Italia salva “in extremis” la pendiente del caos

Los líderes de la UE (Unión Europea) pueden respirar. Italia tiene gobierno gracias al acuerdo logrado in extremis por el M5S (Movimiento 5 Estrellas) ganador hace tres meses de las elecciones con el 32,66% de los votos y la Liga Norte, con el 17,37% y, sobre todo, por el trabajo realizado contra viento y marea por el Presidente de la República, Sergio Mattarella.
El nuevo primer ministro italiano, Giuseppe Conte (d), recibe la campana que se emplea para abrir y cerrar los Consejos de Ministros de manos del primEl nuevo primer ministro italiano, Giuseppe Conte (d), recibe la campana que se emplea para abrir y cerrar los Consejos de Ministros de manos del primer ministro saliente, Paolo Gentiloni, en el palacio Chigi de Roma, Italia. EFE/C. Peri

Laureano García, periodista

El jefe del Estado se opuso al nombramiento de un ministro partidario de sacar a Italia del euro, como pretendían los líderes de la coalición de gobierno, Luigi di Maio y Matteo Salvini. Mattarella llegó a poner en riesgo su permanencia en el cargo cuando los muñidores del nuevo gobierno amenazaron con activar el procedimiento para su destitución.

El nombramiento de Giuseppe Conte como jefe de Gobierno y la retirada del nombre del Paolo Savona, un profesor militante anti euro, para el ministerio de Economía es solo un alivio. Pero es mejor que no tener gobierno y repetir las elecciones que, según los expertos, podrán arrojar un resultado que hiciese aún más ingobernable la situación.

Se ha logrado detener la espiral que precipitaba a Italia a una situación imprevisible, al caos; pero el problema de fondo subsiste porque la causa, el origen, son los propios partidos que sustentan al gobierno, que han excitado con promesas incumplibles y contradictorias a una parte importante del electorado que lleva muchos años viendo cómo se estanca la economía del país, sin que los movimientos que han sustituido a los partidos tradicionales hayan sido capaces de cambiar el rumbo.

Con la desaparición de la vieja estructura partidaria nacida después de la II Guerra Mundial, que pivotaba sobre tres grandes formaciones, Democracia Cristiana, Partido Comunista y Partido Socialista, el protagonismo le ha correspondido principalmente a Forza Italia, la formación política del magnate Silvio Berlusconi, el gran precursor de los populismos, que sistemáticamente ha eludido su responsabilidad, dando pábulo a la peregrina creencia de que los problemas de Italia los produce la pertenencia a la UE y especialmente a la moneda común.

Los partidos que sostienen al gobierno forman un cóctel explosivo de Le Pen, Trump, Putin (del que es admirador Salvini) y “ciberdemocracia” directa, que produce un destilado inquietante, mezcla de neofascistas xenófobos de la Liga Norte, bien asentados en la zona rica del país, y un movimiento populista de cierta inspiración izquierdista, M5S, que tiene sus caladeros más importantes en el sur, a los que ha unido su rechazo al sistema de democracia liberal.

Los extremos se tocan. Han coincidido en sus noes, oposición al euro, a la integración de los emigrantes, a la revisión del sistema de pensiones y del mercado laboral y a la reforma constitucional que promovió y le costó el puesto al entonces primer ministro Matteo Renzi.

Aunque falta conocer un programa detallado, lo que adelantaron en su día Di Maio y Salvini, antes incluso de ponerse de acuerdo en el candidato a jefe de gobierno, podría resumirse en lo siguiente: establecimiento de un tipo único de IRPF (renta de las personas físicas) más bajo que el promedio europeo, levantar el embargo a Rusia, crear renta básica universal (cuyo importe han rebajado conforme pasan los días), subir las pensiones, deportar a los emigrantes que se encuentran de manera ilegal en el país, erradicar, con excavadora, los asentamientos gitanos, reducir los impuestos sobre la gasolina y subvencionar el pago de las guarderías, pero solo para italianos. En resumen, racismo, xenofobia, menos ingresos y más gastos en una economía estancada desde hace diez años.

Lo anterior era ya un compendio depurado del que habían suprimido las ideas más rupturistas, abandonar el euro y no pagar la deuda. Llegaron a contemplar la idea de exigir que el BCE (Banco Central Europeo) condonase la deuda de 250.000 millones de euros de Italia, algo que, lógicamente, disparó todas las alarmas, no solo del BCE y la UE, también de todo el sistema financiero internacional. Acariciaron la idea de proponer la vuelta a la Europa anterior al Tratado de Maastricht, que es la piedra angular del proceso de integración de la UE hacia la unión política, la moneda única y la defensa común. Las dos “ocurrencias” han ido a parar al cesto de los papeles, pero no han ahuyentado todavía la falta confianza en el nuevo gobierno.

Europa, y también muchos italianos, desean que en los nuevos dirigentes se opere la transformación que en vano hemos esperado de Donald Trump, esto es, que una vez revestidos con los oropeles de sus cargos de vicepresidentes del gobierno, Di Maio y Salvini acomoden sus conductas y propuestas a lo que su alta magistratura exige en beneficio del común de los italianos y no solo de sus partidarios. Que así sea.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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