La importancia de los 23

Llega el Mundial de Rusia 2018. Todavía recuerdo el orgullo que sentí cuando fui uno de los elegidos para jugar en el de México 86. Me sentí un privilegiado. Tenía lo que todo el mundo desea y ese año sólo conseguimos el reto 22 futbolistas. Ahora son 23 y todos importantes.
Juan Señor (d) disputa un balón con un futbolista francés durante la final de la Eurocopa que disputaron las selecciones de España y Francia en elJuan Señor (d) disputa un balón con un futbolista francés durante la final de la Eurocopa que disputaron las selecciones de España y Francia en el estadio Parque de los Príncipes de París en 1984.Archivo/EFE

Juan Señor, exjugador de la selección española de Fútbol

 

Es un orgullo. Una sensación incomparable. Cuando me enteré pensé en los mios, pero también en los millones de españoles que iban a estar empujando siempre y que esperaban lo mejor de mi.

Fue un proceso largo. De fortalecer la mente. La temporada previa al Mundial le pedí a mi entrenador en el Real Zaragoza, Luis Costa, ir al hotel la noche de antes para concentrarme y acostumbrarme a la rutina que tenía la selección española. El Zaragoza no se concentraba.

En el debut frente a Brasil fui suplente, como en otros partidos del Mundial. En los momentos pre partido sentía rabia por dentro porque quería estar entre los once titulares. Pero lo trasladé al lado positivo y me sirvió para darlo todo en el terreno de juego. Energía positiva siempre.

Y viví un proceso curioso. Trabajé mentalmente para que si no estaba en el once titular, al menos integrar la lista de los catorce. Juegan 11 +3. Sería el primer recambio. Ese era mi objetivo en esa atmósfera. Un desafío. El hombre que podía cambiar el devenir del partido desde el banquillo. Y así fue. Salió bien.

Mi gol contra Bélgica, tras ser suplente, ratifica que mi pensamiento estaba en darlo todo siempre. Colaboré con el equipo y le dio importancia a todo mi trabajo. Yo soy diestro pero trabajé mucho la pierna izquierda y así marqué el gol. Me atrevía a darle con ambas piernas en cualquier situación, menos en los penaltis. Ser ambidiestro en el mundo del fútbol es un privilegio. Suele ser habitual en el fútbol holandés, en la escuela del Ajax, ver jugadores de este perfil. En España no se ve tanto, pero yo siempre aspiraba a tocar el balón con precisión con las dos piernas.

Esta fortaleza la tienen que tener todos los futbolistas de Julen Lopetegi en Rusia. Del primero al último. Entiendo la pequeña decepción de quién se ha quedado sin Mundial. Los Morata, Sergi Roberto o Gerard Moreno. Pero esto no deja de ser una carrera que continúa. Han demostrado que son futbolistas de gran nivel y tiene que ser un revulsivo para estar en la siguiente.

Rusia no va a ser el Mundial de Messi, Cristiano o Neymar. Va a ser un Mundial del colectivo. Los que marcarán la diferencia en España son aquellos que sin ser totalmente habituales, su papel va a ser imprescindible. Aquellos que acepten el rol y tengan la cabeza preparada para todo. Ganar un Mundial es la suma de múltiples factores. ¿Cómo se gana un Mundial?, preguntan a menudo amigos y aficionados. Fútbol, táctica, sanciones, lesiones, suerte… Un cúmulo de parámetros te pueden dejar a un lado u otro de la red, como en Match Point, la película de Woody Allen.

Y sin duda, la mente. La psicología, el talante, la forma de vivir, de abordar la situaciones límite. El Mundial es el paraíso de los elegidos. Y en los momentos cumbre, con la presión que sufren los futbolistas, empujados por millones de aficionados en todo el mundo, llega la hora de la verdad. Aquellos que dominen el vértigo, la ansiedad, tendrán mucho ganado.

En su momento, en mi etapa en la selección española, el aspecto mental nos sirvió a todos también para ganarle a Dinamarca, que venían de una gran fase de grupos. Era el Mundial del 86 en México. Inolvidable. Un 5-1, con los cuatro famosos goles de Emilio Butragueño. Aquel día comenzó la gente a ir a Cibeles a celebrar los triunfos.

Aquel partido es uno de mis favoritos. Y es el ejemplo de cómo se comienzan a ganar los envites, ya antes de saltar al césped. Un día antes fuimos a concentrarnos a un hotel que no reunía las condiciones. Los capitanes de nuestra selección le dijeron al seleccionador, Miguel Muñoz, que ese lugar no era idóneo para la selección. Nos jugábamos prestigio. Y había que estar tranquilos. No queríamos distracciones.

Nos trasladaron. Conseguimos un cambio de hotel. Allí se alojaban nuestros rivales. Dinamarca no daba crédito. Entramos en el hall y no entendían nada. Habitualmente las selecciones no coinciden nunca en un mismo lugar. Fue una sorpresa. Les ganamos la guerra psicológica. Una especie de invasión, que luego en el campo, al día siguiente fue talismán. Una victoria rotunda, de época. El día de Butragueño. Está en los libros de historia del fútbol.

Merecimos más en aquel Mundial. Era el embrión de lo que ha venido después. Había talento, calidad y compromiso. Nos quedamos en la orilla, en los cuartos de final. En 2010, cuando todos disfrutamos con el gol de Iniesta en Sudáfrica me acordé de todos aquellos que hemos vestido la camiseta de la selección algún día. Algunos estuvimos cerca, pero no pudimos llegar a la final. Vicente del Bosque y sus 23 futbolistas exhibieron fútbol, arte y determinación.

Un orgullo sentirse español. Y ver cómo nuestro fútbol ha subido todos los peldaños pendientes, no se asusta cuando le tildan de favorito al equipo. Julen Lopetegui ha reunido para Rusia un grupo de 23 grandes jugadores. E insisto, los 23 son clave. No sólo el once titular que salga ante Portugal. El colectivo es una piña. Y de ese pegamento, de esa unión, va a depender mucho el éxito de España en Rusia 2018.

Somos una voz, una palabra y un escudo, que es España.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de susmulti autores.