La Ttierra

Durante siglos los sin tierra padecían una pésima e injusta fórmula social. Los poderes quedaban invariablemente ligados a la posesión de predios, haciendas, fincas, terruños y sobre todo latifundios. Eran pocos los tenientes y casi todo lo que podía pisarse era de ellos. La mayoría carecía de propiedades y trabajaban los cultivares de otros. No pocas de las revoluciones, en todas las civilizaciones que han existido, pretendieron distribuir tierra. Por cierto: ¡qué hermoso era aquello de la tierra para quien la trabaja!
Joaquín Araújo, naturalista, escritor y divulgador medioambientalJoaquín Araújo, naturalista, escritor y divulgador medioambiental

Joaquín Araujo, ambientalista y divulgador

 

Ahora pasa lo mismo: casi todo es de casi nadie, pero la riqueza es abstracta y vive en los sistemas informáticos. Como no se ve, cabe sospechar que no existe. ¿Se figuran que un día de estos nos demuestren que todo era una fantasía y que la riqueza sigue estando en lo que crece sobre los suelos?

Lo planteo, entre otros motivos, porque no son pocos los científicos, economistas incluidos, que consideran que la fertilidad de la tierra debería ser la vara de medir la verdadera riqueza. Lo tenemos mal porque desde hace un siglo casi nadie quiere tener tierra y demasiados, de los que las tenían, han sido empujados a vivir en un centenar de metros cuadrados con muchos tabiques y pisar cemento durante la mayor parte de sus vidas.

Somos el país que más ignora el día de la Ttierra (22 de abril), fecha emblemática para todo el movimiento conservacionista mundial. Por cierto, tomo prestado de Jorge Riechman, el motivo de escribir con mayúscula y minúscula simultáneas la palabra que usamos para identificar el hogar común, de ahí la capitular, pero también es el punto concreto donde nos nacieron, el terruño, es decir lo que, por ser particular, conviene escribir con minúsculas.

Todos, en efecto, somos de la Tierra y de una tierra. Pero tanto la grande como la pequeña están siendo descuartizadas. Primero por la deserción masiva. No menos por la contaminación y el calentamiento global. Contundente resulta la cifra de que hace un siglo el 80 % de nuestros abuelos vivían en y de la tierra y ahora es menos del 15 % los que siguen en mundos rurales y menos del 8 % los que siguen cultivando o cuidando animales.

Todavía destroza más el que, en la actualidad y a escala mundial, cada día unos 200.000 campesinos dejen de serlo. Una auténtica catástrofe por mucho que seamos pocos los que así la interpretamos.

El resultado es que demasiados viven sin paisaje, es decir, sin Vivaciadad entreverando sus vidas, sin lontananzas reclamando sus miradas… Por tanto con los tímpanos atiborrados de ruidos, con un caminar encarcelado por los pasos de cebra. Las mayorías fueron arrancadas de sus propias raíces por esa rara obligación que suponía no quedarse donde habían nacido.

A todos se les olvida que aceptar el destierro es convocar al desierto, que cunda la soledad más aterradora que es la de en nosotros mismos. La desertificación anímica es condición previa a la otra, la que usa a la sequía y al calor para expulsar a casi toda la vida.

Hace ya mucho tiempo que Ortega y Gasset advirtió que nos adentrábamos en algo mucho peor que un desierto: en un país con gentes sin paisaje. Escribió concretamente: “Estamos despaisados, hemos perdido el contacto con nuestro paisaje… Como nos han quitado la otra mitad de nuestro ser sentimos el dolor de la amputación en la mitad que nos queda”. Despaisado, curiosa palabra por el filósofo acuñada y que todavía no ha sido aceptada por la Real Academia de la lengua.

Pero no acaba ahí la emasculación. Porque se nos ha generalizado también el uso del entorno vivo como una más de las trivialidades. El paisaje es también considerado un bien de consumo casi tan perecedero como un refresco. Si acaso nos salva el que resulta imposible tirarlo a la basura aunque sí resulta frecuente que demasiados tiren la basura en los espacios naturales.

Acaso no quepa ya remedio. A no ser que consigamos que llegue a muchos más lo que realmente suponen los paisajes. A los que, por cierto, no se ha podido dedicar más investigación por parte de las más variadas disciplinas científicas a lo largo de los últimos años.

Son oportunas muchas de ellas, aunque sigue faltando algo así como la teoría unificada de la física. No menos oportuno sería que se recuperara la planificación territorial como fundamental criterio de gestión de los territorios en un país que ha conseguido desordenarlos casi del todo. En cualquier caso los que nos sabemos dependientes de la vida no hemos distinguido nunca entre continente y contenido. Por eso recuerdo, con el ánimo de reconocernos de la Ttierra que:

Uno y lo mismo es el paisaje y lo que en él vive. Nosotros incluidos.

El hogar es más hogar cuando lo compartes con su paisaje

Sin paisaje pierdes la parte más inocente de ti mismo.

Demasiados ignoran que las ciudades no solo están en el campo sino que viven de todo lo que el campo les proporciona.

La fertilidad es el proceso más fascinante de este planeta y ofrece no solo la supervivencia a la casi totalidad de la vida sino que también es el mejor ejemplo de alianzas entre los diferentes, de simbiosis creativas, de pactos y asistencias mutuas. Son el territorio de la fraternidad más intensa.

Madre y hermana es la Ttierra. Los suelos que sudan praderas y bosques son pura ética funcionando. Lo que abrazan las raíces en realidad nos abraza a todos al mismo tiempo.

Así sucede bajo los primeros palmos de tierra pero es que sobre la misma, el paisaje entero debe ser interpretado como una vivaz vivencia convivencial con la vivacidad. En suma, la Ttierra es vivirla. No hacerlo es torturarla como hace esta civilización despaisada.

Por tanto si hay una España vacía es porque la otra, la llena, está llena de vacíos.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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