La solución al hambre mundial podría estar en su propia mesa

La solución al enorme, pero ineludible, reto de acabar con la pobreza y el hambre en el mundo podría apoyarse, paradójicamente, en la demanda de alimentos y el boom gastronómico, como demuestra el caso de Perú.
Jesús Quintana, jefe de la Oficina Subregional Andina del FIDA.Jesús Quintana, jefe de la Oficina Subregional Andina del FIDA.

Jesús Quintana, jefe de la Oficina Subregional Andina del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA)

 

En 2017, cerca de 770 millones de personas, casi el 11 % de la población mundial, era extremadamente pobre y vivía con menos de 1.9 dólares al día. Paralelamente, 815 millones de personas seguían sufriendo hambre. De ellos, casi 155 millones de niños menores de cinco años sufrían atrofia de crecimiento y otras afecciones debidas a la malnutrición.

Estas cifras frías esconden millones de tragedias personales, y representan un drama inaceptable para la humanidad, que en dos ocasiones, primero en 2000 con la Declaración del Milenio (que esperaba reducir la pobreza y el hambre a la mitad para 2015), y después en 2015, con la aprobación de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible (que propone erradicar pobreza y hambre antes de 15 años), se ha propuesto afrontar los dos mayores retos del mundo de manera concertada, aunque todavía sin éxito. Peor aún, tras un descenso durante una década, tanto pobreza como hambre han vuelto a aumentar.

La coincidencia de cifras entre pobres y hambrientos en el mundo no es casual, al ser dos caras de la misma moneda. Más coincidencias: el 80 % de los pobres vive en zonas rurales, y se dedica mayoritariamente a la agricultura, sobre todo de subsistencia. Las mujeres cabeza de hogar, los indígenas y otras minorías (ancianos, niños, discapacitados), sobre todo en entornos rurales, son los que sufren mayoritariamente ambos males.

Más allá de los estragos causados por guerras y conflictos, las causas incluyen la falta de inversiones productivas, la ausencia de servicios básicos como electricidad, agua o teléfono, la carencia de vías de comunicación y la mala calidad de la atención educativa o sanitaria.

El cambio climático, los desastres naturales, el deterioro ambiental y el crecimiento demográfico complican la situación. La exclusión económica y social causada por ambos males, pobreza y hambre, en los entornos rurales provoca migraciones, envejecimiento, despoblamiento, violencia y marginación que amenazan la estabilidad política y paz social de muchos países.

Con todo, la solución podría estar en los mismos pobres rurales, cuyos medios de vida tienen que ver con la agricultura, tanto para autoconsumo como para venta o intercambio. Las oportunidades vendrían de una población siempre creciente, que demanda más alimentos, y que al mismo tiempo los quiere, y los necesita, de mayor calidad.

Proveer a los pobres rurales con mayores inversiones, que permitan mejorar su producción y competitividad, y al mismo tiempo apoyarlos en sus capacidades gerenciales y de organización para que consigan procesar y comercializar eficazmente sus productos en los mercados locales, nacionales o incluso internacionales, podría ayudar a reducir la malnutrición y las desigualdades de manera drástica.

Una acción decidida en la provisión de bienes (caminos, riego, silos, etc) y servicios (crédito, asistencia técnica, información, etc) públicos, ayudaría a mejorar la productividad y la articulación con los mercados, aumentando los ingresos y mejorando la nutrición, al tiempo que se garantizan la seguridad y calidad alimentarias.

Por ello, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), una organización de Naciones Unidas dedicada a la lucha contra la pobreza rural, apoya a gobiernos de países en desarrollo para la aplicación de estas herramientas, buscando aunar mejoras en las condiciones de vida junto a la dignificación de los productores del campo.

El caso de Perú ilustra este enfoque. El país vive una revolución gastronómica fruto de varias décadas de trabajo creativo, esfuerzos e inversiones, y cuyo resultado es un liderazgo mundial en la cocina de vanguardia. En 2017, en la lista de los 50 Mejores Restaurantes de América Latina aparecían 10 de Perú, con grandes chefs como Gastón Acurio, Virgilio Martínez y Mitsuharu Tsumura.

La cocina, junto a la cultura y el turismo, constituyen la marca Perú, cuyos ingredientes son una gran biodiversidad y riqueza de productos, la mezcla de culturas, y la innovación. La demanda de una cocina de calidad no se queda en los restaurantes de élite, sino que se expande a comedores populares, bares y tabernas, e incluso a las mesas familiares.

Ese boom culinario, empero, convive con una triste realidad social: la pobreza rural fue del 44.4 % en 2017 con una leve subida de 0.6 % desde el año anterior. Dos millones y medio de personas pasaron hambre ese año, y 620 mil niños menores de 3 años (el 43.5 % del total) sufrieron de anemia. La mayor parte son familias rurales, que viven de producciones de subsistencia y otras tareas menores.

Sin embargo, dada la demanda de alimentos variados y de calidad tanto de restaurantes top como de cantinas populares y hogares, el apoyo a los pequeños agricultores para que mejoren sus producciones y la comercialicen efectivamente en los mercados ayudaría a reducir la pobreza a la vez que a disminuir la malnutrición y anemia, contando con la gastronomía y el turismo como armas para poner fin a la pobreza, acabar con el hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición, promover la agricultura sostenible, y, en suma, garantizar una vida más sana y equilibrada a los pobres rurales. Sí es posible.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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