Jovenes occidentales abducidos por la yihad

¿Cuál es la causa de que tantos jóvenes europeos se enrolen en la llamada «guerra santa» y que pasen a formar parte del Estado Islámico? Capaces de cometer atroces atentados yihadistas. Capaces de inmolarse. ¿Qué lleva, en un breve espacio de tiempo, a adquirir una radicalización tan brutal, a mostrarse tan violentos?
Javier Urra,  expresidente de la Red Europea de Defensores del Menor.Javier Urra, expresidente de la Red Europea de Defensores del Menor.

Javier Urra, académico de Número de la Academia de Psicología de España

 

Asesinos natos es solo el título de una película de cine. Los monstruos no nacen, se hacen.

Tenemos jóvenes que no se sienten bien, que ocultan un vacío existencial. Ahora sin razón para vivir, tienen una para morir, porque la muerte los convierte en mártires.

Hay adolescentes violentos que buscan una causa donde poder vomitar su náusea. El “canto de sirena” llega desde la zona caliente, el foco de guerra. El territorio en expansión. El Daesh busca atraer jóvenes, ya lo ha conseguido en Ceuta, en Melilla, en Cataluña. Reclutan muyahidines y mujeres para enviar al califato.

Las chicas jóvenes pasan a ser esclavas sexuales en una poligamia donde están mal vistos los celos. Se las induce a casarse, a tener hijos “para la causa”, a ser las “madres de la futura generación de terroristas”, según el magistrado Eloy Velasco, de la Audiencia Nacional. Eligen a chicas vulnerables, con problemas de adaptación, afectivos, familiares y hasta con deficiencias mentales graves. Estudian sus puntos débiles para una mejor captación, que hacen a través de las redes sociales, creando grupos de WhatsApp, Telegram o Facebook.

La pertenencia a estos grupos las hace sentirse parte de un proyecto, de una identidad común, reafirmando así sus convicciones. Una vez dentro, las convencen de que ISIS es la solución a todos sus problemas, concluye el magistrado que instruye casos de yihadismo en España.

Algunas chicas también se convierten en combatientes o aprovechando sus amplios vestidos se suicidan buscando causar el mayor daño posible.

Atraer la ferocidad de la batalla. La llamada desde la red, para convertirse en salvadores, para inmolarse por una causa. La llamada desde la zona del conflicto.

El ISIS es una realidad, el reverso de la libertad individual, de la cultura, la creatividad, el arte, la comodidad. Algunos de estos extremistas nacen en Occidente, pero ¿cuál es su sentimiento? ¿Se sienten distintos, desclasados, desintegrados?

Son jóvenes que se sienten humillados por la sociedad que les rodea, de segunda fila, y el ISIS los sube al pedestal, los envía sin pasos previos al paraíso. Son fanáticos atraídos como por un imán que les garantiza una estructura militar, machista, con criterios estratégicos. No conocen la compasión, el perdón, la duda. Vence el más psicopático, el más cruel.

Funcionan por células cuando están fuera del califato. La presión del grupo, el sentimiento comprometido de “hermanos”. Sentimientos de inclusión por pertenencia. Convicción de que no hay vuelta atrás. Obediencia debida. Añádase excitación, anticipación, la efímera fama, el reconocimiento solidario del otro, la llamada de los vídeos violentos en la red, de las noticias de los medios. Sí, efecto llamada.

La radicalización ahora es en “microondas”, y es que en general se fanatizan de forma exprés. No, no se forman en las escuelas, ni en las mezquitas, sino en la red, en un volcán de odio, aderezado de fundamentalismo salafista.

Buscan explicaciones para llevar a efecto las conductas que desean ejecutar. No hay razones. Tan convencidos de su actuar que arrastran a sus hermanos más jóvenes. La red social de Facebook es la más utilizada para los primeros contactos.

Los actos terroristas sirven de publicidad, la captación se centra en jóvenes con unas características previas. A veces son enviados por sus propios padres.

