La perversión de la gratuidad

Los argumentos racionales no son eficaces a la hora de alterar la creencia de la gente. (March Lorch, catedrático de Química y CC de la Comunicación en la Universidad de Hull, Inglaterra)
Joaquín Leguina, estadístico y escritor.  EFE/Archivo/Emilio NaranjoJoaquín Leguina, estadístico y escritor. EFE/Archivo/Emilio Naranjo

Joaquín Leguina, político, sociólogo, escritor

Partiendo de los primeros juegos florales, a finales de los años cincuenta del siglo XIX, la Renaixença (así se llamó el movimiento) trató de importar los fenómenos nacionalistas que el romanticismo alemán, para desgracia de los europeos, había extendido por toda Europa. Los promotores de la Renaixença pusieron en el primer plano de sus reivindicaciones la lengua. De hecho, la lengua es el único elemento “diferencial” que son capaces de exhibir los nacionalismos periféricos españoles. La lengua y el victimismo. Y todos coinciden en sostener un silogismo: “Para ser una nación y fundar así nuestro derecho a convertirnos en Estado, es preciso recuperar (o propagar o inventar) nuestra lengua”.

Como ha escrito Aurelio Arteta (La injusticia lingüística para la secesión catalana o vasca. FronteraD, Revista digital), las premisas y la conclusión carecen de fundamento, pero el silogismo resulta harto efectivo.

Con la llegada de la democracia (Constitución de 1978) se aprobó el Estatuto de Sau y Tarradellas convocó elecciones autonómicas para el 20 de marzo de 1980. Los resultados de esas elecciones trastocaron las previsiones que daban como seguro ganador al PSC-PSOE, pues Jordi Pujol -al frente de CiU- obtuvo una victoria contra todo pronóstico, con una ventaja reducida pero clara (casi el 28 % de los votos y 43 escaños). Aquella victoria fue el fruto de una campaña de gran intensidad y contó con el apoyo de la patronal catalana, cuya trayectoria política ha sido, desde el siglo XIX hasta el pujolismo, en verdad, lamentable: desde el pistolerismo del sindicato libre (por ejemplo, el asesinato de Salvador Seguí) hasta el apoyo a los golpes de Estado de Primo de Rivera y de Franco.

Y con Pujol llegó la hora de “hacer país”. Ya en octubre de 1990 se hizo público un documento en el que se explicaba qué era “hacer país”. Recordemos algunos párrafos de aquel documento:

Configuración de la personalidad catalana: explicación y potenciación de los ejes básicos de “nuestra personalidad colectiva”. La divulgación de la historia y del hecho nacional catalán: difusión de los “acontecimientos cruciales de nuestra historia y de nuestros personajes históricos”. El nuevo concepto de nación dentro del marco europeo: Catalunya (Països Catalans), como nación europea emergente. La Europa sin fronteras ha de ser una Europa que reconozca a naciones como Cataluña. El descubrimiento de un potencial futuro: Catalunya (Països Catalans), como centro de gravedad del sur de la Comunidad Económica Europea (CEE). “Catalunya es una nación discriminada que no puede desarrollar libremente su potencial cultural y económico”. Descubrimiento, constatación y divulgación de los hechos discriminatorios y carencias de forma contundente y sistemática. “Catalunya es un pueblo que camina en busca de su soberanía dentro del marco europeo”.

Y en el campo de la enseñanza:

“Impulsar el sentimiento nacional catalán de los profesores, padres y estudiantes y garantizar el perfecto conocimiento de la geografía, historia y otros hechos socioculturales de Catalunya, además de potenciar el uso de la lengua catalana por parte de profesores, maestros y alumnos. Exigir el correcto conocimiento de la lengua, historia y geografía de Catalunya y de los Països Catalans a todos los profesores, maestros y alumnos. Editar y emplear libros de texto adecuados acerca de la historia, geografía, arte, literatura, economía, etcétera, de Catalunya y de los Països Catalans. Establecer acuerdos con editoriales para su elaboración y difusión, con subvenciones si es necesario”.

