“Las botas sobre el terreno”. El debate sobre el futuro de las intervenciones militares

Tras décadas de conflictos internacionales, el debate sobre las intervenciones militares (“boots on the ground”, botas sobre el terreno) continúa abierto sin una preferencia clara por la opción de la intervención externa o por la delegación de la responsabilidad de las operaciones en las fuerzas locales.
Soldados yemeníes participan en una maniobra de la coalición militar que lidera Arabia Saudí, en la provincia de Marib (Yemen) el pasado 19 de marzSoldados yemeníes participan en una maniobra de la coalición militar que lidera Arabia Saudí, en la provincia de Marib (Yemen) el pasado 19 de marzo de 2018. EFE/Archivo/Soliman Alnowab

Ignacio Fuente Cobo, coronel del Ejército de Tierra y analista del IEEE

 

Acabada la Segunda Guerra Mundial se impuso un modelo de intervención militar basado en delegar las competencias en materia de seguridad en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y en el derecho internacional. Es decir, el uso de la fuerza era un acto de legítima defensa o constituía un delito o hecho merecedor de sanción por parte de la comunidad internacional.

Con el comienzo de la Guerra Fría y la polarización en dos bloques antagónicos el modelo anterior se mostró inoperante a la hora de mantener la estabilidad del sistema internacional. Precisamente su fracaso en Corea, en 1950, dio lugar a una forma de intervención con “botas sobre el terreno” conocida como Operaciones de Mantenimiento de la Paz (OMP).

Su objetivo se limitaba a “rebajar la temperatura de los conflictos y amortiguar las crisis internacionales a través de la presencia pacificadora y preventiva de las Naciones Unidas sobre el terreno”. Esto significaba que solo se admitía el establecimiento de estas misiones en aquellas regiones donde las dos “superpotencias” no se encontrasen enfrentadas ni sus intereses directamente amenazados.

Todo ello en un contexto marcado por los vientos de descolonización que soplaron en territorios sometidos a tutela colonial por parte de las viejas potencias europeas, especialmente Francia y Reino Unido. Este movimiento hizo posible que, al amparo de la Resolución 1514 de la ONU -referente al derecho de autodeterminación-, la mayor parte de esos territorios se convirtieran pacíficamente en estados independientes. Una independencia utilizada frecuentemente por soviéticos y estadounidenses para aumentar su área de influencia.

Pero esta lógica tuvo su contrapartida en las invasiones de Hungría o Checoslovaquia por parte del eje soviético, y en las de República Dominicana, Granada o Panamá por tropas de Estados Unidos.

La situación de equilibrio estratégico y de guerras por delegación que caracterizó la Guerra Fría se rompió en los años ochenta del siglo XX con la denominada “revolución en los asuntos militares” (RMA, por sus siglas en inglés), una nueva estrategia de compensación lanzada por Estados Unidos que hacía de la superioridad tecnológica el factor principal para contrarrestar la superioridad convencional y nuclear de la Unión Soviética.

La RMA, convertida en doctrina militar imperante, favoreció este tipo de intervenciones, ya que las mejoras tecnológicas proporcionaron mayor conocimiento sobre el enemigo y capacidad de ataque y maniobra sin necesidad de un sustancial despliegue de las “botas sobre el terreno”. Estos conceptos tecnológicos se probaron con éxito en la operación “Tormenta del Desierto”, en 1991 en Irak, y en las intervenciones de la OTAN en Bosnia, en 1995, y en Kosovo, en 1998.

El fin de la Guerra Fría supuso también la aparición de nuevos actores no estatales con enorme capacidad de generar conflictos internos o internacionales, lo que se conoce como “nuevas guerras”. Grupos terroristas como Al Qaeda y más recientemente el Daesh forman parte de una concepción de los conflictos bélicos bajo la lógica asimétrica del “débil contra el fuerte”, que utiliza debilidades de las sociedades occidentales para imponerse a su superioridad militar.

Las guerras de los primeros años del siglo XXI llevaron a la conclusión de que las intervenciones militares en las “zonas grises” del mundo debían hacerse siguiendo un modelo de intervención más restrictivo. Especialmente en el arco de inestabilidad islámico, donde se actuaría de manera contenida, sobre la base de “caso por caso” y preferiblemente sin “botas sobre el terreno”.

Esta estrategia sin despliegue de tropas ofrecía ventajas militares y políticas. La primera era que hacía recaer el peso de la lucha sobre los propios actores locales, por lo que resultaba menos costosa en número de bajas mortales y más fácil de ser aceptada por la opinión pública occidental. Además, al no suponer un gran despliegue de fuerzas propias, facilitaba el diseño de una estrategia operacional de salida rápida y efectiva.

En 2011, con la intervención occidental en Libia que ayudó a expulsar a Gadafi del poder, se recuperó la idea de que una estrategia basada en el poder tecnológico y en el empleo de fuerzas nativas podía proporcionar una victoria militar, planteada siempre en términos limitados, es decir, con un nivel de ambición reducido y una limitación de los objetivos.

Ahora bien, evitar el despliegue de tropas sobre el terreno presenta el inconveniente, ya experimentado en Afganistán, de una falta de control de la situación una vez las operaciones militares acaban.

El fracaso del modelo de intervención sin “botas sobre el terreno” en Libia y Siria ha propiciado que el debate sobre las intervenciones continúe abierto. Conceptos como asimetría, guerras híbridas o ciberguerras muestran que la naturaleza de la guerra no ha cambiado, pero sí su forma de hacerla en función de los contextos y características de los adversarios.

Ahora bien, las lecciones aprendidas de los últimos conflictos indican que lo más probable es que se termine adoptando una solución mixta, en la que el volumen de “las botas sobre el terreno” desplegadas por los actores externos vendrá dada por la necesidad de garantizar el éxito de las operaciones.

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NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.