La llegada a España de inmigrantes irregulares crece en 2018

El Gobierno español ha anunciado que acogerá a los 629 inmigrantes irregulares rescatados frente a la costa libia la pasada semana por el barco Aquarius, a los que Italia había prohibido desembarcar en ningún puerto de su territorio. Un final feliz para este episodio que no cierra el problema de la inmigración irregular que parece lejos de remitir en España y en Europa.
Fotografía del buque 'Aquarius', fletado por las ONG Médicos Sin Fronteras y SOS Mediterraneé para el rescate de refugiados. EFE/J.MartinFotografía del buque "Aquarius", fletado por las ONG Médicos Sin Fronteras y SOS Mediterraneé para el rescate de refugiados. EFE/J.Martin

Gerardo Domínguez

Según datos de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (FRONTEX) cerca de 1.100 inmigrantes irregulares llegaron a España durante el mes de abril de este año cruzando el Mediterráneo desde el norte de África, por una ruta conocida como del Mediterráneo occidental. Un incremento del 25 % respecto al mismo mes de 2017.

En el primer cuatrimestre de 2018, señala Frontex, llegaron 4.600 irregulares a España, la mayoría proveniente de Marruecos y Malí. Un aumento de 95 personas en relación al mismo período del año anterior.

En términos continentales, el número total de inmigrantes llegados a Europa durante el pasado abril por las tres principales rutas (con destino en Grecia, Italia y España) fue de 10.500, un tercio menos que en 2017.

También decreció la cifra de llegadas registrada en los cuatro primeros meses de este año, que fueron 29.700, un 44 % menos que en el primer cuatrimestre de 2017. En los dos casos esta caída en el número de inmigrantes llegados a Europa está relacionada con la reducción en el número de llegadas a Italia.

Por la llamada ruta del Mediterráneo central, que tiene como destino la península italiana, se registraron 2.800 llegadas durante el mes de abril, un 78 % menos en relación al año anterior. El total de inmigrantes irregulares detectados en esta ruta en los primeros cuatro meses fue de 9.400, dos tercios menos que en 2017. Tunecinos y eritreos son las dos principales nacionalidades llegadas a costas italianas.

Al igual que en el Mediterráneo occidental, las llegadas a Grecia a través de la ruta del Mediterráneo oriental también han aumentado: dos tercios en abril de 2017 hasta situarse en 6.700 y el 92 por ciento en el primer cuatrimestre de 2018 hasta alcanzar la cifra de 14.900. La mayoría de los llegados a Grecia provenían de Irak y Siria.

Según Frontex la tendencia creciente de llegadas de inmigrantes irregulares a España alcanzó su pico en 2017, año en el que se doblaron las de 2016, y máximo histórico desde 2009, cuando la Agencia Europea de Aduanas comenzó a hacer balances sobre la inmigración irregular hacia Europa.

Unos números que la política de “puertos cerrados” y tolerancia cero a la inmigración irregular del nuevo Gobierno italiano puede ayudar a multiplicar si, ante la presión italiana las mafias del tráfico de personas, cambian el destino de Italia a España. Esta es al menos la opinión de grupos humanitarios que pronostican el agravamiento de la situación en España durante este verano.

El problema migratorio será uno de los mayores desafíos a los que tendrá que enfrentarse el nuevo Gobierno español presidido por Pedro Sánchez. Su primera respuesta, recibir a los inmigrantes a bordo del “Aquarius”, ha sido bien acogida por la mayoría de fuerzas políticas y por la opinión pública.

Además, parece un cambio en la postura oficial respecto al problema migratorio si tenemos en cuenta que hace unos meses la Comisión Europea reprochaba a España haber acogido solo a 1.983 refugiados, el 11 % de lo prometido en 2015.

Pero más allá de los gestos humanitarios, necesarios para paliar situaciones puntuales como la del Aquarius, es importante impulsar desde Bruselas una política común para ayudar económicamente tanto a los países de origen de los inmigrantes como a los de acogida.

Al mismo tiempo se hace necesario responder con una sola voz a un problema que, según coinciden la mayoría de analistas, puede ser transcendental en los próximos años para la supervivencia de Europa tal como la conocemos.

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