Las claves para entender el enfrentamiento histórico entre chiíes y suníes

Como en otras muchas cuestiones intangibles de ámbito religioso, no existen cifras del todo fiables. Las mejores estimaciones calculan que 1.600 millones de personas profesan el islam en todo el mundo. Aunque ese número, con dinámico crecimiento, dista mucho de resultar una entidad monolítica por un cisma -entre chiíes y suníes- que se remonta históricamente hasta la disputada sucesión del profeta Mahoma en siglo VII.
14: Simpatizantes de Hizbulá en la conmemoración del día del Ashura en Beirut (Líbano). Con la celebración, los chiíes honran al imán Hussein, 14: Simpatizantes de Hizbulá en la conmemoración del día del Ashura en Beirut (Líbano). Con la celebración, los chiíes honran al imán Hussein, nieto del profeta Mahoma. EFE/Wael Hamzeh

Por Jesús R. Martín 

Los chiíes supondrían unos 200 millones de creyentes frente a la gran mayoría de musulmanes que se encuadran en lo que ellos mismos califican como la ortodoxia suní.

Con todas sus permutaciones posibles y una evidente sobredosis de politización e intereses económicos, todo este pulso, tan secular como brutal, se está convirtiendo en el conflicto interno más grave al que se enfrenta el mundo musulmán. 

1.- La fractura del siglo VII

Para entender este cisma hay que remontarse hasta la muerte del fundador del islam, Mahoma, en el año 632. El consenso reinante entre las tribus árabes seguidoras del profeta se fracturó ante el dilema de quién debería heredar todo ese poder religioso y político. 

La mayoría, que con el tiempo de convirtieron en suníes, buscaron un líder que no necesariamente tenía que venir del linaje mahometano y respaldaron la figura de Abu Bakr, amigo del profeta y padre de Aisha, la esposa más favorecida de Mahoma.

Frente a ellos, una minoría se declaró a favor de mantener una línea de sucesión dentro de la familia del profeta. Su favorito era Alí, primo y yerno de Mahoma, casado con su hija Fátima.

De ahí se deriva el nombre de chií, una contracción de “shiaat Alí” o partidarios de Alí. Mientras que suní proviene de “shl-as-Sunnah” o gente de la tradición. 

En este enfrentamiento inicial, los seguidores de Abu Bakr se impusieron aunque Alí tuvo una breve oportunidad de liderazgo. Más de treinta años después de la muerte de Mahoma, consiguió convertirse en el cuarto califa, título dado a los sucesores del profeta.

La saga de Alí terminaría con su asesinato en cuestión de cuatro años. Y la fractura entre ambos bandos se consolidó cuando Husein, el hijo de Alí, fue decapitado en el año 680 tras su derrota en la mítica batalla de Kerbala, actual Irak, por las tropas del califa.

Consecuentemente, los suníes lograron afianzar su posición dominante frente a la progresiva marginalización de los chiíes. Para compensar, los chiíes confiaron en sus propios imanes, con especial reverencia para los doce primeros, descendientes directos de Alí y en su gran mayoría martirizados.

2.- Evolución divergente 

Con el paso del tiempo, las creencias religiosas de suníes y chiíes empezaron a evolucionar por caminos un tanto divergentes. 

Todos creen que Alá es el único Dios y Mahoma, su profeta. Veneran el Corán y practican los cinco pilares fundamentales del islam: el testimonio de fe, la oración, la ayuda a los pobres, el ayuno durante el mes de Ramadán y la peregrinación a la Meca.

Los suníes se vertebran en torno a las prácticas y enseñanzas del profeta (la “sunna”, o costumbre), con un énfasis en textos e interpretaciones legales. En contraste, los chiíes consideran a sus ayatolás como reflejos terrenales de Alá. Por eso, los suníes consideran a los chiís como herejes.

Según un estudio publicado por el Pew Research Center en 2012, hasta un 40 por ciento de los suníes cree que los chiíes no son musulmanes auténticos.

Por el contrario, los chiíes argumentan que el dogmatismo de los suníes ha degenerado en sectas extremistas como el wahabismo y una excesiva dependencia de las autoridades estatales.

De hecho, los suníes tienden a ser iconoclastas radicales y rechazan cualquier representación de la divinidad, o mediación entre el hombre y Alá.

Mientras que los chiíes creen en el poder de intercesión de sus santos y les rinden veneración. Como diferencia visible, los chiís rezan con sus manos al costado, mientras que los suníes lo hacen con sus manos cruzadas en el pecho o estómago.

