La nueva política se hace mayor

En el año que acaba Podemos y Ciudadanos confirmaron su llegada a la primera línea del mapa político, que se produjo en 2015, pero no han logrado materializar las expectativas de cambio que habían despertado como autodenominados representantes de la nueva política.
MADRID, 22/12/2016.- El líder de Podemos, Pablo Iglesias durante la rueda de prensa en la que se ha mostrado satisfecho por los resultados de la consMADRID, 22/12/2016.- El líder de Podemos, Pablo Iglesias durante la rueda de prensa en la que se ha mostrado satisfecho por los resultados de la consulta sobre las reglas de su Asamblea Ciudadana. EFE/Emilio Naranjo

 

Carlos Moral

 

Aunque ambas fuerzas han obtenido brillantes resultados electorales, -sobre todo en el caso de Podemos, que en junio estuvo a punto de superar al PSOE- su rápido crecimiento se ha detenido y, a la espera de conocer cuál es su influencia en la legislatura, se enfrentan a diferencias internas, relevantes en el caso de Podemos, que sus líderes pretenden solventar con direcciones más fuertes.

Podemos

La formación morada ha sufrido en 2016 algunos de los problemas que aquejan a los partidos tradicionales y, a dos meses de su Asamblea Ciudadana –Vistalegre II-, discute en voz alta y con aspavientos cómo organizarse y qué estrategia adoptar en el futuro.
Si en la asamblea de hace dos años los principales líderes se alineaban en el mismo bando, hoy se habla como sectores enfrentados de “pablistas” -seguidores del secretario general, Pablo Iglesias- y “errejonistas” -comparten las tesis del número dos, Íñigo Errejón-. Los que eran oposición en 2014 -agrupados básicamente en torno a Anticapitalistas– ahora están más próximos a Iglesias.
El debate se centra en si Podemos debe ser una organización transversal, que huya de arrinconarse en la izquierda, con vocación no solo de gobernar sino también de influir desde la oposición, como defienden el sector “errejonista”, o tiene que definirse en el exclusivo espectro de la izquierda, llevar la oposición a la calle y huir de pactos, según sostienen los partidarios de Iglesias..
Las diferencias entre unos y otros afloraron en Madrid la primavera pasada, pero la lectura de los resultados de las elecciones del 26 de junio las ha hecho más profundas. En esos comicios Podemos, de la mano de IU, consiguió 71 escaños y un porcentaje del 21,1 % de los votos, números semejantes a los de diciembre de 2015 (69 escaños Podemos y 2 IU).
Sin embargo, los buenos resultados quedaron empañados por la pérdida de un millón de votos y, sobre todo, porque no se produjo el anunciado “sorpasso” al PSOE. Además, Podemos se quedó sin opciones de contribuir a formar gobierno y se puso en cuestión si su negativa a la investidura del socialista Pedro Sánchez en marzo fue acertada.
La disyuntiva es si para crecer en votos Podemos tiene que buscar una posición que atraiga el voto socialdemócrata y moderado (Errejón) o si moderarse puede suponer perder a los electores ya convencidos con pocas posibilidades de atraer a más (Iglesias).
El otro debate pendiente es el organizativo: Iglesias, cuyo liderazgo nadie discute, quiere un partido centralizado en el que los dictados de la dirección no sean cuestionados, mientras que otros abogan por mantener la organización más abierta que diferenció inicialmente a Podemos de los otros partidos.
De cómo los dos sectores resuelvan finalmente sus diferencias dependerá la dirección hacia la que se encamine Podemos, que con apenas tres años de vida empieza a enfrentarse a dilemas semejantes a los que afronta la “vieja política”.

 

Ciudadanos

La crisis de madurez también parece afectar a la otra pata de la “nueva política”, Ciudadanos, y presenta ciertas simetrías con Podemos: los resultados del 26 de junio, aunque positivos en valor absoluto, causaron cierta decepción; tampoco se cuestiona al líder, Albert Rivera; y también brotan las primeras desavenencias internas.
Ciudadanos logró en junio 40 escaños, ocho menos que en diciembre de 2015, con un porcentaje de votos similar. Su estrategia fue la misma en los dos casos: favorecer la formación de gobierno y situarse en el centro de las negociaciones.
Si en febrero alcanzó un acuerdo para la investidura, luego frustrada, del socialista Pedro Sánchez, en otoño logró otro con el PP para llevar a Mariano Rajoy a La Moncloa. En el segundo caso tuvo que completar un cambio de posición importante, pues durante meses defendió que en ningún caso votaría a favor del actual presidente del Gobierno.
Ciudadanos aspira a ocupar el centro político entre PSOE y PP, un espacio por el que compiten esas dos formaciones y huérfano de representación alternativa desde la desaparición del CDS en 1993, en el que el voto útil suele ser determinante. Su propósito ha sido mostrarse como un partido flexible y dialogante, capaz de lograr acuerdos.
Sin embargo, desde que en septiembre de 2015 se convirtió en la segunda fuerza política en Cataluña, sus resultados electorales han ido a la baja, en particular en las autonómicas vascas y gallegas de septiembre pasado, donde se quedó sin representantes, un serio lastre para un partido que en 2014 apostó por ampliar su marco de acción desde Cataluña a todo el país.
Las primeras discrepancias han surgido en vísperas de su Asamblea de febrero en torno a la definición del partido, que en sus estatutos ha sustituido la etiqueta socialdemócrata por la de liberal, y en relación con sus posiciones contra el nacionalismo -los críticos consideran que se han rebajado en los últimos meses en busca de ampliar la base electoral-.
Rivera desea una organización controlada estrechamente por la dirección, de la que sean expulsadas “las corrientes de opinión que sean contrarias a los intereses del partido”, de acuerdo con la ponencia aprobada por el consejo general del partido, que también restringe las primarias. EFE

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