Ante tamaño disparate, ¿qué hicieron desde entonces los sucesivos gobiernos centrales (González, Aznar, Zapatero)? En pocas palabras: nada. Se limitaron a mirar para otro lado porque Pujol era “un buen chico” que nunca llegaría a presentar problemas de fondo de tipo separatista; al fin y al cabo, representaba a la burguesía catalana, siempre llena de seny.

Cuando Pujol decidió no presentarse más había presidido 23 años la Generalidad y, sobre todo, había creado un “régimen”. Aparte, claro está, de haber saqueado las arcas públicas en beneficio de su familia y allegados.

Luego llegaron Maragall y Zapatero y acabaron de arreglarlo con aquel maldito Estatuto. La cosa empezó con estas palabras de Zapatero: “Lo común y lo singular, lo general y los hechos diferenciales, no tienen por qué ser contradictorios ni mutuamente excluyentes”. Galimatías muy propio del personaje, porque a las competencias comunes a todas las Comunidades Autónomas se les garantizaría la cooperación federal, multilateral, mientras “los hechos diferenciales darán lugar a una relación bilateral entre la Administración General del Estado y las Comunidades Autónomas concernidas”, es decir, Cataluña y Euskadi para empezar. “Pero esto no quiere decir que tenga que funcionar totalmente aparte de la cooperación federal (multilateral)”.

Zapatero cometió además dos imprudencias gravísimas. Se negó a retocar la ley por la cual se rigen los referendos y no previó, o no quiso plantearse, la posibilidad de que el Tribunal Constitucional echara por tierra parte del Estatuto después de haber sido votado en referéndum.

El Estatuto no era constitucional porque hacía mangas y capirotes de la multilateralidad, concepto intrínseco a cualquier Estado compuesto (federal o de otro tipo). No lo era porque su sistema de financiación, caso de generalizarse, simplemente, haría desaparecer el Estado. No lo era porque pretendía crear catalanes de primera (los que hablan la lengua “propia”) y catalanes de segunda (los castellanohablantes). No lo era porque como me dijo en privado un veterano líder de Izquierda Unida “no estamos ante un proyecto de Ley, sino ante un acta de rendición”.

Nadie en su sano juicio puede colocarse en medio de las trincheras y cargar a la vez contra los separatistas y contra el PP por haber recurrido ante el TC un Estatuto impresentable.

Tengo para mí que el golpe contra la democracia perpetrado días pasados en el Parlamento catalán no es sino la consecuencia de la posición “consentidora” que se ha ejecutado sin medida desde los sucesivos gobiernos centrales, empezando por la transferencia de toda la educación y terminando por consentir (Aznar) una ley de la lengua que margina al castellano en Cataluña y que es inconstitucional de arriba abajo. A partir de aquella aberración las empresas se vieron obligadas a utilizar el catalán en sus facturas y documentos; los rótulos tuvieron que ser redactados, al menos, en catalán y el etiquetado ha de figurar exclusivamente en catalán. Y lo más grave: se previeron sanciones en caso de incumplimiento. En definitiva, el nacionalismo hizo que la ley convirtiese un derecho (utilizar el catalán) en un deber.

Hasta la presente crisis, los sucesivos gobiernos españoles han tratado al nacionalismo catalán como esos padres irresponsables que malcrían a sus hijos consintiéndoles todo tipo de tropelías, sin aplicarles los correctivos necesarios. No es extraño, por tanto, que se hayan creído, primero, que “somos lo más altos, los más guapos, los más listos, los más trabajadores y no volamos como las águilas porque nos lo impide Madrid”, y luego, como esos niños malcriados, no asumen ninguna de sus responsabilidades y, desde luego, tampoco las derivadas de la crisis que comenzó en 2008: “La culpa de la crisis en Cataluña la tiene -cómo no- el Gobierno de Madrid”. Y poco parece haber importado a los “catalanes de seny” que el panorama político catalán se haya convertido en un vertedero de radicalidades e insensateces de imposible racionalización.

Y el día 2 de octubre, ¿a dialogar? Con estos exaltados, ni hablar. Dejémosles que sigan en su podrida salsa y, una vez derrotados, hablemos como personas civilizadas. Los actuales dirigentes del nacionalismo no lo son.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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