La Alemania europea que necesitamos

Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, Alemania da signos de fragilidad política (que no económica).
Diego López Garrido. EFE/Archivo/Paco CamposDiego López Garrido. EFE/Archivo/Paco Campos

Diego López Garrido, presidente del Consejo de Asuntos Europeos de la Fundación Alternativas

 

Si los 400.000 militantes del SPD aprueban la “Groko” -como llaman a la gran coalición en las redes sociales- Angela Merkel habrá salido del atolladero. Si los militantes del SPD la rechazan, el escenario sería definitivamente malo, y no solo para Alemania. La fecha prevista para saberlo es el 4 de marzo, día de las elecciones generales italianas. Importante coincidencia.

La hasta entonces esperanzadora coyuntura europea dio un giro inesperado en septiembre pasado. El descenso de democristianos y socialistas y el ascenso neonazi ultranacionalista en las elecciones germanas es verdaderamente preocupante. Más aún si lo unimos al autoritarismo rampante en Polonia y Hungría, a la entrada de la extrema derecha en el Gobierno de Austria y a la fractura entre el Este, obsesionado con la amenaza de Putin, y el Sur, obsesionado con la inmigración mediterránea.

Cuando más necesitamos a una potente Alemania -que exporta a la UE un 30 % más de lo que importa-, resulta que su electorado se divide y hace muy difícil un ejecutivo sólido y creíble.

Es cierto que el vacío alemán está siendo cubierto, en parte y desde Francia, por un sorprendente Emmanuel Macron. Su discurso ambicioso, activo, antiproteccionista y europeísta es una transitoria bendición. Ha sabido aprovechar una coyuntura europea paradójicamente esquizoide: clara recuperación económica y del empleo y confusa perspectiva política e institucional.

Confusa, debido al Brexit, a las incertidumbres española e italiana y a la incapacidad de consolidar el Estado de Derecho en los países que pertenecieron a la esfera de dominación soviética y que hoy solo creen en la protección norteamericana -a través de la OTAN- de lo que viven como amenaza rusa.

Hay que reconocer el liderazgo que intenta Macron, que ha logrado que sus propuestas más audaces sean aceptadas por sus aún inciertos homólogos alemanes. Por ejemplo, la reforma del euro, que incorporaría un presupuesto específico; un Fondo Monetario propio y un superministro de finanzas; una defensa europea con personalidad propia; o una política migratoria y de asilo solidarias (seguramente la parte más difícil del paquete de reformas, apoyado por el presidente de la CE, Jean-Claude Juncker); o un mercado digital único.

Pero el impulso francés no basta. Sin una Alemania estable la Unión Europea no podrá abordar con éxito el decisivo año 2018, que debe preparar a la UE para las también decisivas elecciones al Parlamento Europeo de 2019.

Todo esto requiere un gobierno fuerte en Berlín. Y no veo otro que el acordado entre Merkel y Schulz (víctima primera de la situación política), con el programa ya negociado. Unas nuevas elecciones no son una opción razonable. De ellas saldría una relación de fuerzas aún peor para los grandes partidos, y aún mejor para los populistas de Alianza por Alemania.

Quizá no sean suficientes para los militantes socialdemócratas las visibles cesiones que ha tenido que hacer Angela Merkel, la mayor de ellas la cartera de Finanzas para el SPD. Pero si no son suficientes para el SPD, para Europa y su proyecto sí lo son.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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