Las elecciones primarias y el sistema parlamentario

El anuncio de la celebración, en el próximo mes de febrero, del XVIII Congreso Nacional del Partido Popular vuelve a poner sobre la mesa el modelo de selección de líderes de los partidos en los sistemas democráticos avanzados.
Urna de votaciones en España.EFE/ARCHIVO/Julio MuñozUrna de votaciones en España.EFE/ARCHIVO/Julio Muñoz

 

Manuel Mostaza Barrios

Este debate, además, viene marcado por la apuesta que por el modelo de primarias han realizado el resto de grandes partidos de ámbito nacional.
Es un buen momento, por lo tanto, para reflexionar sobre un modelo que se ha ido imponiendo en los últimos años en Europa pero que tiene más matices de los que habitualmente se presentan en el debate público.
Hay que empezar señalando que en España, al igual que sucede en otros países de la Europa continental, la Constitución otorga a los partidos políticos un papel muy relevante en la vida pública de la comunidad, al señalar de manera literal en su artículo sexto que “son instrumento fundamental para la participación política”.
Es por eso que el Estado se obliga entre otras cosas a contribuir a su financiación, de acuerdo con la vigente Ley Orgánica 8/2007, de 4 de julio, sobre financiación de los partidos políticos. Habida cuenta de este papel relevante, y como no puede ser de otra manera, el mandato constitucional señala que el funcionamiento interno de los partidos debe ser democrático.
Pese a todos estos preceptos legales, los partidos, empero, llevan años arrastrando una clara crisis de legitimidad y cada vez tienen más problemas para representar a ese concepto imaginado que es la ciudadanía.
Esta crisis de los partidos es una crisis que se está produciendo en todo el mundo occidental y presenta características comunes en varios países: los partidos han visto disminuir el número de sus afiliados a la vez que se incrementaba su relación con el Estado, lo que ha originado una progresiva indiferenciación de las ofertas políticas, fruto del consenso de la postguerra, que ha llevado también a una disminución de la lealtad de los ciudadanos a un solo partido, incrementándose por ello la volatilidad en el escenario político.
En este punto donde desde hace unos años se ha ido imponiendo la idea de que la selección de los candidatos a través de elecciones primarias es un sistema más democrático y más representativo que los sistemas hasta hace unos años habituales de cooptación de élites refrendado luego por una representación de las bases del partido en un Congreso de afiliados.
Las elecciones primarias, frente a lo que puede parecer, son un sistema relativamente reciente de selección y no se generalizaron en los Estados Unidos hasta ya entrados los años sesenta. No es extraño que el modelo surgiera allí: un régimen presidencialista en el que los partidos en realidad funcionan como agrupaciones de candidatos en busca de una plataforma unitaria, más que como se entienden en Europa.
Estas dos características son esenciales para entender los problemas que las elecciones primarias copiadas del modelo americano llevan consigo en los sistemas parlamentarios europeos.
Los sistemas presidencialistas tienden a primar el candidato frente a la estructura de partido y suelen funcionar sobre la base de partidos más débiles que en el modelo parlamentarista.
Esto origina que, en efecto, los partidos por regla general carezcan de la misma capilaridad en el territorio que tienen en los sistemas parlamentarios ya que su tarea, una vez que han concluido las elecciones, suele ser menor.
En la Europa parlamentaria, por el contrario, las cosas son más complejas: la estructura del partido es sólida y suele tener una capilaridad fuerte en todo el territorio, con importantes tareas a desarrollar entre elección y elección.
Además, cuentan con la legitimidad que les dan unos afiliados que pagan unas cuotas por pertenecer a la organización y que en el caso del Partido Popular o de a CDU alemana superan las 500.000 personas.
Esta compleja estructura de funcionamiento, en la que son necesarios acuerdos formales e informales entre las distintas partes de la organización, ha demostrado tener muchos problemas para encajar con la realidad de las primarias. La experiencia del PSOE, en este sentido, ha sido paradigmática, y de los dos candidatos elegidos por primarias, uno no llegó siquiera a presentarse, y el otro acabó dimitiendo ante la oposición declarada de una parte de la organización.
Hay que tener en cuenta que no es lo mismo que un candidato gane contra la opinión dominante en la organización en un sistema como el norteamericano, tal y como ha pasado con Donald Trump, a que eso pase en un modelo de partido como el europeo, en el que la organización tiene un poder y una capacidad de veto que no poseen sus homólogos norteamericanos.
De la misma manera, en un sistema de partidos fuerte, la elección de un candidato a través de primarias priva a la propia dirección de control de acceso sobre el candidato, y por eso mismo dificulta la existencia de filtros dentro del partidos, así como limita la exigencia de responsabilidades políticas en el que caso de que hubiera lugar a ellas, ya que la organización, en buena teoría, tendría difícil hacerse cargo de la actuación de un militante que ha sido elegido de manera directa por las bases y sin su participación.
Las primarias por lo tanto son un sistema interesante de selección de élites pero ha de tenerse en cuenta que el entorno político y cultural en el que operan en Europa no es el mismo que el de los Estados Unidos. Obviar esta realidad e intenta copiar de manera literal el modelo está causando hasta ahora más problemas que ventajas a los partidos políticos europeos. EFE

 

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Publicado en: Reportajes

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