En España hay más de 270 presos por delitos relacionados con el terrorismo yihadista; más que etarras. Solo en 2017 se realizaron 84 detenciones (93 % hombres; 28 % de nacionalidad española); teniendo 28 de las personas entre 31 y 40 años, 12 personas entre 26 y 30 años, y 12 entre 18 y 25. También tenemos en centros de reforma a menores de 18 años, bastante refractarios a la conmiseración con respeto al otro o simplemente a la racionalización del debate, de hecho 3 de los detenidos en 2017 eran menores de edad.

Estamos ante una guerra híbrida. Declarada por un estado donde política, dinero y religión se confunden, que recluta a jóvenes problemáticos entendido como asociales, encerrados en sí mismos, que rechazan las normas que entre todos nos hemos dado.

No hay duda, buscan la venganza, posicionados idílicamente como “David contra Goliat”, la inmensa mayoría; aparte de psicopatologías reseñables puntúan alto en psicopatía. Buscan convertirse en superhéroes.

La cuestión es cómo prevenir un continuo reclutamiento. Los captores les prometen el paraíso, buscan aislar a los elegidos de su entorno y mediante técnicas de manipulación mental y códigos visuales ofrecen un sueño.

Se teatraliza la violencia, se transmite una dimensión apocalíptica, se busca zarandear a una sociedad donde penden sujetos desesperanzados, voyeuristas y virtuales, rompiendo las compuertas éticas, irrumpiendo en una conciencia deshumanizada que aplaude y acoge la estética del horror. El empleo tecnológico de las atrocidades sirve como propaganda, como efecto contagio.

Nuestras sociedades occidentales incluyen espacios de marginación y desigualdad. Pero también se aprecia una falta de identidad, la pérdida de sentido de trascendencia, la religiosidad, del más allá.

Compartir valores sagrados y sentirse fusionado con un grupo conlleva a procesos de radicalización y extremismo como dar la vida por la causa o matar públicamente a la madre por oponerse a sus creencias. Estos jóvenes diluyen su “yo personal”, en el grupo, consideran a sus miembros como hermanos. Sus lazos relacionales son estrechos e irrevocables. La fusión de identidad hace que el yo y el grupo se vivan como iguales.

Se lucha por ideales, por defender una causa en la que se cree profundamente y que define su identidad; sin embargo, en muchas ocasiones, no se combate tanto por una idea abstracta, sino por el compromiso, la unión que sienten por sus compañeros de lucha, se mueven por una causa, pero también por sus camaradas.

Somos capaces de teorizar con poder de predicción; ahora debemos prevenir que los jóvenes sean abducidos por la sacralización extremista, al tiempo de desradicalizar ideas y desvincular del grupo a los ya integrantes, generando disonancia entre el grupo de pertenencia y el autoconcepto.

Hemos de trabajar con la percepción de una amenaza al yo, como paso previo a la desvinculación psicológica, incidiendo en aspectos racionales y emocionales, abordando los procesos establecidos con ese colectivo radical, y enfrentando las propias creencias y valores.

Precisamos generar un discurso coherente, basado en nuestros valores y virtudes, transmitiéndolo de forma pedagógica por los mismos medios en los que propaga el contagio. Necesitamos anticuerpos psicológicos, sociológicos, antropológicos. Y hace falta una narración que explique por qué Occidente emplea la fuerza de las armas para proteger el presente y el futuro del respeto a todos y cada uno.

La desradicalización es una utopía, son impermeables a los razonamientos, a la empatía, al sentimiento de culpabilidad. Refractarios al diálogo, te ven como un infiel, alguien que no puede interpretar el designio de su Dios. La esperanza de desradicalización de los menores obviamente es mayor, primordialmente porque no han descendido a los abismos.

Cuando más se ha ejercido la violencia, más difícil es el viaje de vuelta.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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