De la eclosión de la intolerancia a la mundialización del odio

El mitin de Vox en Vista Alegre ha desatado alarmas tras su demostración de fuerza al comprobar autocumplida la profecía de emergencia política de una presumible extrema derecha cuya existencia, sociológicamente, todos constataban en España.
Esteban Ibarra, presidente de Movimiento contra la Intolerancia. EFE Esteban Ibarra, presidente de Movimiento contra la Intolerancia. EFE

Esteban Ibarra, presidente de Movimiento contra la Intolerancia y secretario general del Consejo de Víctimas de Delitos de Odio

 

Solo había que hablar con la gente y comprobar que existen mensajes radicalizados que fluyen hacia un extremismo de posiciones en temas como el separatismo en Cataluña o País Vasco, la inmigración y refugio, los derechos de la mujer y de personas LGTBI, la corrupción y el descrédito de los políticos, la intolerancia religiosa u otros nada desdeñables, como base desde donde se alienta una polarización que quiebra valores democráticos.

Ha sido necesario un contexto internacional favorable a la expansión de un clima de intolerancia facilitado por las redes sociales e internet, y alentado por algunos medios convencionales que colaron en nuestras casas, por distintas vías, mensajes de las nuevas estrellas de la pantalla, “inconformistas” extremos, como los Trump, Bolsonaro, Salvini, Orban, LePen, Wilder o los “disidentes” ultras de Amanecer Dorado griego, AfA alemán, Jobbik húngaro y otros que prometen resolver problemas desde principios de autoridad populista. Eso sí, alejados de las viejas formulas de los fascismos de uniforme y correaje que todavía usan algunos.

Lo que está sucediendo en el mundo, ante el fracaso y desorden de una globalización financiera desbocada y sin derechos humanos, es el síntoma de una eclosión de intolerancia que puede acabar en un tsunami donde el “todos contra todos” esté garantizado por la gran mutación que vivimos y por no poner sensatez en nuestro presente.

La emergencia de una nueva extrema derecha mundial es el síntoma de una profunda crisis de múltiples cabezas: la sistémica, de naturaleza deshumanizante como evidencian las guerras; la redistributiva, que apunta al final del estado del bienestar y quiebra de la solidaridad; la de proyecto progresista, al abdicar de su responsabilidad de conducción frente a graves problemas planetarios, regionales, nacionales y locales que golpean desde los grandes objetivos que estableció la Carta de Naciones Unidas de Paz y Tolerancia, hasta los retos de emancipación social, de lucha contra la opresión y defensa de la libertad e igualdad, y los muy graves problemas de medio ambiente y desarmonía ecológica.

La cuestión es cómo abordar la situación desde una perspectiva progresista y neoilustrada que se enfrente al desorden y a la plutocracia que lo genera, que no caiga en nacionalismos rancios o recientes, no pierda principios y valores que configuran la axiología de la dignidad humana y, de paso, cierre la puerta a polarizaciones que se alimentan interactivamente promoviendo identitarismos y totalitarismos de nuevo cuño que, si bien parecen “blandos” y “democráticos”, liquidan las conquistas históricas de la humanidad en términos de libertad, igualdad y progreso. Conquistas que situaron a la persona, su dignidad y derechos por encima de Estados y grupos identitarios como hizo, ahora hace 70 años, la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Se debe ir a la causa de los problemas y avanzar, con realismo pragmático, en su resolución, conociendo que a veces son globales como la dinámica de acumulación de capital y la generación de pobreza o el sarpullido de guerras y conflictos geopolíticos, la galopante dinámica desinformativa mundial que incluye asesinatos de periodistas y fake news; pero otras veces son de ámbito regional como la deficitaria política de inmigración y refugio europea o su indolencia ante el crecimiento del racismo y la xenofobia; también de ámbito nacional, como la no resuelta modificación del Título VIII de la Constitución Española; y otros de tipo municipal, como la suciedad, los agujeros en las calles y el clientelismo político. Y para abordarlo falta calidad democrática, solidaridad y tolerancia ante la diversidad humana, desprendimiento de intereses personales o de tribu y vocación de servir, no de trincar poder y riqueza.

Para encarar el problema del extremismo y radicalización en la zona derecha del espectro político lo primero, como diría Umberto Eco, es alcanzar cierta unidad lexicológica para entenderse. Lo que unos llaman derecha extrema, otros lo llaman extrema derecha y otros, ultraderecha. En fin, es un escenario de estigmatizaciones que de entrada conduce al fracaso porque crea fronteras cerebrales e impide el diálogo razonable, lo que no quita realizar críticas abiertas y firmes a todo aquello que vulnere los derechos humanos. Recordemos cuando en los años 30 el comunismo bolchevique llamaba “socialfascista” a todo socialista democrático que denunciaba la deriva dictatorial del régimen soviético, iniciándose la destrucción de la izquierda democrática precisamente por la izquierda totalitaria.

No obstante, tan acostumbrados estamos los humanos a clasificar que tendremos la oportunidad de hacerlo en las elecciones europeas porque se agruparán los protagonistas, no a partir de campañas de estigmatización, sino por sí mismos.

El escenario de radicalización se debería observar en esas próximas elecciones y su ubicación ideológica señalaría rasgos significativos de derecha extrema a partidos conocidos por su euroescepticismo o eurofobia, con un discurso anti-élites, y con propuestas políticas de inmigración muy restrictivas o excluyentes, siempre en un espacio diferenciado y cuasi tangente, de los partidos de derecha convencional. También como extrema derecha se puede situar a partidos claramente xenófobos, anti-inmigración, con frecuencia anti-islámicos y discriminatorios, aunque niegan cualquier acusación de racismo y pueden evitar, de momento, el antisemitismo. Y como ultraderecha a partidos con claras tendencias racistas y antisemitas, en ocasiones relacionados con delitos de odio y con el negacionismo del Holocausto, incluso algunos defienden abiertamente los ideales y símbolos del nazismo.

En general tenemos xenofobia en diverso grado, pese a sus diferencias claras, pero se debería evitar un uso estigmatizador de los calificativos pues daña la comunicación con votantes recuperables hacia valores democráticos. Eso sería imposible con discursos tipo “totum revolutum”, para no contribuir a la profecía de mejora electoral en las próximas europeas, en un contexto donde la mundialización del odio trae al presente la vigencia del mensaje volteriano de cuidado y prudencia porque “la Intolerancia, ha sembrado el planeta de matanzas”.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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