3.- A la espera del último imán 

La mayoría de los chiíes cree que el decimosegundo y último de sus imanes sagrados se encuentra oculto. En cualquier momento, reaparecerá para completar su destino y hacer justicia en el final de los tiempos. Un mesianismo que tiene evidentes reminiscencias tanto judías como cristianas.

Mientras ese retorno del Mahdi se materializa, los chiíes han desarrollado un profundo sentimiento de marginalización, opresión y sacrificio. Condición victimista que han trasladado a ceremonias tan dolientes como el día de “ashura”, en la que se practican rituales de flagelación para conmemorar el martirio de Husein.

Cuando el anterior presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, visitó Egipto el año pasado, el responsable de la mezquita de Al-Azhar, epicentro de la teología suní, insistió en que el entendimiento entre las dos sectas solamente será posible el día en que los chiíes dejen de “insultar” a “los compañeros del profeta”

4.- Un conflicto forzado

En la historia del islam, el cisma entre chiíes y suníes no ha llegado a provocar enfrentamientos de magnitud comparable, por ejemplo, a la guerra de los Treinta Años en la Europa del siglo XVII.

Conscientes de su estatus de minoría, los chiíes, durante buena parte de su tradición han evitado confrontaciones directas con la mayoría suní. Y se han concentrado en torno a una especie de media luna chií que abarca desde Irán a Irak hasta el régimen de Assad en Damasco, y llegando hasta Hizbolá en Líbano. 

Los cuatro únicos países con mayoría de población chií son Irán, Irak, Bahrein y Azerbaiyán. En general, una buena parte de los chiíes a pesar de su querencia a la pobreza se concentra precisamente en aquellos territorios con mayores producciones de petróleo.

De un tiempo a esta parte, las tensiones sectarias multiplicadas en la región se encuentran alimentadas mucho más por cuestiones políticas y económicas que religiosas. En su gran mayoría, los miembros de cada una de estas dos grandes sectas del islam no son fácilmente distinguibles y han demostrado tradicionalmente ser capaces de una convivencia pacífica.

5.- Múltiples frentes 

La radical revolución de Irán en 1979 y las posteriores ambiciones nucleares del gran bastión chií han ayudado a exacerbar este pulso por las esencias del islam. Al igual que las revoluciones registradas en el mundo árabe que han degenerado en violencia sectaria.

Con el consiguiente enfrentamiento entre gobiernos chiíes y Estados del Golfo como Arabia Saudí o Qatar, quienes no han dudado en ofrecer un generoso respaldo económico a sus correligionarios suníes. 

Esta conflictividad tiene múltiples escenarios, incluido Pakistán, Malasia o Indonesia, el mayor país musulmán del mundo. Y llega hasta lugares como el pequeño reino de Bahrein, con un gobierno minoritario suní enfrentado a la mayoría chií de dos tercios entre su población.

También a Yemen, donde la comunidad chií, en abierta rebeldía al norte del país, mide sus fuerzas con grupos suníes como la propia Al Qaida. En Siria, un régimen dominado por alawitas -secta exotérica procedente de los chiíes- batalla desde hace tres años con extrema brutalidad contra una rebelión protagonizada por la mayoría suní.

6.- La espiral de violencia sectaria en Irak 

Irak se ha convertido, de nuevo, en el último gran campo de batalla entre suníes y chiíes. Durante la dictadura de Sadam Husein prevaleció la minoría suní hasta la invasión liderada por Estados Unidos en 2003.

El Gobierno de Bagdad pasó a estar dominado por chiíes durante cinco años de incontrolable violencia sectaria. En ese periodo, insurgentes suníes sacaban a peregrinos chiíes de sus autobuses para tirotearlos en la cuneta. Mientras que milicias chiíes secuestraban a suníes, arrojando después sus cadáveres torturados a la calle.

Esa locura colectiva en la que las prácticas religiosas se convirtieron en una cuestión de vida o muerte se alivió con el despliegue de más tropas del Pentágono, la revuelta de suníes moderados contra Al Qaida en Irak y un alto el fuego acordado con las milicias chiíes.

Sin embargo, la falta de vertebración nacional en Irak ha mantenido intactas las frustraciones de la minoría suní. 

Con una nueva espiral de violencia contagiada por los éxitos de yihadistas en la vecina Siria y el consecuente avance de las milicias suníes del Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL), que consideran a los chiíes como apóstatas que deben morir en beneficio de la ortodoxia más pura del islam.

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