales y utilizar la política idiomática como el elemento central de integración.

Los problemas en las relaciones del estado con la sociedad, unidos a la polarización lingüística y la división étnica, crean unas condiciones favorables para desarrollar una narrativa con fuerte potencial de arraigo, que proyecta sobre estas repúblicas una imagen antidemocrática y contraria al pleno respeto de los derechos humanos de todos sus habitantes.

La celebración del centenario de la declaración de independencia de las repúblicas bálticas ha sido razón suficiente para analizar su situación y mirar al futuro. Nunca antes estos estados han tenido tantas oportunidades para consolidar su desarrollo e independencia.

Los próximos cien años de independencia serán, sin duda, mejores y menos dramáticos que los anteriores para Estonia, Letonia y Lituania, entre otras cosas porque ahora no están solas. Feliz centenario para todas.

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NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.